
Archivo del Autor: Archimaldito
Sin futuro
El último hombre, meditabundo, chapoteó sobre el barro mezclado con ceniza y miró al cielo, dejando que las gotas de lluvia se mezclaran con sus lágrimas.
El último hombre acababa de ser testigo de la muerte del penúltimo hombre, y se sintió desolado, porque supo la responsabilidad que recaía sobre sus espaldas, a partir del mismo momento en que escuchó la última exhalación de su compañero: Debía reconstruir todo un planeta, solo, en los futuros días de penumbra, en las próximas oscuras y frías noches, sin ayuda, teniendo que dejarse acompañar por sus pensamientos de desesperación.
Y mientras cubría, a paso ligero, la distancia que lo separaba del campamento base, maldijo el día en que aceptó ser parte de una misión suicida, sabiendo que nunca volvería a su hogar, que estaba a demasiada distancia, porque no le quedaban recursos de supervivencia, porque cuando el comandante murió entre sus brazos se había esfumado su última oportunidad de hacerlo.
Emitiría el último mensaje por luz y esta vez sería un S.O.S. O más que un grito de socorro sería una proclamación de que se rendía. Y con él se rendiría la especie humana. Y mientras hundía sus botas en el barro pensó que no se merecían ninguna oportunidad. Ni en este ni en otro mundo.
Los relámpagos rojos le obligaron a forzar, aún más, el paso. Hasta que cayó de bruces, y no se levantó. Nunca se levantó. Y nunca nadie sabría que él había sido el último hombre. Porque ya no había más hombres para saberlo.
Y a poca distancia, el rayo lumínico lanzó un mensaje vacío. De un mundo vacío. Inerte. Sin futuro.

Rezos
Los santos la escudriñaban desde lo alto. Desde sus aposentos divinos. Y ella, indiferente, rezaba para encontrarse a sí misma. Segura de que así encontraría a Dios.
Y los santos aplaudían su fe, aplaudían su búsqueda, aplaudían su entereza. Pero ella no los escuchaba.
Porque estaba tan concentrada en su amor por Dios que ni siquiera escuchaba su propia respiración, ni sentía sus propios latidos, ni el fluir de sus pensamientos.
Y allí estaba, rezando a un dios que quizás no existiera solo en su cabeza. Implorando el perdón por un pecado que aún no había cometido. Buscando en un rincón de aquella iglesia la divinidad. Porque aún no sabía que la divinidad estaba en ella.

El respeto
En aquella ocasión mi víctima imploraba clemencia cuando mi resolución irreversible de cortarle la yugular se veía incrementada exponencialmente con cada lágrima que caía sobre las baldosas blancas de la cocina sobre las que estaba arrodillada.
-Dígame: ¿Cuál es su último deseo? (…) ¿Perdone? ¡No la entiendo! ¡Deje de gimotear que me va a dar igual!
La juré y perjuré que el sufrimiento sería mínimo pues no me gustaba hacer prolongar un final que ya estaba predicho.
Al no recibir respuesta inteligible de ningún tipo, di por hecho que lo que quería era acabar cuanto antes, como yo.
-Yo trato bien a todo el mundo, incluso a los niños muy pequeños. ¿Tiene usted hijos?
Un silencio, que no me esperaba, me confundió.
Ella apartó su mirada enrojecida y se traicionó con un reojo hacia el pasillo que daba al salón. Y agudicé mi oído.
Sonreí.
-A todo el mundo lo trato de usted.
Bajé mis párpados y me concentré en la respiración entrecortada que llenaba la penumbra.
Y, de pronto, habló, calmada, segura, convincente.
-Como le hagas daño, te mato.
La miré fijamente y ella no pestañeó.
-Yo trato bien a todo el mundo.
Observé el filo del cuchillo que blandía en mi mano derecha y aflojé la tensión en la otra mano que agarrotaba su larga melena.
Coloqué el arma sobre la repisa de la cocina, junto al microondas, y tiré del cabello para que me siguiera, aún de rodillas, por el corredor.
– ¡Ya puede salir usted de su escondite! ¡Salga usted, que no le haré daño!

Felicidad
Imagen

Mayoría de edad
Tan a menudo como podía miraba por la ventana para percatarse de que la policía no se acercaba. Tan a menudo como perdía el miedo para hacerlo. Aguantando la respiración y contando hasta diez para exhalar el aire a la par que notaba cómo se ralentizaba el corazón.
El temblor en la mano izquierda lo compensaba con la fuerza de la mano derecha con la que apretaba la empuñadura de la pistola que su socio le había prestado. Ese socio ruín y cobarde que se había echado atrás cuando se dio cuenta que iba en serio con la idea del golpe en aquella casa de ricos.
Y a los pies de la cama infantil, el cuerpo inanimado del habitante de aquella habitación, por cuya ventana había entrado al edificio. Aquel niño que había soltado tal alarido que lo habían escuchado los vecinos cotillas del barrio. Esos vecinos que habían hecho la llamada de alarma al cuartel del pueblo.
Y antes de los vecinos los gritos de la criada sudamericana que se había atrevido a abrir la puerta y a la que disparó en aquel pecho prominente que ya no respiraba.
Y miraba por la ventana, arrepentido de lo que había hecho. Sudando la gota gorda mientras recordaba como había golpeado con la culata la sien del infante.
Y se le desbocaba el corazón de nuevo cuando todas aquellas personas miraban hacia la casa.
Y se calmaba haciéndose a la idea de que aquellos eran hombres disfrazados, como los que había visto en las malditas clases de ciudadanía, en el reformatorio. Consideraba que ahora, siendo ya mayor de edad, era aún demasiado joven para ir a la cárcel. A una de esas prisiones de verdad de las que nunca se salía.
Y pensaba, con miles de imágenes corriendo en su cabeza desbocada, que lo que más deseaba ahora era no haber golpeado demasiado fuerte a Andrés, como la chacha le había llamado. Quizás así tendrían indulgencia. Quizás así, cuando los hombres uniformados le aturdieran y le esposaran, podría decirles que aquello había sido parte de un juego al que ya no quería jugar. Quizás así podría despertar.
Ya no le gustaba aquella pesadilla.

¡Esa mosca!
No puedo matar a esa mosca.
No porque no se lo merezca por su aspecto impertinente ni por su zumbido deleznable. Ni porque digan que transmite enfermedades inclasificables y pretenciosas.
Merece vivir, y morir también.
Pero yo no la voy a matar.
Quizás lo haría en defensa propia. Pero no es el caso. No creo que saque ningún tipo de arma y, además, sería desproporcionado el combate. Ella tan pequeña y yo tan gigante.
Se trata de lógica irrefutable: Si la mato, mis superiores se me echarán encima.
Y lo más seguro es que ellos se librarían de mí tras uno de esos juicios sumarísimos a los que nos tienen acostumbrados con ese tribunal militar de sentencias amañadas.
Pero si así fuera, esta vez tendrían razón porque no es permisible ni plausible ni justo que desaparezca del Universo el único vestigio de vida de ese terrible planeta que acabamos de abandonar hace medio año luz, antes de que surtiera efecto la destrucción irreversible provocada por esos nauseabundos humanoides a los que hemos dado demasiadas oportunidades.
Así que ahora se la daremos a la mosca, y poblaremos con ella un mundo entero, que permitirá el paso a una evolución sostenible y que, ya se adivina, acabará surcando, con sus congéneres, los espacios, dentro de algunos millones de años.
Si dejo volar a esa mosca, se extenderá la Armonía en el Cosmos.
No, no puedo matar a esa mosca.
Es preferible que ella me mate a mí.

Desorbitado
El ojo pinchado en una aguja de punto miraba a todos lados, llorando la poca sangre que le quedaba, maldiciendo no parecer desorbitado por no tener una cuenca que lo ciñera; esperando, con cólera, a que apareciera su liberador, para no quitarle la vista de encima.

Zombis
Fueron tiempos de alegría alternados con tiempos de desdicha. En ambos, la gente era la misma. Y sus comportamientos eran extrañamente iguales, como si no les importaran los altibajos de su vida miserable. Se adaptaban bien a ellos y no pretendían más que sobrevivir. Y si era necesario matar para sobrevivir, mataban.

Milenarios
En los vericuetos del subsuelo encontré muchas sorpresas. Algunas agradables, como aquel tesoro de cuencos milenarios cocidos según alguna técnica hoy desconocida, y otras bastante desagradables, como aquel nido de insectos endemoniados que intentaban meterse por todos los agujeros de mi cuerpo.
Fueran las que fueran, valía la pena enfrentarse a ellas en pos de la gloria eterna, en pos de ver reflejados mi nombre y apellidos, algún buen día, en alguno de los más prestigiosos mamotretos académicos que se acumulan en bibliotecas olvidadas.
Pasé años de penurias estomacales y deshidrataciones casi mortales. Pasé momentos de temor, por la prolongación de mi existencia, ante cañones de armas empuñadas por individuos ambiciosos y ante puntas y filos de aceros que podrían haberme dejado sin alguna parte de mi cuerpo.
Pero alguno de esos ángeles invisibles, que dicen que nos acompañan, actuaban apoyando mi ánimo y mis malabarismos vitales para llegar hasta donde estoy ahora.
Sin ayuda, por mí mismo, escarbando en las pistas de los que siguieron este camino antes que yo, delimitando lo falso de lo auténtico, robusteciendo mis músculos para abatir los obstáculos que se me presentaran, ya estoy en la cámara secreta de este recinto secreto que mantendré secreto para que no se vea contaminado por los intereses podridos del ser humano.
Sin palabras, ni mentales ni escritas ni susurradas, que puedan describir lo que tengo ante mí, sobre mí y alrededor de mí.
El más grande hallazgo arqueológico de la historia de la humanidad pasará desapercibido para el resto de los mortales. Desconocido, inexistente.
Pero mis sentidos no me engañan y mi búsqueda ha finalizado.
Dormiré pues, eternamente, en el lecho de la reina. Y me quedaré con ella por siempre, pues el destino es irreversible. Como el portón de piedra que ha caído tras mi paso para clausurar mi retorno. Como el apagado de la última antorcha eléctrica que me daba luz para ver el prodigio.
Me acurrucaré pues, en la oscuridad, junto al único humano que me acompaña.
Y ya que hay una momia en mi cama, aprovecharé mis últimos alientos para contarle que allí fuera no me espera nadie. Y que soñaré con ella como siempre lo hice. En el pasado, en el presente, en nuestros futuros.
