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Poema muerto de un vivo eterno
Tengo una vida.
Una vida de vidas.
Vidas debidas
a las vidas vivas
de otras vidas
que me mantienen con vida
en esta muerte eterna que vivo.

(Fotografía: © Luis Leo Photos)
Rectitud
Era cuadriculado, disciplinado, recto y pausado, y el punto vigía más alto de su alma le advertía que debía vivir la vida con osadía, con pasión, día a día, antes de que el infinito de su desesperanza se mezclara con el límite de su apatía.

(Fotografía: © LuisLeo Photos)
De Amor y Des Amor
Siempre escribiendo sobre el Amor y me olvido de que ya no amo.
Me he olvidado del desamor para escribir qué es lo que amo.
Aún con el corazón vacío del sentimiento, bombeando sangre helada, alimentando una vida rota, tan desesperadamente larga cuando es tan corta.
Necesitando volver a amar para no escribir sobre ello, para no tener tiempo de hacerlo.
Para no escribir y sí decir uno o miles te amo.
(Fotografía: Roses on my gran piano, de Am Y.)
Desolada
Risueña. Feliz.
O eso creían ver los que la conocían por primera vez. O eso pretendía mostrar a los demás para que tuvieran esa imagen de ella por primera vez, o para siempre.
Pero, en el fondo, ni estaba risueña, porque era una mueca de disgusto disimulado, ni era feliz, porque su odio al prójimo impedía que lo fuera.
Deseaba la muerte o, en su falta, la desgracia, a todo ser vivo que osara cruzarse en su camino, e imaginaba, en su sadismo, las truculentas formas en que esto podía ser llevado a cabo.
Y sonreía, de nuevo, mirándote fijamente a los ojos.
Dedicado a Monami, que siempre está risueña… o no

Salpicaduras
He salpicado mi memoria de instantes absurdos. Recordarlos y no poder creer que era yo el que los estaba viviendo. Pero sin arrepentirme, por tenerlos ya lejos. Y añorando a las personas con los que los compartí.

(Foto: Archimaldito)
Me engañan
A veces no me fío de mis reflejos y, menos aún, de mis sombras.

Amor maduro
Lo he conservado bien. No lo cuido mucho pero me dura. Aunque no entiendo cómo ni por qué sigue creciendo más y más. Con lo poco atento que soy. Con lo incapaz que soy de aportarle nada.
Pero ella compensa mi apatía, mi rotunda negligencia.

¡Mancha!
Me paso horas mirando la punta del lápiz. Girándolo con los dedos de mi mano derecha. Acariciándolo con su pulgar.
Lo froto de abajo arriba, de arriba abajo, como si creyera que algún genio fuera a salir de él, manifestando una creatividad oculta que yo desconozco.
Y de todas estas horas, ni un segundo es apoyada sobre el papel que tengo frente a mi barriga. Éste sigue inmaculado. Aburrido de mi desidia. Observándome como un gran ojo blanco.
Desenfocado, pues mi objetivo visual es la punta del lápiz, me lo imagino riéndose por lo bajinis. Acuciando a las demás hojas que tiene por debajo.
Incitándolas a la rebelión: O son manchadas o se van.

Mi espejo
Estoy envejeciendo.
Lo noto en tu mirada.
