Martirio

Veo mi propia mano acercarse a mi rostro y causar dolor en las cuencas oculares mientras me desangro en la desdicha de lo irracional.

He claudicado ante la estupidez. He claudicado ante la imaginación de otro que no soy yo, pues no es mi mano la que me mutila sino mi corazón el que me trae desasosiego. El que me hace desear la propia muerte antes que la de los demás, aún sabiendo que podría ser así mi triunfo sobre el resto de la especie humana.

 

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Canallas

Pudo ser peor.

Y lo fue.

Pues allí se reunían las maldades de un sinfín de hipócritas que continuamente argüían argumentos ridículos para intentar engañar a los incautos. La mayoría pasiva de los incautos que formaba la minoría activa de los ilusos.

Pudo ser peor. Y lo fue. Porque los engañados otorgaron el poder de decidir sobre sus destinos a los sibaritas de la mentira. A los canallas de la sinrazón.

 

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En verdad has perdido tu propia memoria histórica

Erase una vez un planeta maravilloso que guardaba para sí el orgullo de que uno de sus habitantes trabajara por su bienestar, que se ocupara de él como un hijo que se desvive por su madre ya demasiado madura. Y el hijo pródigo prodigó la traición total. Siempre había escondido detrás de aquel cariño ficticio un interés egoísta. Pretendió que la Naturaleza le enseñara todos sus secretos, que el colectivo que lo mantenía en forma le entregara toda la sabiduría existente en sus mentes, para después robarles la confianza, pues como no había más que hurtar, las víctimas eran una carga pesada e inservible, demasiado para que él pudiera remontar el vuelo y alcanzar las estrellas, su ansiado firmamento que le aguardaba con nuevos enigmas que descifrar, con nueva sabiduría que absorber.

Lo malo para el ingenuo criminal era que la memoria colectiva de aquel mundo no moriría nunca y recordaría su fechoría por los milenios de los milenios hasta que tuviera el momento y la oportunidad de pedir cuentas a cualquiera de las múltiples reencarnaciones del infame…

 

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La Música del Fin del Mundo

 

Ya no me vale la pena hacer caso al rugido proveniente del cielo.

Por mucho que llore, que corra o intente protegerme, el fin es definitivo: El mío, el tuyo, el del planeta entero.

Me quedaré aquí, donde estoy ahora escribiendo estas palabras, y me echaré en la cama mirando a los ojos de mi amada, susurrando en su oído todo lo que nunca he podido decir hasta ahora, abrazándola con toda la ternura que puede contener mi limitado corazón, escuchando nuestra vida y nuestra música.

Esa música que ahora es la de todos: La Música del Fin del Mundo.

 

 

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