Desmemoriados

Volverá la amnesia colectiva que borrará, de sopetón, la memoria histórica, y los abanderados de la soberbia social volverán a repetir la historia odiada.

Esos privilegiados del mundo que juegan con la infelicidad global. Esos señores y señoras que no se conforman con tener sexo, dinero y poder, porque quieren la vida de los demás. Cuando aún no saben que los exterminables son ellos.

Pero, claro, ya no recuerdo lo que he dicho, lo que he escrito, lo que he pensado.

Y el ciclo volverá a repetirse.

 

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Tan de vez en cuando, cuando las veces eran tantas

Y el amasijo de carne putrefacta hiriendo la sensibilidad de los que se asomaban por las ventanas de sus casas. Sin nadie que hiciera nada. Dejando, simplemente, que sucediera, como tantas veces, cuando las veces eran tantas.

Acostumbrados al olor, que se extendía por kilómetros, encontrándose con otros olores que venían desde kilómetros. Y dejando que se mataran, porque nadie castigaba.

Ya nadie lloraba. Lo podían ver allí o en las pantallas. No había casi diferencia, solo en el olor. Habían perdido sus almas. Y la Madre ya no se quejaba. Ya había perdido a todos sus hijos, y la Tierra era la Madre, cuando había sido padre y madre a la vez.

Comer, beber, dormir, matar. No había nada más. Ni siquiera supervivencia, ni siquiera defensa propia. La vida no engendraba valor para dar valor a la vida.

Y un día, como en un juego de palabras, como en un juego de estrategia, como en un juego sin niños, porque la inocencia no era más que una palabra vacía, llegaron ellos. Decían que desde las montañas. Lo decían incluso donde no había montañas. Y ellos empezaron a retirar las cenizas, el polvo que nadie tapaba ni enterraba. Y limpiaron de carne las calles, las sendas, los valles, los bosques, los océanos, los ríos, las grutas, las selvas.

Y después de la limpieza, que llevó siglos de constancia, de paciencia y de mesurada reeducación, se dirigieron, los que quedaron, al hogar del último recién nacido sobre la faz de la Madre. Sin importarles la especie ni la raza del neonato. Y cuando le dieron su bendición tras estudiar su espíritu limpio y libre, se reunieron en consejo, los pocos que eran, para mirarse a los ojos.

Y el más joven, que era extremadamente anciano, dijo, sin palabras, al más anciano, que era extremadamente joven.

¿Y si les decimos que no existe Dios y que son ellos los que deciden sus destinos?

 

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Mi hastío del estío

Cuando corres, sopla el viento.

Al correr, haces viento.

Y la gente insiste en decirme que el viento es único y que uno no puede crearlo.

Limítate a sufrir el calor y derrítete bajo el sol de justicia en el verano insoportable. Cada vez más insoportable.

Antes deseábamos que llegara para disfrutar de la vida, del descanso de las vacaciones escolares. Ahora, de mayores, deseamos que nunca llegue, y transmitimos ese miedo a nuestros hijos. La piel es la primera alarma y la muerte es la última llamada de atención.

Cualquier mínimo esfuerzo se convierte en un reguero de sudor caliente primero, que te baja por la nuca, haciéndote sentir escalofríos cuando toca la espalda ya helado.

Me transformo en un papanatas que busca la sombra más duradera y que provoca corrientes de aire casi tan mortales como el hervimiento del cerebro.

Las manchas solares se trasladan a través del espacio-tiempo y se acoplan en mi piel mostrando su reflejo cruel en estética y dolor.

Y si bebes demasiado líquido, lo pierdes en micciones, lo malgastas en cejas empantanadas que cuando rebosan te irritan los ojos, y el velo saldo te provoca la impotencia de la ceguera instantánea.

Casi mejor dejar pastosa la lengua, que para lo que hay que decir es preferible dosificar los buches de agua y observar los orines cada vez más oscuros, más densos, más preocupantes.

Y el alivio, cuando corres. Así es. Cuando provocas el viento, aunque el aire no sople.

 

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Confabulando

Hoy. Mañana. Ayer. Todo lo mismo. No existe línea de tiempo, ni leyes que lo corrijan. No son necesarios.

La mente, punto infinito en el tejido inencontrable del mal llamado espacio-tiempo, actúa y crea pensamientos y actos que ya estaban pero que, sin embargo, no existían.

Y no existen los encadenamientos, sino los engarces de entropías.

Y el cúmulo de puntos infinitos, infinitesimales en la implosión de las ideas, forman probabilidades de vidas, y de muertes que son vida, y de estados intermedios de consciencia. Y parece ser que de ellos surge el Universo.

Pero esto será una hipótesis con la que embaucaré a algún iluso de los seres limitados con conciencia para que la haga teoría y, con dicha teoría, llene su vacío de raciocinio y deshaga algún trozo de su frustración por no ser un dios.

 

(Dedicado a Ricardo Fermosel, Filósofo y amigo.)

 

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Pues

No tenía solución inmediata. El Matemático lo había intentado y había desistido. Aquella incógnita enigmática. Aquella transferencia de incomodidades fractales. En aquel Universo modélico, donde la excepción inimaginable lo corrompía.
Donde la irreversibilidad se hermanaba con la fuga del raciocinio.
Y ante tanta desdicha intelectual, el Matemático, rindiéndose, aún adivinando que recibiría el peor de los castigos, dirigió sus últimas palabras a los Creadores: 
– El Humano, como criatura impredecible, acabará consigo mismo por sí mismo. Y nada puede cambiarlo. Siento mucho que vuestra criatura haya traicionado vuestras expectativas y mis tentativas de encontrar el modo de retrasar el nuevo final cíclico. Me pongo en vuestras manos pues.

 

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Efluvios

Sonó el despertador y se arrebujó entre las mantas. Y como el timbre continuo no acababa, lo acalló con un manotazo, que mandó el incordiante artilugio hasta la pared de enfrente, la que veía al final de sus pies, que asomaban por las barras de la piecera.

Bostezó ruidosamente, abriendo tanto la boca como en una caricatura que fuera a desencajar la mandíbula, y una tos espontánea le obligó a abrir los ojos y enfrentase a la penumbra de la habitación.

Desenmarañó sábanas y piernas y se irguió en la cama, aún somnoliento, dejando resbalar los pies dentro de las pantuflas que estaban colocadas sobre el frío suelo de azulejos.

Cuando irguió su estatura rozó las manos con sus partes íntimas y cayó en la cuenta de que estaba desnudo, completamente desnudo.

Localizó la bata de franela sobre la estufa apagada, junto a la ventana con persianas de madera. Se la colocó sobre su robusto cuerpo. Y anduvo hacia la luz del día.

Tiró de la cuerda que enrollaba la persiana hasta que la luz impactó sobre su incipiente barba canosa. Se frotó los ojos apartándose las legañas y arrastrando el primer moco del día con el reverso de la mano derecha.

Y cuando se vio preparado, abrió las ventanas, con un gesto decidido, casi brutal, y aspiró el frescor de la mañana, con los párpados bajados, concentrándose en cada molécula de aire, saboreando los efluvios cotidianos de la ciudad que lo envolvía, que lo arropaba con sus sonidos y colores.

Y sonrió. Y se dijo a sí mismo, en voz alta, lo mismo que se decía todos los días, en todas las eternas mañanas de su existencia.

¡Qué bien huele la vida! ¡Qué bien huele la vida cuando se tiene!

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