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Voy a morir
Voy a morir.
Sé que quiero morir y que voy a morir.
No voy a quitarme la vida pero sé que voy a morir.
No es que necesite morir. Es que voy a dejar de existir.
De pronto, cuando yo decida, dejaré de ser alguien para ser, simplemente, nadie.
Y no habrá nadie para ser testigo de mi voluntad.
Voy a morir. Es más, ya estoy muriendo mientras estoy escribiendo esto. No sé por qué lo estoy haciendo. Quizás para calmar mi conciencia. Pero es raro, porque estoy tranquilo. No tengo miedo. Ni atisbos de arrepentimiento.
Moriré pues. Porque está dicho, porque está predicho que así ocurra.
No siento nada parecido al rencor contra mí mismo. Ni contra los que me han imbuido esta idea, porque no es una idea, es un hecho.
Toca dejar de existir y lo acepto.
Así se decidió hace casi cuatrocientos años. Vivir más llamaría, de nuevo, la atención.
Quiero morir. Toca descansar y regenerar mi energía.
Cuando vuelva a nacer tendré otro aspecto y estaré en otro sitio a miles de kilómetros de aquí.
Los sondeadores recogerán mi cuerpo y se decidirá mi reciclaje íntegro.
Así volveré a formar parte del destino de los humanoides con los que quisieron que conviviera.
Ya siento las picovibraciones emocionales que llevarán a mi apagado interno. Y las ráfagas de lucidez darán paso a la nada estéril.
Quiero morir y voy a morir. Aunque quizás exista una palabra más adecuada para mi apagado temporal. Aunque… qué es el tiempo sino un vaivén de mi existencia.

La carcajada
Yo ya no mido el tiempo. El tiempo me mide a mí.
Y mientras lo hace, me burlo en la distancia inacabable, la del infinito espacial, la de las estrellas mate, la del negro sublime.

Confesiones desquiciadas
¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

¿Cuántas veces más?
Acabo de despertar. He dormido, otra vez, boca abajo y he vuelto a encharcar la sábana, a la altura de mi cara, en dos zonas. Uno de los rastros corresponde a mi saliva, que dejo escapar con la relajación de los músculos de la boca. El otro, por ahora, lo desconozco, aunque, si me esfuerzo, puedo recordar algún fragmento de lo que he estado soñando.
Unos zapatos brillantes de charol en unos pies de niño que avanzan, apresuradamente, por una calle gris y mojada y el sentimiento de preocupación porque se lleguen a manchar con barro. Y los dedos, también de niño, que acomodan los calcetines de punto blanco, para que no bajen a los tobillos. El ruido de los tacones sobre el suelo, allá abajo, porque el campo de visión es otro, hacia adelante, hacia un portón de madera pintada de marrón chocolate.
El rechinar de los goznes cuando se abre la puerta empujada por las manos infantiles, y la pituitaria que asume el gozo del pan recién hecho, con la masa esponjosa de su miga aún caliente.
Y desde la perspectiva visual de alguien demasiado bajito, la impresión de los traseros alineados, pertenecientes a cuerpos apoyados en el mostrador, que esperan su turno para ser atendidos.
Y, de pronto, el cambio radical de imagen.
La cara sonriente, muy cerca, tanto que se puede adivinar el sentimiento de franqueza, inherente a la confianza extrema en las palabras del señor que las emite, con su voz grave y melodiosa.
– ¡Susito! ¡Hijo! Ya creía que te habías perdido. Menos mal que llegaste a tiempo para ayudarme con el recado de tu abuela.
Ya sé. El agua se ha escapado de mis ojos. La añoranza ha provocado el estallido del dolor por la pérdida del ser amado.
Le he vuelto a echar de menos y el asalto de los recuerdos ha dejado testimonio en mis devaneos oníricos. Demasiado reales a veces.
¿Cuántas veces más mojaré la cama? Con mis lágrimas.
¿Padre?
¿Papá?

Palabreando
¡La felicidad!
No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

Una entrevista
El pasado mes de marzo, en el instituto, la profesora de Lengua de 1º ESO, le encargó a mi hija, Estela Tatiana Fernández Claudet, un trabajo en el que tenía que entrevistar a alguien de su familia que tuviera cosas interesantes que contar, y me eligió a mí. Éste es el resultado.

UNA ENTREVISTA
Jesús Fernández de Zayas (mi padre) es llamado Archimaldito por el mundo virtual. Es autor literario. Viner, bloguero, fotógrafo y director técnico audiovisual.
- ¿Cuál es la mayor locura que has hecho a lo largo de tu vida?
Tirarme en monopatín cuesta abajo con una pendiente de aproximadamente 30° en pleno agosto y en sentido contrario de los vehículos. Una de ellas.
- ¿Cómo decidiste crearte cuentas para redactar tus novelas?
Aprovechando las nuevas tecnologías ya que la forma clásica de presentarlas ralentizaba su difusión.
- ¿Con qué persona más importante has estado hasta ahora?
Con Mijail Gorvachov.
- ¿Cómo era tu estilo de vestimenta cuando eras joven?
Funky. No podía ir con menos de diez colores en mi vestimenta.
- ¿Cuántos libros has publicado o colaborado en ellos?
He publicado un libro llamado “Sempiterno” que está en la Biblioteca Nacional de España (de ciencia ficción). Y he colaborado con el periodista Pablo Villarrubia (Cuarto milenio) en “ Un viaje mágico por los misterios de América”.
- ¿Cuántos congresos has realizado y en cuántos has interactuado con gente importante?
Debido a mi profesión al menos cuatro a la semana. La persona más importante con la que he estado en un congreso es el Rey.
- ¿Crees que ganarás algún día algún premio?
Sí, ja ja, el Cervantes o el Nobel. Aunque no soy muy amante de premios pues es más seguro que lo rechazaría.
- ¿Cuál crees que es tu Vine estrella?
Tengo varios, es muy difícil elegir. Pero unos de los más destacables es el de “Archimaldito CD Player” o el que hice para las Naciones Unidas en su campaña “Derechos Humanos 365”.
- ¿Cuál Vine crees que tú y yo hemos hecho que ha sido el más loco?
El de la recreación de una escena de 300 donde hacía de Leonidas la que grabamos a 4° de temperatura.
- ¿Has hecho algo arriesgado en tu vida?
Sí, exploración suicida de cuevas (espeleología). En los túneles secretos de Cuzco (Perú).
- ¿Qué es la cosa más valiosa en valor que tienes?
Varias primeras ediciones de varios títulos de Mario Vargas Llosa, creo que la que tengo más aprecio es a “La Tía Julia y el escribidor”.
- ¿Cuál es la cosa de la que te arrepientes de haber hecho en tu vida?
Retarme a mí mismo en la época universitaria. Tirándome desde el balcón de la primera planta de mi piso de estudiantes intentando caer de pie al estilo Michael Jackson, cayendo mal y lesionándome cabeza y espalda, teniendo que ir un año de rehabilitación en una piscina gracias a la cual aprendí a nadar en todos los estilos.
- ¿Te has llevado una sorpresa últimamente?
Aparecer en la Wikipedia como autor de un video sobre la presentación de una obra del maestro de la ciencia ficción española Gabriel Bermudez Castillo.
- ¿Tienes alguna anécdota más que contar?
Tengo cientos, desde que actué ante 3000 personas bailando y haciendo la coreografía de Thriller de Michael Jackson hasta irme a Bolivia con el escritor Javier Sierra o cavar en tumbas pre-incas.
- ¿Tienes que decirle algo a mis compañeros de clase?
Sí, sigue tus sueños y lucha por cumplirlos.
Firmado:
Archimaldito
(Nota: Se han respetado las faltas de ortografía y errores de sintaxis.)
Amores
Amo los libros. Amo leer. Amo escribir.

(Fotografía: Iván Fdez. Claudet)
Ocasionalmente
En una ocasión, cuando creí dormir, estaba muriendo.
En otra ocasión, cuando creí correr, estaba huyendo.
En una tercera, cuando creí llorar, estaba sabiendo.
En todas, cuando deduje que era yo quien erraba, decidí meditar, parar mi tiempo, para preguntar a la vida si podía quedarme, si podía luchar por ser eterno.
Y obtuve, por respuesta, solo silencio, silencio solo.
Pues era yo, en esa soledad, quien estaba quieto. Sin soñar, sin correr, sin saber.
Solo yo, en el vacío de mi plenitud.
Solo yo, en el hartazgo de mi esencia.
Con una única conciencia.
Inconsciente de mi dicha. Inconsciente de mi lucha. Inconsciente de la verdad, que se asemeja al infinito. Que se acerca al pasado, presente y futuro, armonizados en el grito intenso, concentrado en una ilusión: Ser vacío, ser forma, ser todo, ser nada.
No ser, para ser. Ser, para no ser.

Dicha
He pensado que quizás no exista, pero disfrutaré el momento.
