Cada día

Cada día se sentaba en la misma esquina de la plaza, para intentar retratar pedacitos de vidas que pasaban ante él. Y cuando no conseguía plasmar nada en su lienzo, no se deprimía, ni se desesperaba ni se censuraba, sino que recogía sus bártulos y sonreía, pensando que lo lograría al día siguiente, cuando la luz, el aire y sus lápices y pinceles estuvieran en la sintonía perfecta para retratar la felicidad eterna.

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Las caricias

   El pincel resbalaba suavemente por la tela color marfil. Acariciando sus poros, para que se acostumbrara a su textura. Memorizando las arrugas casi inapreciables. Sintiendo sus mates, sus posibles brillos. Preparándose y preparándola. Para evitar la sorpresa ante la traición. Ya cercanas sus manchas de pintura.

 

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