Rave

Imagen de Eszter en Pixabay


Kilos, kilómetros, kolokómetros, la ruta del desastre, a la que todos se apuntan sin pensar en la consecuencias, que suelen ser irreversibles e irremediables. Tanto kolomolo que te como lo que quieras porque quedan pocos días de vida y estos pasan muy rápido, ultrarrápido, que me echo a la nariz todo lo que pille, al gaznate todo lo que no atragante y a las venas todo lo que no sea rastreable. Pumba pumba chaka chaka, que no me des la chapa, que si no puedes seguir mi ritmo quédate panza arriba bajo el sol viéndolas venir, que yo sigo noche tras noche, que paqué dormir si cuando duermo me lo pierdo todo. Que qué música, que qué pibón, que qué buenos colegas que me pasan el costo, que para la meta mejor con tíos y tías no conocidos, que todos nos conocemos y se nos va la lengua. Que vomites te digo pameterte más, que nunca es suficiente y cuando el travelo se dé cuenta que se ha dejado manosear por una escoria como tú me va a venir a dar el cante y amenazarme con contárselo a mi niña de fijo.
Que me da igual quedarme sordo que lo que mola es la vibración de los pulmones y el estómago, que lo de la pilila que no se te levante ya habrá remedio cuando te pase el mono.
Y no pienses en volverte para casa y que te pillen los maderos y a lo que les digas con las pupilas dilatadas no se van a creer lo que les cuentes y encima se van a querer quedar, decomisar dicen ellos, con todo el material pa colocarse en sus ratos libres que son muchos.
Suda sudadera que me la suda que pases de mí para darles picos a todos los machos del lugar que para eso tengo resistencia para tres o cuatro días más sin dormir, que para eso no curro y me despabilo pronto con un rezbul pa seguir pribando. 
Que me queman los ojos pero lo importante es no cerrarlos para ver luces innecesarias, que hoy estoy aquí contigo que mañana no sé dónde estaré, a lo peor en gayumbos y con un tatuaje de más o sin cartera y sin manera de volver a casa a no ser que sea andando o tirando de dedo, que fijo que no me coge nadie.
Venga, pásame el chunda chunda chunga jajajá que me parto el esternón.
Que no sé pa qué me estás gritando si con esta música tan disparada no me entero.
¡Sigue bailando o saltando o arrastrándote por el suelo que da igual que todos son colegas y hacen lo mismo esmirriao!

La cita

Imagen de Jesús Fernández de Zayas

Quedaban momentos mágicos.
Perdonaba los desajustes.
Obligaba la mansedumbre, y las Leyes, que siempre oprimen, pero que no era capaz de desobedecer.
Le habían dicho que existía la intuición, el instinto, y él siempre había achacado sus momentos de vehemencia a algún cortocircuito subneuronal.
-Mis padres no quisieron decirme nada hasta que yo lo descubriera por mí mismo.
Siguió colocándose los calcetines, antes de enfundarse los pantalones elásticos, para así pisar el suelo helado sin temer un resfriado. Después, la blusa iridiscente, también elástica, que resaltaba su flacura y flacidez.
-Pero estás aquí, vistiéndote frente a mí, sin temer que descubra tu secreto.
Tenía poco tiempo porque, concentrándose en el horario, le apisonaba el paso de las centésimas de segundo.
Insertando ambos pies en los deslizadores antigravimétricos mientras enguantaba sus esqueléticas manos, se percató de que no servía de nada el fuego cruzado de sus miradas.
Los sensores moleculares, ubicados en las yemas de los dedos, la estaban estudiando, explorando, juzgando, sintiendo, con la mano enguantada.
Y no necesitó más que tres nanosegundos para decidir la sentencia: Ella sería perdonada.
-¿Dónde vas, cariño?
-A una cita importante. Recoge tus cosas y vete. Me ha gustado hablar contigo.
-No sabía que solo vine a hablar.
La volvió a mirar por última vez. Aún se preguntaba por qué estaba totalmente desnuda. Pero cuando atravesó el umbral de la puerta de su reducto para la recarga, la había olvidado.
El brillo plateado del suelo, desde su altitud hasta el nivel cero, se opacó, y se disgregó el horizonte, difuminándose el punto focal, por lo que se acopló la visera y se deslizó.
Sin esfuerzo, dejándose llevar, fluyendo.
-¿Has logrado perdonarte? ¿Perdonarme de qué? ¿Por qué? Da igual. No respondas. Ya llego tarde.

Madre

Imagen de Iuliia Bondarenko en Pixabay

El Hombre está dirigiendo, inconscientemente, sus expectativas y preferencias existenciales a la total explotación del planeta, teniendo como objetivo inmediato la búsqueda de su felicidad, basada en el poder y el confort extraídos del resto de los seres vivos e inanimados que la componen.
No se da cuenta que, tal como si de una casa se tratara, la base de la vida es el planeta que la ha visto nacer y evolucionar, sus cimientos. Si nos fijamos solo en el tejado como signo de que dicha casa está total y perfectamente construida, y nos olvidamos que lo que pisamos son los cimientos que la sustentan, la perfecta vivienda se puede derrumbar, destruir y, con ella, aniquilar lo que dentro contiene.
La Tierra está herida por el Hombre. Pero aún estamos a tiempo de sanarla.
El Hombre debe amar a su Madre, la Tierra.
Sin la Tierra no existiría el Hombre. Sin el Hombre sí existiría la Tierra, pero le faltaría aquello que la distingue entre los miles de mundos existentes.
Ella, como madre, nos ha dado pruebas de ese Amor, nos ha visto nacer y nos ha dejado crecer y desarrollarnos. Ninguna madre quiere la muerte de sus hijos. Comportémosnos correspondiendo a ese Amor.
Nuestra Madre se lo merece.

Veranos de muerte

Crepitaban el cielo, el horizonte y el suelo. Alaridos insonoros pedían piedad ante tal desdicha, y las víctimas, aún sabiendo que serían invisibles, preguntaban la razón de su destino: ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora?

Las llamas laceraban el bosque y millones de pensamientos desaparecían con la fisión de sus enlaces moleculares, y la disgregación de la materia ennegrecía el aire, que se convertía en irrespirable.


Los abrazos de fuego transformaban el paisaje en un páramo desolado y algunos ojos seguían mirando a las alturas esperando el milagro del agua.

Film

Era un filmador.

La palabra no era de su gusto, pero le parecía más adecuada que peliculador. No era director ni guionista, pero condensaba ambos roles en su persona. Simplemente iba con su cámara y filmaba. Sin llevar consigo ninguna idea preconcebida. Sin pensar en protagonistas de sus tramas. Filmaba, filmaba y filmaba.

No rodaba. Decía que rodar era, para él, una palabra zafia, que hacía estimular la imaginación con acciones en que algo o alguien tenía que seguir las leyes de la física, dejándose llevar por la inercia o por la gravedad. Y esto no entraba en sus planes. Quería libertad e impredecibilidad en todos sus proyectos.

Por eso, cuando aquel vehículo no disminuyó la velocidad según se acercaba a su punto focal, no se preocupó de echarse a un lado separándose de la trayectoria. Filmaba el morro del camión y la cara de terror del conductor, que veía inminente la estampada, el arrollamiento del filmador.

Quédate a dormir (versión primigenia)

Cada vez que decía que la quería, lloraba, no de emoción, sino porque vislumbraba la cuenta atrás de su desamor.

Sabía que cada vez que hacía el amor con ella, que cada vez que la besaba, que la miraba a los ojos tierno o apasionado, era la última vez que la iba a amar de aquella manera, y que en los siguientes encuentros, cuando ella le implorara un “quédate a dormir”, la querría un poco menos.

Hasta que llegara la noche, tras las copas de vino y los boleros de Luis Miguel, o los momentos íntimos de poesía, en que la respuesta fuera la más dura que hubiera dado nunca, pero también la más sincera.

-No volveré mañana. Ya no soy nadie. Quédate con tu Escandar. Intenta buscarle y conocerle fuera de sus libros y dile que alguien te amó tanto que no quiso amarte tanto.

Dedicado a Escandar Algeet, autor literario imprescindible.

Escrito en Bar Aleatorio, Madrid, el 12 de noviembre de 2019.

Grande

He cruzado mil umbrales, o más, y aún no he logrado discernir el principio ni, mucho menos, el final del camino.
Ahora espero el siguiente ciclo de mi propia creación, para así liberar de peso mi pasos en el trayecto de la armonía.
Y así sé que es solo una transición.
Y tal vez sea una osadía creer que me integraré en la verdad de todo.
Y me pregunto, siempre me pregunto, si es efímera mi grandeza.

Trolas

¿Por qué dicen amar con el corazón si el corazón no ama, si solo late, bombea, te mantiene con vida gracias a los estallidos eléctricos provenientes de tu cerebro?
Y la sangre que te recorre no lleva emociones ni exalta pasiones, solo mancha cuando se derrama.