Atronando

Un trono del sacrificio. Un beso al incauto, al infeliz mal hallado, al iluminado apagado. Millones de lágrimas por las sombras danzantes. Mil puños en alto por los labios sangrantes, tan ávidos de vidas ajenas, tan temerosos de las vidas propias. Así te maldigo. Así te maldigo, malaventurado. Para que me cures de tus infamias. Para que añores tus pensamientos que son penumbras. Para que tus dientes, tus uñas, tus garras y tus rodillas sangren con la nueva sangre que te contamina. La mía. La de muchos. La de tantos. La que teñirá con su color el mundo grisáceo que alumbraste con una vela mal apagada. Te maldigo bien lo digo. Te maldigo mientras tanto. 
Sea pues la luz. Luzca pues la valentía de la verdad nunca hallada y por ello más buscada. Seas.

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Este dolor

Me duele tragar.

Me duele tragar porque tengo un nudo en la garganta. Y tengo un nudo en la garganta porque te añoro hasta dolerme el corazón. Y ese dolor me sube por el pecho, oprimiéndome el esternón con un peso enorme.

Y la saliva se acumula en mi boca, porque la embalso para no tragar. Y cuando las sienes me palpitan, me rindo y dejo pasar la corriente por el esófago porque creo que prefiero ese dolor al del estallido de la cabeza, y no por terror al sufrimiento en sí sino porque la jaqueca me lobotomiza, me deja inerte, in albis, estúpido y vegetal. Y si estoy en ese estado no puedo pensar, y si no pienso, no me llegan los recuerdos sobre ti.

Prefiero concentrarme en la respiración, porque cuando se cumple el ciclo de diez inhalaciones, trago. Y me duele. Y me deleito en el dolor. Para volver a empezar.

Y las emociones pasadas vuelven: Las que viví contigo. Las que me dieron felicidad. Las que me causaron penas profundas. Porque ambas, desde sus extremos, me dieron vida. Esa vida que ahora no tengo. Y ambas me empapan los ojos. Y me hacen moquear. Lo que complica todo, pues boqueo hasta toser. Y al toser armo tal escándalo que todos me miran. Los que me rodean y más allá. Algo que me despreocupa. Porque me duele tragar.

Y aunque no quiera pensar en ti, para evitarme todo este engorro, caigo en la cuenta de que adoro pensar en ti, recrearme en los recuerdos, antes de que se me olviden, o de que ellos me olviden. Porque sé que nunca, que jamás volverás. Porque es imposible.

Y es entonces cuando la verdad invade mi raciocinio. Y sé que no es que me duela tragar.

Es que me duele vivir.

 

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Hipertrofia

 

Hiperespacio. Hiperenlace. Hipersensible. Hiperrelatividad. ¡Menudas estupideces! Todos tienen las palabras en sus bocas sin saber lo que significan. Mentecatos de una verdad absurda porque no saben explicar la realidad. La Hiperrealidad, que sí es algo auténtico y no refutable. Llegará el momento en que se convierta en parte de vuestras vidas, tan insulsas todas ellas. Tan proclives a la autodestrucción. 

 

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Inexcusable

Perdido. Buscado. Encontrado. Deseado y adquirido. Acumulado y guardado. Pero con la mente reblandecida por la inconsciencia y por el absurdo del egoísmo. Por el mal hacer de tus circunstancias. Esas que se convierten en tus excusas para volver a perder más oportunidades. Que volverás a buscar. En un ciclo incontrolable y eterno. Tan eterno como tú.

 

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Atornillado

Tornillos moleculares. Se trata de los tornillos moleculares repartidos por mi estructura craneoencefálica. Y aunque no tengo localizados todos, noto cómo algunos están desestabilizando mi equilibrio. Y si éste me llegara a fallar en cualquier momento el desbarajuste tendría tal magnitud que llamaría la atención del Sistema y éste tomaría represalias con el resto de mi estructura base. 
No podría tener miedo, aunque quisiera. No me ha estado nunca permitido. 
Pero una especie de sufrimiento se apodera de mí cuando racionalizo las consecuencias de los desajustes moleculares. Porque pienso más allá: en niveles atómicos y subatómicos. Y en la influencia del malfuncionamiento preprogramado en el Continuo.  
Y si el Continuo se desequilibra, los efectos en los demás entes que lo habitan serán catastróficos, anulando la existencia de unos y cambiando radicalmente la de los otros.
Los localizaré y abandonaré esta suerte de pesimismo. No tiene por qué pasar nada. Pocas veces ha ocurrido. Solo es que el Sistema me lo recuerda. Por si acaso decido dejar de ser Dios.

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El actor sin acto

Teatro abierto. Mundo abierto. Telón levantado. Y las ocurrencias sin sentido de un individuo arrepentido del papel que ha aceptado, ante la mirada amenazante del director de escena, porque su vida vacía se lo merece. Y como no hay marcha atrás, al pasado continuamente cambiante, se aprende el libreto, para intentar convencerse que su vida tiene una finalidad en el Universo.
Pero el teatro sigue vacío, y quizás nadie acuda, porque las entradas, demasiado caras, no se las puede permitir nadie.
Y los diálogos que tiene que memorizar, tan insulsos que da pereza aprendérselos, no dan sentido al mundo abierto que, segundo a segundo, va clausurando  sus puertas de acceso. Y cuando el mundo se apague, no porque no haya luz que lo ilumine, sino porque las escenas repetitivas lo asesinan, él, como todos los otros, los miles de millones de otros, se fundirá en la nada, disgregándose en la mezquindad de los dioses, los directores de la obra desasosegante.
Y el telón bajará para volver a levantarse. Periódicamente. Sin prisa. Sin pausa. Sin remedio.

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Mis mañanas mías

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

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Los trinos

Las notas de color estrenaban la primavera y, como cada año, de los últimos veinte, los trinos de los pájaros eran, cada vez, menos intensos. Llamaba la atención que la explosión de vida fuera acompañada, cada vez más, de una explosión de desánimo de los habitantes de las ciudades.
El temor al repentino apagado. El terror a la andanada de explosiones solares y las subsiguientes olas de radiación. Y el apagado. El apagado total de todos los equipos electrónicos del planeta. Y las posteriores generaciones de supervivientes que tendrían que volver a confiar en su instinto y no en la asistencia de las máquinas. Algo para lo que no sabían si estaban preparados.

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Engranado

Existe una posibilidad, remotísima, de que me encuentre contigo en el paraíso. Y esa posibilidad es tan remota como la de que el paraíso exista.

Evitemos, pues, tomarnos cariño.

Evitemos, pues, tener conciencia de nosotros y de nuestro entorno.

Evitemos cualquier contacto físico o mental, pues así no tendremos excusa para atraernos sensual o intelectualmente.

Divaguemos todo lo que te apetezca, pero nunca, nunca, me des la razón.

Tratemos de limitar nuestra presencia en este mundo.

Tratemos de ser uno con el todo, antes de que la nada venza.

Encontremos el camino correcto al final infinito.

Tengamos paciencia.

Y todo se dará.

Pero no esperes clemencia si has desobedecido los parámetros.

Porque los rebeldes solo merecen mi desánimo. Y la extracción de la célula madre. Y el borrado de memoria.

Y el apagado inmediato.

Y el olvido.

 

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