H.H.

Seáis quienes seáis no me merezco vuestra discordia y menos aún vuestra falta absoluta de respeto.
Por mucha nave nodriza que traigáis para impresionarnos, por mucha abducción que utilicéis para atemorizarnos, por mucha invasión que sugiráis para amenazarnos, no creo merecer la injusticia de vuestra indiferente barbarie.
Firmado: Humanidad. Harta Humanidad.

 

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Incautos

La nave de exploración dejó paso a la cohorte de unidades de asalto.

Los habitantes, que habían confiado en los pioneros, se sintieron aterrorizados por la presencia avasalladora de los militares espaciales.

-¡Os mentimos, estúpidos! ¡Somos humanos!

 

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LO EXTRA DE LO INTRA

1.

Sin control. Anarquía.

Anarquía total sobre las acciones de todos los individuos que formaban la multitud de razas que poblaban la biosfera subterránea de Jesan. Aquello no significaba caos, sólo incremento radical de la responsabilidad en el funcionamiento interno de una civilización que no distinguía entre pobres y ricos, sabios y sometidos, amos y títeres, porque tal distinción no tenía lugar en la gran comuna.

Y así fue desde el principio, desde que las condiciones de habitabilidad del planeta sugirieron a los Creadores que aquélla debía centrarse en la modificación de las estructuras internas del esferoide, haciendo que las casi infinitas grutas y cavernas que surcaban su corteza se transformaran en vastas extensiones comunicadas entre sí por conductos naturales que las conexionaran. Y el oxígeno puro que formaba la atmósfera externa, demasiado nociva por ello, se mezclara, a través de simas asifonadas, con el nitrógeno, gas subyacente mayoritario, en la composición exacta para ser asimilable por los sujetos biológicos que pretendían incorporar en su creación.

Y las criaturas jamás se rebelarían contra el desorden establecido. Era un axioma existencial generalizado.

Mas la libertad provocaba mutaciones en los valores individuales, desavenencias extrañas, por raras, y por siempre aislables. Era lo extraordinario de lo intráneo.

2.

El pie izquierdo dejó su huella por enésima vez, tal como era tradición. Pero el pie izquierdo de James Showinsky debutaba haciéndole sentir tan eufórico como Armstrong en el 69 del siglo XX, aunque ya iba sobre aviso de que su peso no sufriría el mismo cambio de aquél al salir de la nave.

Jesan era uno de los tantos planetas externos al Sistema Solar que había estado en el punto de mira de la filosofía terraformadora de los últimos cuatrocientos años. Y una vez convencidos los mecenas pertinentes y traspasados los filtros impuestos por el Gobierno Central, el proyecto pasó de documentos repletos de teorías a la construcción de la innovadora nave exploratoria y a la elección y subsecuente preparación fisicomental de los nuevos ícaros espaciales.

Cuando posó el derecho y el traje compensó sus puntos de equilibrio, la flotación automática en vertical gestionó todos sus movimientos.

Inmediata fue la corrupción de su silenciosa soledad, pues bajando la rampa le seguían los demás comandantes especialistas. Los retroimanes dirigibles les hacían parecer piezas de un ajedrez en el que participaran dedos invisibles. Cada uno sabía que tenía que completar su cometido con la máxima lucidez posible y, por ello, no se arriesgaron a quitarse el casco de protección porque el exceso de pureza del oxígeno de la atmósfera, característica clave que los había impulsado a aquel primer lance exploratorio, les llevaría a la hiperoxia acompañada de un daño irreparable en sus pulmones refrendado por una presión atmosférica superior al límite terráqueo.

Las ciento treinta y dos órbitas precedentes les habían probado que los telescopios espaciales colocados en órbitas de diferentes planetas del Sistema Solar y las sondas enviadas una década antes, habían mostrado una imagen del planetoide bastante fidedigna; y habían dado lugar al estudio profundo de las anomalías magnéticas y gravimétricas, para que no les cogieran por sorpresa los efectos sobre los movimientos individuales de las unidades autónomas de rastreo, y al peinado de todos los accidentes superficiales que podrían influir en los aterrizajes previstos para el voluminoso laboratorio sideral.

3.

Kerdomine fracasó en sus expectativas de no dejarse ver. Los gemelos la perseguían y ella, intentando no emitir sonido alguno, espantaba las fuertes emociones que quebrantaban su corazón, evocando recuerdos mágicos de la infancia.

Despertó de su ensoñación cuando frente a ella, de pie, Soske y Fulka fisgoneaban en su mente intentando vislumbrar ideas que los acercaran a su objetivo.

-¡Muy tierno! Pero ahora deberías colaborar volviendo a la realidad antes de que decida estrujarte con alguna de mis manos. O dejando que mi hermano haga ídem.

Se ocultó bajo sus propios brazos, espantando con las piernas el no sé qué que la oprimía.

Fulka, exento de paciencia, apartó los trastos del armario y se aprestó a apresar a la espantada. Mientras, Soske, continuaba martilleando el aire con sus rechinantes carcajadas.

Kerdomine miró a su enemigo a los ojos y supo al instante sus siguientes movimientos. Se escabulló entre sus cuatro brazos y salió al pasillo despejado de la terminal del puerto de atraque, uno de los infinitos que surcaban la tridimensión planetaria. Pensó que correría y correría hasta llegar a uno de los nudos y, desde allí, arriesgarse a dejarse succionar hacia la superficie.

Canturreaba mientras jadeaba y hacía potencia en sus pulmones. Los pensamientos iracundos la entretenían y la transtornaban: cómo poder apantallar su cerebro para aislarlo del resto, para que nadie supiera cuáles iban a ser sus siguientes esperanzas.

Existía una posibilidad entre un millón de que en su carrera contrarreloj alguna interferencia provocada por el sistema de comunicaciones eclipsara los destellos que cualquier jesantano pudiera recibir en su córtex. Y así, pasar totalmente desapercibida. Y así, lograr contactar con los terráqueos que se habían posado justo encima de aquella zona. Pero los vástagos de la oscuridad acechaban para derrocar su plan meticulosamente urdido.

El lugar, el nudo, era un hervidero de sensaciones, que iban desde la incredulidad hasta el desprecio más absoluto hacia la traidora. El enigma que suponía la existencia de unas causas justificables para aquel comportamiento tan indigno era el principal acicate para que hubieran decidido no exterminarla aún. La negrura la frenó, la de los ánimos ajenos: una marea de individuos imbuidos por el sentimiento de la colectividad planetaria la observaba. Se ceñía en torno a ella sin atreverse a tocarla. Temerosos de que si sondeaban demasiado en su psiquis pudiera contagiarse el mal profanador.

Debía hacerles comprender que no estaba allí por gusto y pensaba que hasta debían agradecer que corriera tal riesgo.

Dierkisoisme se adelantó hasta ella y gritó a la tridimensión lo que la tridimensión quería escuchar.

-¡¡¡Basta de malentendidos!!! Tú sabes lo que queremos. Tú sabes las opciones. Si sales afuera sin protección morirás, no inmediatamente, eso es cierto, y así te daría tiempo a cometer el sacrilegio, pero lo letal del Vasto Océano te quemaría por dentro antes de que pudieras transmitirles algún ideograma. Si lograras salvarte, porque tu rapidez y concentración fueran ultraprecisas, algo que dudo conociendo las características de los de tu especie, sabrás que te espera el borrado, para que te reinsertes en la fecundidad de nuestra civilización, e igual les ocurriría a los invasores.

-Dierkesoisme, ¿por qué no ahora? -la vorágine de la masa sedienta de una disparatada injusticia clamaba para que el peso de su sentencia aplastara sin demora la relatividad del error cometido por aquella inconsciente.

-Porque la libertad existe, aún, en Jesan. Y ella tiene la opción. Jesan prefiere que triunfe la razón, la metódica razón de la lógica.

Kerdomine se notaba reflejada en el conjunto. Su sensual aspecto aerodinámico, con su aterciopelada piel dorada, los brillos que hipnotizaban en sus ojos, sólo dos, uno a cada lado de su cara simétrica y huesuda, bípeda, con sus pies palmípedos y aventosados que se ahusaban para hacerle veloz, y sus manos adornadas con tres finísimos dedos prensiles, y uno que se les oponía sin falanges, la mostraban, a comparación con los que la oprimían, extremadamente frágil, y más aún cuando un rayo de tristeza surcó su rostro. Pues comprendió que, entre la mezcolanza de mentes que la exploraba, un nada despreciable conjunto de iguales a ella la estaba segregando sin dar la oportunidad que pedía a gritos. En ese preciso momento decidió que estaba sobradamente dispuesta a caer en la lujuria de la rebeldía.

-¡Tú! ¡Dierkisoisme! El de la estirpe de los mentecatos: ¡Púdrete con toda esta chusma! Pues has añadido a tu ignorancia un castigo aún peor, el no pensar por ti mismo y, como todos los demás, has caído en la ignominia del pecador. Y como yo quiero librarme de tal honor, te dejo que obres, ¡que obréis en consecuencia! Como yo haré ahora mismo defendiendo la libertad que, como tú has proclamado, me pertenece.

No hicieron nada por detenerla. Ella se desprendió de su postración y corrió y corrió como nunca lo había hecho, como nunca nadie la había visto antes. Y la barbarie la dejaba paso, una senda libre hacia el siguiente nudo de succión, que la lanzaría al enfrentamiento con los que ella consideraba víctimas de una confabulación y, por ello, merecedores de todo su apoyo.

4.

Casi no tuvo tiempo de prepararse para reaccionar, pero lo cierto es que la aspiración por el gran cilindro fue salvajemente poderosa. Cuando salió despedida hacia la oxidada superficie y se vio gesticulando en una suerte de levitación, tuvo tiempo, antes de posarse en el enrojecido manto, para lamer sus heridas, las erosiones causadas por la fricción con el ánima de su particular cañón, el que la había lanzado a una velocidad que hubiera destrozado a otro jesantano más voluminoso que ella.

Aún en el aire, tuvo su primer contacto visual con los “extraños”. Los vio desperdigados por la zona, haciéndose cargo de sus artificios infernales, grandes aparatos de cuyo funcionamiento y función ella lo ignoraba todo. Aún no sentía la opresión diafragmática. Había calculado que tendría tiempo. Se había imaginado a sí misma intentando comunicarse y sintiendo la impotencia del ser incomprensible. Los dardos telepáticos serían lanzados tras el sondaje e hilvanados los ideogramas para que se engarfiaran en las neuronas de aquellos receptores.

Poco menos de tres cabezas de landuj para estar pisando tierra firme. Se inestabilizó un poco y estuvo a punto de salir nuevamente despedida. La unión al Vasto Océano era casi nula, y recordó con horror las últimas advertencias de Dierkisoisme, porque empezaba a darse cuenta que comenzaban a ser certezas.

Afinó sus podos e imprimió velocidad a sus extremidades para acercarse al primero de los “extraños” y alertarle.

Le diría que pertenecía a la raza de los Saucsshh y que había miles como ella bajo sus pies. Que venía en misión de paz pero que todos los demás de su mundo habían decidido expandirse por el Desconocido Vacío. Que necesitaban ampliar sus espacio vital y que, tras profundos estudios de reconocimiento de todos los exploradores que habían llegado a Jesan, se había sentenciado que los últimos, ellos, provenían de un mundo edénico, de absoluta semejanza ambiental  y que éste sería, pues, colonizado próximamente, en el transcurrir de las tres futuras generaciones.

Le pediría que huyeran, inmediatamente, que se olvidaran de todo lo que les había traído allí, que mejor era salvar la corta vida que aún les quedaba por disfrutar, y que proclamaran en la Tierra, de la cual sabían todo gracias a la investigación en sus propios registros mnemogenéticos, la existencia de vida fuera del Sistema Solar, y que se prepararan para la próxima invasión, que aún tenían tiempo para repeler a millones de telépatas, y que no conocía otra forma de ayudarles, pues ignoraba la fórmula para conseguir el remedio para combatir la omnipotencia y la omnisciencia.

Se azoró pensando en la contestación a la irremediable cuestión del porqué. Les diría, pues se imaginaba a sí misma comunicándose con más de un “extraño”, que no debían considerarla una renegada. Que era suficiente con sufrir el castigo que esperaba de sus coplanetarios cuando regresara. Que tenía sus razones. Quizás era demasiado sensible y consciente de lo que debía de ser la Justicia, del significado del etéreo Amor Universal que tanto le habían predicado cuando era un cachorro. Que lo hacía por todo y nada. Quizás porque así tenía que ser.

Delante tenía a un ser que se movía perezosamente y que lanzaba rayos de felicidad provocados por el inminente acontecimiento de la descarga de un abultado armatoste cuyo incrementado peso le quebraba los brazos. Lo sondeó imperceptiblemente y dispuso que aquella piel que lo cubría no le pertenecía, que era una especie de funda en la que se había metido para protegerse de las brasas que pugnaban por fundirlo interiormente. Y tampoco el gran ojo, donde se veía reflejada y deforme, estaba imbricado con la naturaleza de aquel ser. Lo desnudó mentalmente de aquelos añadidos, y se extrañó de que no existieran señales del conocimiento de su presencia por parte de lo que había catalogado como una hembra, una hembra de una horrible especie.

Kerdomine gesticulaba, saltaba, gritaba y hasta intentaba lanzar dardos telepáticos, pero todo era en vano. La repugnante terráquea que tenía delante la estaba mirando directamente a los ojos, pero atravesaba con ellos sus exoformas como si estuviera enfocando el objeto de su atención más allá de ella, en el horizonte.

De pronto, levantó una de sus extremidades y la movió en abanico, a forma de saludo. La jesantana miró a su espalda y allí había otra forma que avanzaba hacia ellas lenta, cansinamente, y que imitaba el saludo como respuesta cordial al primero.

Kerdomine se distrajo en tal observación esperando que cualquiera de los dos seres emitiera algún tipo de sonido que confirmara lo que ella ya leía en sus mentes.

5.

Sandra bajó su brazo y esperó que Sri Dusyanta levantara el suyo como signo de entendimiento. Habían notado que esta forma de comunicación era más sencilla para sortear las dificultades de las últimas interferencias en el sistema de radiocomunicación.

Ambos habían depositado sobre la superficie los valiosos aparatos de seguimiento sismográfico y, siguiendo las órdenes del jefe de grupo, volverían a la nave para activar las cargas de profundidad que los demás habían diseminado en unos cuantos kilómetros a la redonda. Éstas llevaban cerca de dos horas atravesando en barrena la corteza en busca del supuesto límite nuclear. Cada una con su pequeña carga atómica que explotaría a intervalos diferentes para poder discernir la existencia de las distintas ondas sísmicas y estudiar la naturaleza de las capas surcadas por las mismas. Se tenían que dar prisa pues la primera estaba a punto de sacudir el terreno, y lo penoso de su escasa agilidad hacía temer que les sorprendiera fuera del abrigo de los potentes aceleradores antigravimétricos del crucero estelar.

Se cerraron las esclusas cuando el último tripulante entró en la sección presurizadora y dio al registro ambiental su nombre y clave de seguridad. El gigante sufrió entonces una ínfima agitación que pregonaba el inmediato despegue y subsiguiente situación de levitación estabilizada a poco más de dos metros del piso planetario. Allí se fijaba el puesto de observación a la espera de que todos los temblores terminaran y de que los receptores de a bordo hubieran confirmado la transmisión de datos de los sensores superficiales.

Al unísono, Kerdomine yacía con una desilusión más que añadir a su vapuleado ánimo. Los ardores punzaban en todos y cada uno de los invisibles poros y no sabía si achacarlo a los mil veces sermoneados efectos del aire que respiraba o a la violación que había experimentado minutos antes, cuando el torpe cuerpo del “extraño” la había sorprendido en su trayectoria de huida hacia el ingenio metálico que estaba engullendo uno tras otro a los de la doble piel.

Experimentó un dolor intenso, un espasmo en cada una de sus células, cuando se veían ocupando el mismo espacio de las del otro, cuando sus dos corazones rozaron las arterias del más simple del otro, y cuando ambos cerebros se solaparon un instante, un ínfimo lapsus en que las materias se eclipsaron mutuamente.

Y, sin embargo, para Kerdomine, el espeso despertar de los sentidos se vio disociado de la indiferencia aparente evidenciada en los movimientos y plenitud sensorial del “extraño”, que se había paseado a su antojo por su afilado cuerpo, que la había agredido en su intimidad.

Sri Dusyanta no era tan insensible como ella creía. Bastó un femtosegundo para que sus capacidades extrapsíquicas se dispararan y dieran la voz de alarma sobre algo que era, para los demás comandantes, más que discutible.

6.

Los jesantanos debían de estar locos si pretendían que su intramundo no fuera descubierto. Y esa locura generalizada existía en tan alto grado que se transformaba en una genialidad innata que viraba los esquemas de las leyes del Universo.

Sabían, por ejemplo, que si los invasores descubrían una severa discontinuidad en las propagaciones de las ondas longitudinales y transversales desde los hipocentros creados por ellos artificialmente, podrían sospechar y calcular las magnitudes reales de los vaciados concéntricos subterráneos. Y de esto al afán exploratorio había un solo paso. Y continuarían con el salto al riesgo de lo desconocido que todo pionero ejecutaba cuando el balance entre el surtido de adrenalina y la ebullición de los fluidos vitales descompensaba el equilibrio de la lógica y de la ética de sus actos.

La similitud con sus propias ambiciones era tan manifiesta que había algunos jesantanos que tendían a sentir ciertas simpatías por los “extraños”, no de forma tan radical como Kerdomine, y sí de manera más egoísta, pues buscaban aprender los postulados de la infamia que había impregnado la mayor parte de su reciente historia civilizadora.

Las falaces simulaciones del continuum espaciotemporal las concretaron en materialización de energía. Las ondas sísmicas atravesaban materia, pura y dura roca, pero sólo lo hacían de cara a los medidores sismográficos, porque cualquier observador, en la ignorancia de las evocaciones relativistas, hubiera jurado que sólo la luz pura se dejaba contaminar por dichas vibraciones.

-Me lo temía -dijo Showinsky, alternando su atención entre la pantalla holográfica que tenía delante y los nueve pares de ojos que le atendían-. Estaba convencido que Dusyanta estaba equivocado en sus apreciaciones.

-Pero se merecía el beneficio de la duda -aportó Sandra Gentoild, la única de las cinco mujeres que sentía atracción física por el hindú.

Sri Dusyanta callaba pensativo. Nadie le podía negar que ahí fuera, embutido en su escafandra, había sentido algo muy especial y que, aunque indemostrable, le daba una certeza interna, a nivel espiritual, de lo que, si insistía, se podía calificar como herejía científica.

-Sandra, no hace falta que me defiendas. Espero que jamás nos arrepintamos de lo que, tras las últimas pruebas, vamos a hacer.

-¡Comandante! Todos, aquí, en este momento, le respetamos. Pero no siga explotando su vena de profeta porque del respeto se puede pasar a la burla, primero, y a la segregación, después. No creo que nos arrepintamos, en general, me refiero; la realidad está ahí, en los datos: no hay nada en este planetoide que nos ate a continuar en él. ¡Está muerto!

Los demás asintieron con las frentes fruncidas por la sonrisa. La comandante Gentoild estuvo a punto de volver al contraataque dialéctico, pero Showinsky retuvo su mirada sobre ella remarcando el gesto negativo de su testa. Sandra desistió y con una última ojeada a Sri Dusyanta, giró sobre sí misma y abandonó el grupo para dirigirse a sus aposentos.

Otra hembra, a cincuenta metros en línea recta, lloraba por Dusyanta. Plegada sobre sí misma, revolcada en el rojo polvo superficial, y con los pulmones desgarrados de oxígeno puro, asimiló su fracaso y su próxima disgregación. Allí, casi cercenada, pero con sus capacidades ultrapsíquicas aún intactas, fue testigo de la impotencia del otro ser que, como ella, había idealizado una existencia de ruptura, de compromiso, de solidaridad. Allí, sabiéndose ignorada, y a punto de entrar en el repudio eterno por sus prójimos, le fue legado el dudoso privilegio de sentir dilapidados sus sueños por las últimas palabras de la desesperanza.

Showinsky, de común acuerdo y adelantándose a lo inevitable, no tuvo más remedio que pronunciar, con la voz transformada en rabia, tres únicas frases que llegarían al fondo de los corazones de los presentes:

“Base Jesan llamando a Cabo Kennedy. Fracaso total. Otro planeta estéril.”