Los supermurientes

 

Mataban para sobrevivir. Sin prisa. Con calma. Meticulosamente. Estudiando, por supuesto, cada detalle de la infamia. Esperando el segundo exacto para asaltar, sin piedad, a sus víctimas. Logrando que nada ni nadie se interpusiera en su camino a la barbarie. Haciendo que el exterminio fuera su obra maestra, su continua e incesante obra maestra. Y mientras actuaran en grupo la hecatombe tendría sentido. Porque el individuo sobraba, siempre sobraba, y era asimilado o aniquilado. O eras ejecutor o eras víctima, sin término medio. Y disfrutaban de la magia de la muerte. Su magia. Hasta que ese hechizo desaparecía con los primeros rayos de sol. Cuando la luz del día los catapultaba a la oscuridad de la inexistencia.

 

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(Supervivientes: Aquellos que mantienen o prolongan su vida.

Supermurientes: Aquellos que mantienen o prolongan su muerte.)

 

 

Barbaridad

Barbaridad. Bárbaros escogidos de entre la chusma social, la escoria que queda después de la fricción de mentalidades obsoletas, anacrónicas, que sobreviven gracias a los intereses ocultos de algunos poderosos.
Y los inocentes, que caen en sus manos, y que son vapuleados según un plan de acción premeditada…

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Confesiones desquiciadas

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las  dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

 

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Amargo sollozo

Aquella noche no había podido pegar ojo.

Con la sensación extraña de que la estaban observando. Sin ser capaz de delimitar entre el tiempo de la vigilia y del onirismo. Con los dos ojos abiertos en la oscuridad pero sin poder ver nada, atenta a cualquier punto de luz que pudiera hacer estallar su imaginación, demasiado calenturienta a veces. Atenta al menor susurro para convencerse de que la hablaban desde el más allá.

Y cuando puso los pies en el suelo, antes de acoplarlos a las chanclas, mirando a los rectangulitos de luz que se escapaban por la persiana, dejando marcar las nalgas desnudas con el borde del colchón sin sábana, la invadió la pena y el sollozo.

El más agrio sufrimiento pensando en lo que estaba a punto de suceder. El enfrentamiento más cruel con las mentiras, la envidia, el egoísmo, la maldad de los que esperaban ahí fuera: Los vivos.

 

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Desmemoriados

Volverá la amnesia colectiva que borrará, de sopetón, la memoria histórica, y los abanderados de la soberbia social volverán a repetir la historia odiada.

Esos privilegiados del mundo que juegan con la infelicidad global. Esos señores y señoras que no se conforman con tener sexo, dinero y poder, porque quieren la vida de los demás. Cuando aún no saben que los exterminables son ellos.

Pero, claro, ya no recuerdo lo que he dicho, lo que he escrito, lo que he pensado.

Y el ciclo volverá a repetirse.

 

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Tan de vez en cuando, cuando las veces eran tantas

Y el amasijo de carne putrefacta hiriendo la sensibilidad de los que se asomaban por las ventanas de sus casas. Sin nadie que hiciera nada. Dejando, simplemente, que sucediera, como tantas veces, cuando las veces eran tantas.

Acostumbrados al olor, que se extendía por kilómetros, encontrándose con otros olores que venían desde kilómetros. Y dejando que se mataran, porque nadie castigaba.

Ya nadie lloraba. Lo podían ver allí o en las pantallas. No había casi diferencia, solo en el olor. Habían perdido sus almas. Y la Madre ya no se quejaba. Ya había perdido a todos sus hijos, y la Tierra era la Madre, cuando había sido padre y madre a la vez.

Comer, beber, dormir, matar. No había nada más. Ni siquiera supervivencia, ni siquiera defensa propia. La vida no engendraba valor para dar valor a la vida.

Y un día, como en un juego de palabras, como en un juego de estrategia, como en un juego sin niños, porque la inocencia no era más que una palabra vacía, llegaron ellos. Decían que desde las montañas. Lo decían incluso donde no había montañas. Y ellos empezaron a retirar las cenizas, el polvo que nadie tapaba ni enterraba. Y limpiaron de carne las calles, las sendas, los valles, los bosques, los océanos, los ríos, las grutas, las selvas.

Y después de la limpieza, que llevó siglos de constancia, de paciencia y de mesurada reeducación, se dirigieron, los que quedaron, al hogar del último recién nacido sobre la faz de la Madre. Sin importarles la especie ni la raza del neonato. Y cuando le dieron su bendición tras estudiar su espíritu limpio y libre, se reunieron en consejo, los pocos que eran, para mirarse a los ojos.

Y el más joven, que era extremadamente anciano, dijo, sin palabras, al más anciano, que era extremadamente joven.

¿Y si les decimos que no existe Dios y que son ellos los que deciden sus destinos?

 

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Pues

No tenía solución inmediata. El Matemático lo había intentado y había desistido. Aquella incógnita enigmática. Aquella transferencia de incomodidades fractales. En aquel Universo modélico, donde la excepción inimaginable lo corrompía.
Donde la irreversibilidad se hermanaba con la fuga del raciocinio.
Y ante tanta desdicha intelectual, el Matemático, rindiéndose, aún adivinando que recibiría el peor de los castigos, dirigió sus últimas palabras a los Creadores: 
– El Humano, como criatura impredecible, acabará consigo mismo por sí mismo. Y nada puede cambiarlo. Siento mucho que vuestra criatura haya traicionado vuestras expectativas y mis tentativas de encontrar el modo de retrasar el nuevo final cíclico. Me pongo en vuestras manos pues.

 

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Terror

Había tenido miedo durante toda su vida, pero nunca lo había demostrado ante sus seres queridos. Si lo hubiera hecho, lo habrían tachado de débil.

Se había rodeado de riquezas y de ricos vanagloriados de haberlas conseguido sin esfuerzo alguno. Se había sentido aceptado por los encumbrados y rechazado, en igual medida, por los esforzados supervivientes del sistema eternizado por gente como él. Y había tenido miedo de perderlo todo. Miedo de manejar los hilos y a que se los manejaran. Siempre dominado por la codicia, por el apetito insaciable de verse reconocido por las hordas elitistas, tan incordiantes con sus excusas para perpetuar el inmovilismo. 

Había tenido miedo, hasta poco antes de ver a aquel niño llorando sobre sus padres muertos, mientras él corría sobre los cascotes respirando polvo y cenizas y ahogándose con sus propias lágrimas, con un sonido agudo que laceraba su cerebro y su entendimiento, sin poder escuchar nada más, buscando la luz que creía acercarse según iban aumentando de tamaño los haces que bañaban las sangres, que bañaban el horror del sinsentido.

Destrozándose las rodillas al chocar con los hierros y aceros retorcidos.

Y en la vida que había inaugurado después de resucitar de entre el peso infernal de los pisos superiores, desplomados sobre su ignorancia, en el ahora de sus malditas circunstancias, era rabia, más que desdicha, lo que sentía.

Y cuando inconscientemente contó seis zanzadillas, provocadas por los cadáveres que se encontró en su carrera interminable, volvió a sentir otra clase de terror, que le sobrevenía tras el pensamiento, tras el convencimiento de que aquella rabia, de que aquella hambre de justicia, de total venganza, nunca desaparecería.

 

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Tres mil números

 

Tres mil almas errantes pidiendo un poco de justicia, pidiendo un poco de clemencia. Buscando la comprensión del mundo. Ese mundo que mira hacia otro lado. Al que le da igual la muerte de los niños que son solo figuras que se mueven en un telediario. Que son solo números en insistentes mensajes de organizaciones no gubernamentales y de bancos que se jactan de ayudar al prójimo mediante ayudas selectivas.

 

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