Guinness World Record

Evitaba eliminar a más de uno al mismo tiempo. Entre uno y el siguiente quería parar para vomitar, pero no lo hacía porque el tiempo apremiaba y porque debía cumplir las reglas. Sabía que batir el récord era posible.

Al jurado, sentado frente a él en el anfiteatro, presenciando la escena sin moverse, no parecía que le influyera demasiado el método utilizado. Lo importante era que cumpliera su objetivo.

El silencio solo se rompía segundos antes de cada ejecución. Cuando la víctima, con la boca amordazada, los ojos cegados por anchas vendas opacas y las extremidades inutilizadas con bridas, notaba el frío del metal en su gaznate y emitía un pequeño gemido antes de ser sajada, a un volumen tan bajo que la siguiente no se percataba de que era la próxima en caer.

Y así una tras otra, a una velocidad increíble, con un virtuosismo desconocido.

Cuando terminó, tuvo que descalzarse. Dejó caer el arma aflojando la tensión de su mano derecha, sin ruido estrepitoso, pues la abundante sangre en el escenario amortiguaba el impacto. Bajó los escalones, que continuaban calientes, pues habían sido pisados por demasiados pies camino al cadalso.

Se dirigió a la tribuna donde esperaban los jueces. Y escuchó. Y uno tras otro aplaudieron rabiosamente. Y su rostro mostró la más absoluta felicidad.

Había conseguido batir el récord: Ahora sería el asesino en serie más famoso de la Historia.

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Sin ton ni son

Un señor enormemente bajito que apareció para insultarme tuvo que justificarme sus insultos. No pudo. Solo se basaba en mi aspecto. Que si era andrógino, que si mis pinturas me delataban, que si mi amaneramiento era ridículo.

Entró en el bar solo para lanzarme sus vituperios. Me vio a través del cristal del escaparate donde las botellas de cerveza se amontonaban sin ton ni son. Y como debía estar tremendamente aburrido, se sentenció a sí mismo que yo debía ser su próxima víctima.

Yo, acostumbrado a sentir indiferencia ante los que me menospreciaban, no tuve más remedio que reaccionar ante su sarta de palabrotas malsonantes.

-Papá, ¿de veras no puedes esperar a que llegue a casa para intentar deprimirme aún más?

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Mechón

El mechón rubio tapaba su ojo derecho. Durante un tiempo lo dejó caer sobre ese lado de la cara porque decía que así iba a la moda. Pero se dio cuenta que lo que se llevaba en ese momento era la indiferencia, el egoísmo, la soberbia. De los demás ante ella. De ella ante los demás. Y con su desprecio llegó la decisión de dejar caer todo el flequillo sobre la cara, ocultando ambos ojos, para que cuando los observara a través de la cortina de pelo no vieran su mirada punzante, embajadora del odio que hervía en sus entrañas.

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Mea culpa

Señorita Culpa: Ha vuelto usted a distorsionarme, a hacerme ver una parte de mí que no conocía. Ha vuelto a incidir en mi papel en el entramado del ciclo de la muerte. Pero, se lo ruego, no me haga sentir mal.

Es cierto que hoy he vuelto a resucitar pero, la verdad, ya me estoy hartando de volver a la vida cada vez que se me necesita.

Y usted sabe que llegará el momento en que no me sienta culpable ni decepcionado por no poder hacerlo.

Creo que ya me he ganado el derecho a descansar en paz eternamente.

 

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Cada día

Cada día se sentaba en la misma esquina de la plaza, para intentar retratar pedacitos de vidas que pasaban ante él. Y cuando no conseguía plasmar nada en su lienzo, no se deprimía, ni se desesperaba ni se censuraba, sino que recogía sus bártulos y sonreía, pensando que lo lograría al día siguiente, cuando la luz, el aire y sus lápices y pinceles estuvieran en la sintonía perfecta para retratar la felicidad eterna.

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Mejor

En la oscuridad previa, los pensamientos cabalgan desbocados.

En la penumbra plena, esos pensamientos, que se han transformado en pesadilla sudorosa, le despiertan. Y se ve a sí mismo boca abajo, con la cara mojada por su propia saliva y los ojos ardiendo por las lágrimas.

Y se asusta, porque todo el cabecero de la cama está bañado en luz, porque, temiendo que aún siga soñando, se yergue y, apoyándose sobre los codos, observa sus manos que brillan en fosforescencia amarilla.

Tras un desesperado parpadeo, vuelve a enfrentarse a la realidad extraña y ve como sus uñas pintadas en rojo quieren arrancarle los ojos y las manos en garfio quieren estrangular su cuello.

Y la oscuridad desaparece, pues, por fin, todo él es luz.

Y gime de terror intentando no despertar a su acompañante, para que no le tome por loco.

Y, como un resorte, salta de la cama, descalzo, sintiendo el frío en sus talones, tropezando, ahogando el chillido del meñique golpeado con las malditas patitas del sifonier.

Y la luz envolvente va diluyéndose, convirtiéndose en un torbellino que desaparece por la puerta del dormitorio. Y se atreve a preguntar, musitando. Pero no llega la respuesta.

Mejor.

 

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Cimbreo

Arrostré el peligro arrastrando el cuerpo y levantando el pie derecho a una altura inverosímil, la que me permitía la pierna correspondiente, para dejarlo caer y machacar la jeta de aquel malnacido que había intentado asaltarme con su navaja de Toledo, cimbreando por mi rostro la hoja reluciente, amenazándome con que la iba a estrenar con mi sangre.

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Heces

Abu Singleton cabeceó un segundo importándole un bledo la opinión de los que compartían el receptáculo. Él no había criticado aún el malgasto de oxígeno por parte de los que entraban en estado arbitrario de ansiedad. Pero las normas eran las normas y cuando se había decidido, en la ridícula democracia formada por siete supervivientes, que nadie podría dormir, había que intentar cumplir dicha decisión, por lo menos en apariencia. Y punto. 
Pero la espera y el sudor eran demasiado agobiantes y se iban acortando los ciclos de éxtasis.
Fuera yacían desparramados los que no habían hecho caso a la disciplina, aún habiendo sido advertidos desde la NAVE. Y se estaban descomponiendo sus cadáveres. Y el olor debía de ser nauseabundo. Pero a ellos, por fortuna, este olor no les llegaba. No entraba aire, pero tampoco salía, y éste se estaba viciando. No dormir, ésa era la cuestión, no dormir y no respirar o, por lo menos, respirar muy lento, pausadamente. Pero los tres ansiosos se tragaban, a borbotones, todo el aire que existía.
Abu pensó en matarlos con sus propias manos, uno a uno, para poder respirar más tiempo. Pero luego recordaba que, ante todo, no debía dormir. Si lo hacía, llegaría la destrucción, irreversible desmolecularización de sus neuronas, y se anularían las sinapsis, y sin ellas, sería un vegetal, un vegetal que respiraría, hasta que se agotara la inmensa dosis de microatmósfera, pero en un cuerpo inerte, al fin y al cabo.
Y volvió a cabecear, o, por lo menos, hacerse el dormido, para que los otros entraran en pánico y respiraran aceleradamente. Los gases, las heces y la orina harían el resto.

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Punto de encuentro

A más velocidad aparecen las arcadas, y calmo el ritmo para recuperar la compostura.  
Tengo tantas ganas de llegar que me olvido que, tarde lo que tarde, estarán esperándome, que no se irán sin mí. 
No quedan vehículos y tengo que hacer el trayecto por mi propio pie, por lo que debo extremar el cuidado en no torcerme el tobillo o en clavarme cualquier arista del camino o cualquier elemento extraño abandonado. Cuando se agarrotan mis gemelos, me detengo para frotármelos con ambas manos, y vuelvo a la carretera.
Tengo unas ganas inmensas de volar, pero me controlo porque, si no, llamaré la atención y alguna de las patrullas policiales itinerantes retrasará mi llegada al punto de destino. 
Los otros deben de estar actuando de la misma forma porque no veo a ningún alado en las inmediaciones. Lo suyo es que todos nos ocultemos de miradas que podrían dar la alarma a las autoridades. Y si éstas se enteraran de nuestra existencia, el Plan se torcería. 
El Sol ha desaparecido hace rato y no se avistan aún las balizas lumínicas que señalan el punto de encuentro. 
Seguiré corriendo a un ritmo más pausado, para que uno de mis dos corazones pueda entrar en «modo espera» y no consuma parte de mis energías, más necesarias que nunca. 
La visión nocturna se ha activado automáticamente y son más visibles los resaltes de la pista, que se nota que no ha sido asfaltada hace tiempo.
Mi respiración se anula periódicamente, en intervalos de dos minutos y medio por cada hora, y así no se perturba la oxidación de mis células.
Ningún rastro animal ni vegetal me distrae de mi focalización en el punto previamente fijado en el horizonte. Y si escucho algún sonido, es el de mi propio corazón, el activo, que bombea y recicla sangre a un ritmo vertiginoso. 
Las zancadas son cada vez más largas, porque mi impaciencia se va acumulando y las visiones premonitorias me dan continuos subidones de adrenalina.
Sé lo que me espera cuando alcance las coordenadas prefijadas en mi cerebro por el Maestro.
Lo más importante será que los «no alados» elegidos no se arrepientan. Ahora se sentirán secuestrados, apartados de sus seres amados, extraídos de sus vidas «felices», abducidos de su presunta sociedad perfecta, humillados, anulados, manipulados. Pero con el tiempo, y después de un adoctrinamiento y adiestramiento continuos, verán la realidad, verán que son piezas claves en la Gran Recuperación. 
Poco a poco, en mi penumbra realzada, atisbo movimiento en la lejanía, y manteniendo mi aceleración continua, a media madrugada estaré brindando con mis colegas venidos desde todos los rincones del planeta.
Se supone que el «Invisibilizador» ya estará cubriendo, con su manto de frecuencias, el núcleo de simas de escape.
Los satélites y radares humanos no se percatarán de la gran huída hacia el espacio, formada por más de un millar de lanzamientos hiperlumínicos.
Tengo fe en el Maestro porque Él, con su sintonía con el Gran Consejo, ha precipitado los acontecimientos humanos para cribar los seres necesarios para la reconstrucción de la especie en otro planeta con condiciones biosféricas radicalmente distintas a las de este mundo fallido.
Preferimos la adaptación de los ya existentes a la nueva experimentación con la creación de nuevos seres que podrían acabar siendo inválidos.
Cuando atraviese la frontera de la cúpula de radiación, podré extender mis alas y dejar descansar mis extremidades ya extenuadas.
Falta poco. Lo intuyo, pues las oleadas de júbilo impactan en mi córtex y me imbuyen de felicidad extrema.
Cuando me olvido, los espasmos me sobrevienen, y tengo que detenerme. Pero la esperanza me apantalla la conciencia y el silencio de la noche me relaja la euforia. Porque, al fin y al cabo, ellos me esperarán. No creo que el Maestro me haya mentido al marcar mi destino con el papel que cumplirán mis genes en el Plan, pues una gota de la sangre de mi corazón ralentizado aprobará y activará el código matemático de multilanzamiento a las estrellas. Por supuesto que me esperarán.

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