Imaginémonos

Imaginémonos, por un momento, que la Historia de la Humanidad se hubiera escrito de otra manera:
Los accidentes geográficos no han creado fronteras naturales entre agrupaciones de humanos y todos los habitantes del planeta son parte de una gran comunidad global, por lo que no existen naciones, ni estados, ni culturas diferenciadas, ni religiones, ni lenguas distintas. Todo está unificado y el desarrollo intelectual, científico y económico de la Humanidad no ha creado diferencias entre los integrantes de la especie humana, salvo su raza y su forma de protegerse ante las inclemencias naturales. No habría poderes que lucharan por crear diferencias y no existiría la soberbia ni la supremacía, no habría guerras porque toda la tierra y el agua de la Tierra sería de todos y para todos.
Esta es la Utopía de la Hermanad Humana. Pero es eso, una utopía.
La realidad es que la Historia ha creado diferencias entre nosotros y se ha desarrollado gracias a, o pese a, esas diferencias entre nosotros.
Se necesitan los filósofos, científicos, economistas y políticos para dirigir el caos que supondría no ejercer algún tipo de regla integrada en la libertad, la justicia y la dignidad humana.
Se necesitan hombres que unifiquen a los integrantes de comunidades de individuos que creen en distintas divinidades.
Se necesitan intelectuales, maestros y artistas que impulsen las capacidades creativas que todo ser humano lleva dentro.
Y se necesitan personas que hagan que las personas entiendan todos los contenidos escritos y verbales en los que las distintas sociedades han volcado sus conocimientos para hacer evolucionar sociedades, tribus, naciones y estados: Los intérpretes y traductores, que aúnan los entendimientos entre humanos.
Los párrafos anteriores tienen como finalidad el incidir en la necesidad de preservar el derecho a la diversidad cultural y lingüística de las naciones, y de las comunidades diferenciadas dentro de esas naciones.
Debería estar recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el derecho a poder manifestar las ideas en el propio idioma y que estas puedan ser difundidas en los idiomas existentes distintos del propio para el buen entendimiento entre pueblos en aras de mantener la armonía, la paz y la concordia entre las naciones. Si así fuera entendido por todos los integrantes de la sociedad, verían que las personas que promueven y ayudan a que se haga realidad este propósito merecen todo el respeto que se merecen.
Todo el colectivo de profesiones y vocaciones, que trabajan en aras de este entendimiento, juegan un papel capital en la conservación y en el futuro del patrimonio inmaterial de la palabra pensada y hablada. Es por ello que deben ser valorados en su justa medida, como personas y como artífices de una parte importante del progreso y evolución de la Humanidad.
Que gobiernos nacionales o regionales promuevan el derecho a ser entendidas las ideas, conceptos y hechos, es un avance primordial para borrar distanciamientos entre los pueblos, para eliminar discrepancias entre colectivos, para llevar a buen puerto la estructuración del desarrollo de sus territorios.
Porque recuerden: Esta es la realidad. Las utopías son solo proyectos con improbabilidad de que sucedan.

Fotografía por Archimaldito

Me mueve

No se trata de admirar a una persona por su talento, ni por su personalidad, ni por su belleza.
No es admiración por parte de una persona, mi persona, que cree que ningún ser humano es más que otro, a no ser que demuestre que es necesario o imprescindible para desarrollar y conservar la armonía del mundo en el que viven las demás personas.
Se trata de apoyar los sueños del prójimo, y de que, cuando estos se están haciendo realidad, mantener viva la llama de su ilusión, de su emoción, de su felicidad por lograrlos.
Y una manera de conseguirlo es difundir los actos, las obras bien realizadas, de esos seres humanos (o colectivos) con un entusiasmo imperecedero.
Solo eso me mueve.

#archimalditoapoyandoalosartistas

#archimalditoapoyandoalosartistas

Archimaldito es el nombre artístico de alguien que empezó siendo un escritor reconocido cualitativamente, pero no cuantitativamente, que apoyó a su hijo artista desde sus inicios, debido a su trayectoria melómana desde niño, que quiso ver volcada en sus retoños, algo que sigue extendiendo a su hija artista.
Archimaldito es un artista que apoya, en vida, a otros artistas, con hechos, y no solo con palabras. Que lo hizo, lo hace y lo hará, aportando su pequeño granito de arena dentro de sus limitadas capacidades económicas: Yendo a sus presentaciones,  comprando sus obras, participando en sus «crowdfundings», dándoles dinero, para que sobrevivieran, en los peores momentos de la Pandemia, pagando las monetizaciones en las cuentas de sus plataformas virtuales, acudiendo a sus conciertos, viviendo, con ellos, sus altibajos. «Mojándose» con sus críticas positivas y negativas, en el mundo real y el virtual, y con sus difusiones y redifusiones. Sin hipocresías, sin miedos, sin egoísmo y sin vergüenza.
Archimaldito es un artista que está acostumbrado a no ser reconocido en su limitado talento, de ahí su apodo. Que está acostumbrado a amar y dar sin pedir, para él, nada a cambio.
Si Archimaldito dice y hace que apoya a los artistas es porque lo hace entregándose en cuerpo y alma, si es que esta existiera.
Así que antes de preguntar qué o quién es Archimaldito, intenta conocerle personalmente para mirarle a los ojos y vislumbrar, en su mirada, sus trayectorias, la artística y la vital. Así podrás reconocer lo que pocos saben, o no quieren saber.
Archimaldito es simplemente él o ello mismo, fuera de sus excentricidades, que le dan la libertad que desea para los demás.
Él sí que vive y deja vivir. Y ama. Sobre todo eso: Ama.

Nuestra oportunidad, nuestra responsabilidad, nuestro compromiso.

El ser humano nace bueno y, poco a poco, su bondad se va degradando con su inmersión en la sociedad, con las mentiras globales de unos pocos, con la aceptación y resignación de vivir en un mundo que no tiene solución.

Tenemos la posibilidad de revertir ese efecto dañino y lograr que nuestra bondad se comparta mundialmente y que el Planeta llegue a la Armonía absoluta.

 

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La declaración

   No era muy dado a hablar en público. Ni siquiera tenía presencia para hacerlo. Ni nunca tuvo tema lo suficientemente atractivo para embaucar a los posibles oyentes.

   No comprendía, entonces, por qué le habían escogido a él para transmitir ese mensaje que ni siquiera él comprendía.

   Tan humilde y tan apocado. Tan poca cosa.

   Se acercó a aquella reunión en el comedor social para abrigarse de la soledad que le esquilmaba en la miseria de la calle. Ese peregrinar rutinario para no sentirse olvidado por el resto de la especie humana. Y de paso, comer caliente. Y aquel hombre robusto, que ya había visto antes, mirándole siempre de reojo, mientras hablaba con las monjas que regían todo con disciplina férrea.

   Y sin haberle dirigido palabra alguna antes, le tomó por el hombro y clavó su mirada de vidrioso azul para espetarle.

   -Sé que eres el elegido. Y ha llegado tu momento. Ha llegado la hora de hacerles saber a los otros que has venido a redimirles.

   En tres ocasiones se repitió la misma escena. En diferentes enclaves. Y siempre rodeados del barullo de los otros miserables.

   Y en ninguna de ellas contestó. Pensó que aquel loco se olvidaría de él. Que alguna paranoia extraña le hacía tener aquella fijación. Y que tan pronto como había pasado de la ignorancia a la manía persecutoria, volvería a no reconocerle entre la multitud.

   Pero se equivocó.  Ahora estaba allí. Ante otra multitud. Con un micrófono en la mano. Engalanado con un traje de etiqueta. Bien rasurado, peinado y perfumado. Irreconocible para él mismo.

   Y cien mil ojos mirándole. En silencio. Bajo un cielo más azul que nunca. Aguantando la respiración. Hambrientos de conocimiento.

   Y otros cientos de ojos artificiales enfocando sus iris al simpar. Tantos como países tenía el mundo. Esperando la declaración.

   Miró por última vez hacia atrás, hacia el fondo del escenario, para asegurarse de que allí estaba ojosazules, incitándole con la mirada y con la mano nerviosa para que hablara.

   Tímido, humilde, pero sobre todo, sincero.

   -Yo… soy… Dios.

 

 

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(Relato presentado al V Concurso de Relatos Breves de Diari de Terrassa, con seudónimo “Virgilio Taciturno”)