Los labios me decían te quiero. La mirada me decía te adoro. Aquella pose, aquel garbo. Las manos quietas, saludando. Era así siempre, cada vez que me esperaba al otro lado del escaparate.

Los labios me decían te quiero. La mirada me decía te adoro. Aquella pose, aquel garbo. Las manos quietas, saludando. Era así siempre, cada vez que me esperaba al otro lado del escaparate.

Me paso horas mirando la punta del lápiz. Girándolo con los dedos de mi mano derecha. Acariciándolo con su pulgar.
Lo froto de abajo arriba, de arriba abajo, como si creyera que algún genio fuera a salir de él, manifestando una creatividad oculta que yo desconozco.
Y de todas estas horas, ni un segundo es apoyada sobre el papel que tengo frente a mi barriga. Éste sigue inmaculado. Aburrido de mi desidia. Observándome como un gran ojo blanco.
Desenfocado, pues mi objetivo visual es la punta del lápiz, me lo imagino riéndose por lo bajinis. Acuciando a las demás hojas que tiene por debajo.
Incitándolas a la rebelión: O son manchadas o se van.

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

Existe una posibilidad, remotísima, de que me encuentre contigo en el paraíso. Y esa posibilidad es tan remota como la de que el paraíso exista.
Evitemos, pues, tomarnos cariño.
Evitemos, pues, tener conciencia de nosotros y de nuestro entorno.
Evitemos cualquier contacto físico o mental, pues así no tendremos excusa para atraernos sensual o intelectualmente.
Divaguemos todo lo que te apetezca, pero nunca, nunca, me des la razón.
Tratemos de limitar nuestra presencia en este mundo.
Tratemos de ser uno con el todo, antes de que la nada venza.
Encontremos el camino correcto al final infinito.
Tengamos paciencia.
Y todo se dará.
Pero no esperes clemencia si has desobedecido los parámetros.
Porque los rebeldes solo merecen mi desánimo. Y la extracción de la célula madre. Y el borrado de memoria.
Y el apagado inmediato.
Y el olvido.

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

Observándola. Con otra taza de café en la mano. Sintiendo su peso y calculándolo sin líquido dentro. Dejando esperar que éste se enfriara.
-Sí, lo admito. Soy una persona aburrida. No tengo nada que ofrecerte. Tienes demasiada paciencia conmigo. Creo que es mejor que te vayas. Me he quitado el anillo y, aun así, nadie se acercará a mí. Así que no tengas miedo de que te traicione con otra mujer. Soy demasiado aburrido. Con estas pintas que llevo. Con la barba descuidada, con estos vaqueros rotos y la camiseta amarilleada en la zona de los sobacos.
Ella no decía nada. Solo miraba su pelo, aguantándose el asco por la grasa acumulada de muchos días sin lavar. Dejándole hablar.
-Me merezco tu silencio. Soy deplorable. Ni siquiera yo me aguanto.
Un sorbo y un comienzo de arcada.
-Vete. De veras. No te lo voy a echar en cara. Tienes derecho a disfrutar la vida. Ya estoy viejo para empezar a esforzarme en remontar nuestra relación. La verdad es que ya no me atraes físicamente. Prefiero aguantarme el dolor en los testículos que tocarte y rememorar cuánto me excitabas. Tú también estás vieja, pero puedes encontrar a alguien para empezar de nuevo.
Ella asentía de vez en cuando. Mirándole a los ojos, que él evitaba distrayéndolos con la taza. No haciendo caso al mal olor que provenía de la zona del ombligo.
-Tampoco creas que me voy a arrepentir dentro de un rato, cuando salgas por la puerta, de todo lo que te estoy diciendo. Creo que ya no hay vuelta atrás.
Ella, sentada frente a él, descruzó las piernas, se acomodó la falda para que él no viera más de lo necesario y, tras media hora aproximada de silencio, sentenció lo que él había evitado escuchar durante los últimos meses.
-Pero es que yo no te quiero.
Él, por fin, levantó los ojos de la taza para fijarlos intensamente en los de ella.
– ¡Es mentira! ¡Y tú lo sabes!
Ella se puso en pie, empujando su asiento hacia atrás con sus esbeltas piernas.
-Piensa lo que quieras. Estás en tu derecho de consolarte. Pero es que no te quiero. De veras.
Otro sorbo de café, amargo y frío.
-Pero me habrás querido alguna vez, ¿no?
Ella se alisó la falda, haciendo que ésta bajara a su altura conveniente, por debajo de las rodillas. Tragó saliva, intentando contener las incipientes lágrimas, intentando conservar la compostura y la fuerza en la voz, para que lo que iba a decir sonara claro y contundente y así él no tuviera dudas.
-Sí. Cuando estabas vivo.

Y el amasijo de carne putrefacta hiriendo la sensibilidad de los que se asomaban por las ventanas de sus casas. Sin nadie que hiciera nada. Dejando, simplemente, que sucediera, como tantas veces, cuando las veces eran tantas.
Acostumbrados al olor, que se extendía por kilómetros, encontrándose con otros olores que venían desde kilómetros. Y dejando que se mataran, porque nadie castigaba.
Ya nadie lloraba. Lo podían ver allí o en las pantallas. No había casi diferencia, solo en el olor. Habían perdido sus almas. Y la Madre ya no se quejaba. Ya había perdido a todos sus hijos, y la Tierra era la Madre, cuando había sido padre y madre a la vez.
Comer, beber, dormir, matar. No había nada más. Ni siquiera supervivencia, ni siquiera defensa propia. La vida no engendraba valor para dar valor a la vida.
Y un día, como en un juego de palabras, como en un juego de estrategia, como en un juego sin niños, porque la inocencia no era más que una palabra vacía, llegaron ellos. Decían que desde las montañas. Lo decían incluso donde no había montañas. Y ellos empezaron a retirar las cenizas, el polvo que nadie tapaba ni enterraba. Y limpiaron de carne las calles, las sendas, los valles, los bosques, los océanos, los ríos, las grutas, las selvas.
Y después de la limpieza, que llevó siglos de constancia, de paciencia y de mesurada reeducación, se dirigieron, los que quedaron, al hogar del último recién nacido sobre la faz de la Madre. Sin importarles la especie ni la raza del neonato. Y cuando le dieron su bendición tras estudiar su espíritu limpio y libre, se reunieron en consejo, los pocos que eran, para mirarse a los ojos.
Y el más joven, que era extremadamente anciano, dijo, sin palabras, al más anciano, que era extremadamente joven.
¿Y si les decimos que no existe Dios y que son ellos los que deciden sus destinos?


He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.
Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.
Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.
No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.
Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

¡La felicidad!
No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.
