Terror

Había tenido miedo durante toda su vida, pero nunca lo había demostrado ante sus seres queridos. Si lo hubiera hecho, lo habrían tachado de débil.

Se había rodeado de riquezas y de ricos vanagloriados de haberlas conseguido sin esfuerzo alguno. Se había sentido aceptado por los encumbrados y rechazado, en igual medida, por los esforzados supervivientes del sistema eternizado por gente como él. Y había tenido miedo de perderlo todo. Miedo de manejar los hilos y a que se los manejaran. Siempre dominado por la codicia, por el apetito insaciable de verse reconocido por las hordas elitistas, tan incordiantes con sus excusas para perpetuar el inmovilismo. 

Había tenido miedo, hasta poco antes de ver a aquel niño llorando sobre sus padres muertos, mientras él corría sobre los cascotes respirando polvo y cenizas y ahogándose con sus propias lágrimas, con un sonido agudo que laceraba su cerebro y su entendimiento, sin poder escuchar nada más, buscando la luz que creía acercarse según iban aumentando de tamaño los haces que bañaban las sangres, que bañaban el horror del sinsentido.

Destrozándose las rodillas al chocar con los hierros y aceros retorcidos.

Y en la vida que había inaugurado después de resucitar de entre el peso infernal de los pisos superiores, desplomados sobre su ignorancia, en el ahora de sus malditas circunstancias, era rabia, más que desdicha, lo que sentía.

Y cuando inconscientemente contó seis zanzadillas, provocadas por los cadáveres que se encontró en su carrera interminable, volvió a sentir otra clase de terror, que le sobrevenía tras el pensamiento, tras el convencimiento de que aquella rabia, de que aquella hambre de justicia, de total venganza, nunca desaparecería.

 

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Vas a ver

Vas a ver cómo sé sortear las inclemencias de la vida. Vas a ver cómo sé resistir, una vez y otra, los golpes desafortunados del destino. Vas a ver cómo siempre me levanto de mis cien y mil caídas. Vas a ver cómo sé tener paciencia y cómo convierto ésta en un recurso inagotable ante las malas caras, los malos rumores y el tenaz desasosiego. Vas a ver tanta tranquilidad que no te pareceré humano. Tanta templanza que dudarás de si corre sangre por mis venas. De si tengo demasiada fe en la Humanidad, incrementando mi ingenuidad, incólume desde la infancia. De si estoy ciego ante la realidad, la cruda realidad que nos rodea. Y dudarás de mi inconsciencia, porque creerás que se alimenta de una frialdad sospechosa, que la farsa que me he construido se deshará como un castillo de naipes. Y errarás, amigo mío, errarás en todos los casos. Porque la vida es bella allá de donde vine, en el confín de los tiempos. Y todos los que allí habitamos nos capacitamos en sembrar la discordancia en el presente, tan necesario de Amor, tan necesario de fe en el prójimo. No dudes pues y repara tu error claudicando ante tu ignorancia y enmendándote emergiendo en la nueva sabiduría, que solo tiene una enseñanza: La Felicidad eterna.

 

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Estoy impaciente

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.

Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

 

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Palabreando

 

¡La felicidad!

No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

 

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Aquella mañana de mayo

Aquella mañana de mayo.

Le hubiera gustado recordarla siempre.

Porque ella estaba allí, junto a él, recién salido del hospital, recién recuperado. Porque se sentía dichosa. Porque quería creer que ella le importaba. Porque creía saber por qué lo amaba, a él, tan estúpido con la gente, tan intratable en lo privado, tan despreciable en lo humano. Y, aun así, tan tierno con ella, cuando no esperaba eso de él. Y ella creía que, aunque fuera durante contados instantes, esa limitada amalgama de sentimientos, la llenaba, porque, quizás, no tenía otra cosa a la que aferrarse.

Y aquella mañana de mayo estaba siendo la mejor mañana de su vida porque aquella mañana la había tenido en cuenta. Porque, ayudándose mutuamente, harían lo que siempre habían querido, desde que se dieron cuenta que, por sí solos, no lo conseguirían.

Primero ella, y luego él. Y no errarían. Y no volvería jamás uno de ellos al hospital, para tener que volver a empezar.

Aquella mañana de mayo conseguirían, por fin, no tener mañana.

 

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