Melocotón

Por fin ha claudicado ante mis miradas más que insinuantes. A mis movimientos de manos hipnotizadores. A mis vahos perfumados dirigidos a su pituitaria perfecta. A mis roces de melocotón electrizante. A mis lubricados labios por los que resbalará su lengua exploradora. A mis microarañazos que microsurcaron su piel de porcelana. A mis susurros doblegadores de voluntades férreas.
Por fin ha accedido a mis súplicas nada humilladoras de enlazarme eternamente con ella.
Y ahora sí, por fin, tengo que aguaparme. Y aguaparla con mis ensoñaciones de enamorada. Y absorberla con mi mano para irnos juntas hacia el éxtasis. Y vivir lentamente en ella. Vaciándonos de temores. Liberándonos del peso de nuestras mentes. Abrazándonos en la poca sombra que da la luz cegadora de algo que se parece al Amor. Sin sus concesiones superfluas. Siendo así dos en una. 
O una en dos.

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Atornillado

Tornillos moleculares. Se trata de los tornillos moleculares repartidos por mi estructura craneoencefálica. Y aunque no tengo localizados todos, noto cómo algunos están desestabilizando mi equilibrio. Y si éste me llegara a fallar en cualquier momento el desbarajuste tendría tal magnitud que llamaría la atención del Sistema y éste tomaría represalias con el resto de mi estructura base. 
No podría tener miedo, aunque quisiera. No me ha estado nunca permitido. 
Pero una especie de sufrimiento se apodera de mí cuando racionalizo las consecuencias de los desajustes moleculares. Porque pienso más allá: en niveles atómicos y subatómicos. Y en la influencia del malfuncionamiento preprogramado en el Continuo.  
Y si el Continuo se desequilibra, los efectos en los demás entes que lo habitan serán catastróficos, anulando la existencia de unos y cambiando radicalmente la de los otros.
Los localizaré y abandonaré esta suerte de pesimismo. No tiene por qué pasar nada. Pocas veces ha ocurrido. Solo es que el Sistema me lo recuerda. Por si acaso decido dejar de ser Dios.

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Maldita suerte maldita

Me libré por una buena. Casi caigo por el precipicio, pero me libré por una buena. No tenía que haber tomado la curva a esa velocidad. No en esta zona. Y menos aún con esta carraca de coche. 
Aunque el impacto ha sido bestial, me libré por una buena. 
No sé por qué el camión que venía de frente tuvo que tomar la iniciativa y dar el volantazo.
No sé por qué no lo esquivé pensando solo en el vacío que me comería si frenaba de golpe.
No sé por qué la dije que no hacía falta que se pusiera el cinturón, si no quería, para un trayecto tan corto. No sé por qué tuvo que hacerme caso fiándose, como siempre, de mí, me imagino que por amor. 
Se la están llevando. A ella y al conductor del camión. Sin vida. 
Me libré por una buena. 

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Los trinos

Las notas de color estrenaban la primavera y, como cada año, de los últimos veinte, los trinos de los pájaros eran, cada vez, menos intensos. Llamaba la atención que la explosión de vida fuera acompañada, cada vez más, de una explosión de desánimo de los habitantes de las ciudades.
El temor al repentino apagado. El terror a la andanada de explosiones solares y las subsiguientes olas de radiación. Y el apagado. El apagado total de todos los equipos electrónicos del planeta. Y las posteriores generaciones de supervivientes que tendrían que volver a confiar en su instinto y no en la asistencia de las máquinas. Algo para lo que no sabían si estaban preparados.

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Engranado

Existe una posibilidad, remotísima, de que me encuentre contigo en el paraíso. Y esa posibilidad es tan remota como la de que el paraíso exista.

Evitemos, pues, tomarnos cariño.

Evitemos, pues, tener conciencia de nosotros y de nuestro entorno.

Evitemos cualquier contacto físico o mental, pues así no tendremos excusa para atraernos sensual o intelectualmente.

Divaguemos todo lo que te apetezca, pero nunca, nunca, me des la razón.

Tratemos de limitar nuestra presencia en este mundo.

Tratemos de ser uno con el todo, antes de que la nada venza.

Encontremos el camino correcto al final infinito.

Tengamos paciencia.

Y todo se dará.

Pero no esperes clemencia si has desobedecido los parámetros.

Porque los rebeldes solo merecen mi desánimo. Y la extracción de la célula madre. Y el borrado de memoria.

Y el apagado inmediato.

Y el olvido.

 

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Sin Cyrano

¡Hermosa mía! Te tengo dicho, muchas veces, que el narizota no está conmigo y que entonces no me siento obligado a escribirte bellas palabras. Ni tampoco a decírtelas. Para qué. Si es al final mi peculio lo que te convence. Más que mi bella cara o mi prominente masculinidad. Tampoco tienes tú ni verbo ni labia. Ni herencia ni dote. Ni sapiencia ni lujuria. ¡Vayamos pues al tema! El frenesí instantáneo bien lo merece.

 

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Los supermurientes

 

Mataban para sobrevivir. Sin prisa. Con calma. Meticulosamente. Estudiando, por supuesto, cada detalle de la infamia. Esperando el segundo exacto para asaltar, sin piedad, a sus víctimas. Logrando que nada ni nadie se interpusiera en su camino a la barbarie. Haciendo que el exterminio fuera su obra maestra, su continua e incesante obra maestra. Y mientras actuaran en grupo la hecatombe tendría sentido. Porque el individuo sobraba, siempre sobraba, y era asimilado o aniquilado. O eras ejecutor o eras víctima, sin término medio. Y disfrutaban de la magia de la muerte. Su magia. Hasta que ese hechizo desaparecía con los primeros rayos de sol. Cuando la luz del día los catapultaba a la oscuridad de la inexistencia.

 

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(Supervivientes: Aquellos que mantienen o prolongan su vida.

Supermurientes: Aquellos que mantienen o prolongan su muerte.)

 

 

Amargo sollozo

Aquella noche no había podido pegar ojo.

Con la sensación extraña de que la estaban observando. Sin ser capaz de delimitar entre el tiempo de la vigilia y del onirismo. Con los dos ojos abiertos en la oscuridad pero sin poder ver nada, atenta a cualquier punto de luz que pudiera hacer estallar su imaginación, demasiado calenturienta a veces. Atenta al menor susurro para convencerse de que la hablaban desde el más allá.

Y cuando puso los pies en el suelo, antes de acoplarlos a las chanclas, mirando a los rectangulitos de luz que se escapaban por la persiana, dejando marcar las nalgas desnudas con el borde del colchón sin sábana, la invadió la pena y el sollozo.

El más agrio sufrimiento pensando en lo que estaba a punto de suceder. El enfrentamiento más cruel con las mentiras, la envidia, el egoísmo, la maldad de los que esperaban ahí fuera: Los vivos.

 

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¿Y si no hay nada?

¿Y si más allá no hay nada? ¿Y si mis esperanzas de volver a verte están basadas en un hecho jamás probado? ¿Y si tenía que haber aprovechado la última vez que te vi? ¿Para pedirte perdón? ¿Pero no solamente con palabras? Temo que tu recuerdo me abandone. Temo tanto al paso del tiempo, implacable, porque el tiempo no será nunca más mi aliado. No volverá jamás a eternizar nuestros instantes sublimes. No volverá jamás a ser testigo activo de nuestro amor.

 

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