No sé nada de casi nada. Y aun así me permito hablar cuando no me preguntan. El respiro emocional de saberme escuchado. El envalentonamiento de mi ego precipitado tan a menudo en una depresión continua. El saberme observado, aunque sea con ojos de burla. Buscando las réplicas para enzarzarme en pequeños duelos dialécticos que siempre pierdo, porque de nada sé y de todo hablo. Mi soledad intrínseca me lo pide, clamando a gritos, para ser abandonada. Tan infame, tan ridículo, tan tenaz. Me salva de ser un despojo el saber escuchar a los demás cuando nadie habla. Y me creo que soy alguien para alguien, aunque ese alguien nunca aparezca o siga escondido en el anonimato. Viejo chocho. Vete ya con la murga a otra parte.
El Hombre está dirigiendo, inconscientemente, sus expectativas y preferencias existenciales a la total explotación del planeta, teniendo como objetivo inmediato la búsqueda de su felicidad, basada en el poder y el confort extraídos del resto de los seres vivos e inanimados que la componen. No se da cuenta que, tal como si de una casa se tratara, la base de la vida es el planeta que la ha visto nacer y evolucionar, sus cimientos. Si nos fijamos solo en el tejado como signo de que dicha casa está total y perfectamente construida, y nos olvidamos que lo que pisamos son los cimientos que la sustentan, la perfecta vivienda se puede derrumbar, destruir y, con ella, aniquilar lo que dentro contiene. La Tierra está herida por el Hombre. Pero aún estamos a tiempo de sanarla. El Hombre debe amar a su Madre, la Tierra. Sin la Tierra no existiría el Hombre. Sin el Hombre sí existiría la Tierra, pero le faltaría aquello que la distingue entre los miles de mundos existentes. Ella, como madre, nos ha dado pruebas de ese Amor, nos ha visto nacer y nos ha dejado crecer y desarrollarnos. Ninguna madre quiere la muerte de sus hijos. Comportémosnos correspondiendo a ese Amor. Nuestra Madre se lo merece.
Esperando que bajara la guardia la atacó con crudeza y desesperación. Insuflando desdichas, alimentando rencores. Liberando la rabia que le permitía la saliva que llenaba su boca a punto de ahogarla.
-¡Hermosa mariposa que sobrevuela las flores antes de elegir la que será succionada!
Enrojecida por la ira insalubre, atacada por la histeria acogedora.
-¡Haciendo votos de ternura espantas a los organismos parásitos de tu benevolencia, tan falta de fronteras!
Vomitando improperios como talismanes, fijando su mirada en la yugular palpitante, por si había algún cambio en el ritmo de su vibración subyugadora.
-¡Y esa lengua bífida tuya que silba inconstancias que penetran en mi infinito! ¡Y ya mis yemas no sienten más que los minúsculos enjambres de luz que pululan en tus poros!
Sin dejarse desconcentrar por el nácar de la piel incitadora de recuerdos impronunciables, de pretéritos innombrables.
-¿Y sigues neutra, como si la espuma que suelto por la boca no tuviera que ver contigo? Sigo sin entender por qué sigues muda ante la expresión de mi barbarie.
A punto de claudicar ante la fina línea que separaba la locura de lo relativo de la existencia, calló, al fin, esperando una reacción ante la vehemencia de su búsqueda. Sin dejarse engullir por la negrura de sus pupilas, esperando que esa oscuridad no la hubiera paralizado el corazón, esperó un atisbo de piedad en la respuesta, y cuando esta llegó deseo no quedarse en el clímax que la anularía como ser y como persona, cuando había logrado que ambas batallas no coincidieran.
El tiempo pasa, el vivir el presente se ha convertido en lo más importante para mí. Mientras escucho sobre guerras, cataclismos, inclemencias climáticas y la desesperación y desamparo de muchos humanos, yo sigo adelante, concentrando mi amor en el pequeño mundo que es mi familia. He aprendido a sobrellevar la supervivencia diaria añadiendo momentos de humor y de concordia para con mis prójimos. He aprendido a activar mis pensamientos constructivos en pos de un bienestar para todos los seres humanos y no humanos que conozco y conoceré. He aprendido a sobrellevar las angustias inherentes a vivir en una sociedad capitalista que influye en mi paz mental, por tener que cumplir las reglas del dinero y del poder. Ya no me considero NADIE pues sé que cada uno de mis actos influyen en otros ALGUIEN. Y creo que creerme (valga la redundancia) todo eso y reírme de mí mismo ha sido mi salvación para «no tirar la toalla». PAZ Y AMOR (no, no soy hippie).
Cada vez que decía que la quería, lloraba, no de emoción, sino porque vislumbraba la cuenta atrás de su desamor.
Sabía que cada vez que hacía el amor con ella, que cada vez que la besaba, que la miraba a los ojos tierno o apasionado, era la última vez que la iba a amar de aquella manera, y que en los siguientes encuentros, cuando ella le implorara un “quédate a dormir”, la querría un poco menos.
Hasta que llegara la noche, tras las copas de vino y los boleros de Luis Miguel, o los momentos íntimos de poesía, en que la respuesta fuera la más dura que hubiera dado nunca, pero también la más sincera.
-No volveré mañana. Ya no soy nadie. Quédate con tu Escandar. Intenta buscarle y conocerle fuera de sus libros y dile que alguien te amó tanto que no quiso amarte tanto.
Dedicado a Escandar Algeet, autor literario imprescindible.
Escrito en Bar Aleatorio, Madrid, el 12 de noviembre de 2019.
¿Por qué dicen amar con el corazón si el corazón no ama, si solo late, bombea, te mantiene con vida gracias a los estallidos eléctricos provenientes de tu cerebro? Y la sangre que te recorre no lleva emociones ni exalta pasiones, solo mancha cuando se derrama.
Pensaba continuamente en el tiempo que pasaría en volver a verla. Y cuanto más pensaba en ello más angustiosa se le hacía la espera. Mientras, para amortiguar el desasosiego, trabajaba a destajo en las obras de la catedral. De vez en cuando, miraba hacia abajo, desde los andamios, para ver si adivinaba su silueta en las calles colindantes. Pero nunca ocurría el golpe de buena suerte. Le minaba el corazón el pensar que la había perdido para siempre después de la última y contundente discusión que tuvieron antes de decidir darse un tiempo. Éste les liberaría de ciertas trampas que habían sembrado en el camino del primer intento de convivencia que duró un año. Pensaba y deseaba que le hubiera perdonado su egoísmo y que decidiera darle una segunda oportunidad. Pero mientras que pensaba y se torturaba y se confundía de días y noches, en la odisea de su nueva rutina, allá, en las alturas, las gárgolas se carcajeaban.
La amistad que los unía iba más allá del tiempo y del espacio, como se decían mutuamente cada vez que se separaban. Mientras que estaban juntos, disfrutaban cada segundo de sus risas, de sus barrabasadas, de sus lloros de tristeza, de sus desaires a los que les rodeaban. Se recordaban continuamente la primera vez que se encontraron, que se miraron, que se enzarzaron a manotazos, que los reprendieron en público por su comportamiento, y reían, reían a carcajadas al recordar el momento exacto en que se juraron amistad eterna, fueran cuales fueran los obstáculos en sus vidas, las pruebas a las que les sometieran en sus trayectorias familiares, sociales y profesionales. Y aquel viernes, como todos lo viernes, volverían a jurarse amor incondicional, esperando no olvidarse el uno del otro durante el fin de semana, y que nada ni nadie les distrajera de su objetivo de volver a encontrarse al siguiente lunes, cuando sus respectivos abuelos los entregaran a su cuidador en la puerta de la guardería.
El primero, demasiado cerca. Tanto que pudo achicharrarnos. La nave casi no resistió.
Después, la hibernación, para llegar al siguiente.
El segundo pasó de largo, pues aún no habíamos despertado. Dio igual. No era nuestro objetivo.
En el tercero, ¡ya el tercero!, tuvimos tiempo de pasearnos por cubierta mientras el equipo científico descubría un par de planetas que podrían albergar vida. Fantástico. Volveríamos. No sabíamos cuándo, pero volveríamos.
Y vuelta a dormir.
Cuando las máquinas nos despertaron del segundo sueño, no todos pudimos volver a nuestros camarotes, pues muchos no sobrevivieron, y estando en órbita alrededor del cuarto decidí estar despierto un par de años durante nuestro trayecto al quinto. Me alegró la vida poder observarte durmiendo, imaginando que te acariciaba el pelo, mientras me iba cansando y perdiendo la esperanza de encontrar otras especies fuera de la Tierra. Demasiado tiempo desde que nos embarcamos para recorrer el Universo.
Decidí dormir los casi doscientos años que nos llevará llegar al sexto. Demasiado tiempo para que me esperes si decides despertar antes. Ahora no sé en qué fase me encuentro, ni sé si los demás han aguantado tanto trasiego corporal, ni sé si sigues tan bella como cuando reíste a carcajadas mi ocurrencia de pedirte mano en el Gran Hall de la Academia diciéndote algo que me repito, en mi subconsciencia, con cada latido ralentizado:
-¡Me gustas siete soles y te daré ocho si lo deseas!