Heces

Abu Singleton cabeceó un segundo importándole un bledo la opinión de los que compartían el receptáculo. Él no había criticado aún el malgasto de oxígeno por parte de los que entraban en estado arbitrario de ansiedad. Pero las normas eran las normas y cuando se había decidido, en la ridícula democracia formada por siete supervivientes, que nadie podría dormir, había que intentar cumplir dicha decisión, por lo menos en apariencia. Y punto. 
Pero la espera y el sudor eran demasiado agobiantes y se iban acortando los ciclos de éxtasis.
Fuera yacían desparramados los que no habían hecho caso a la disciplina, aún habiendo sido advertidos desde la NAVE. Y se estaban descomponiendo sus cadáveres. Y el olor debía de ser nauseabundo. Pero a ellos, por fortuna, este olor no les llegaba. No entraba aire, pero tampoco salía, y éste se estaba viciando. No dormir, ésa era la cuestión, no dormir y no respirar o, por lo menos, respirar muy lento, pausadamente. Pero los tres ansiosos se tragaban, a borbotones, todo el aire que existía.
Abu pensó en matarlos con sus propias manos, uno a uno, para poder respirar más tiempo. Pero luego recordaba que, ante todo, no debía dormir. Si lo hacía, llegaría la destrucción, irreversible desmolecularización de sus neuronas, y se anularían las sinapsis, y sin ellas, sería un vegetal, un vegetal que respiraría, hasta que se agotara la inmensa dosis de microatmósfera, pero en un cuerpo inerte, al fin y al cabo.
Y volvió a cabecear, o, por lo menos, hacerse el dormido, para que los otros entraran en pánico y respiraran aceleradamente. Los gases, las heces y la orina harían el resto.

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Pulmón

Me costaba respirar.

Me costaba asumir la inhalación del aire enfermo.

Me costaba asumir que ésta sería la última vez que tendría la oportunidad de terminar mi obra.

Demasiados muertos en el mundo.

Demasiados intereses ocultos para que siguiera habiendo demasiados muertos en el mundo.

Pero la advertencia íntima llegaba y mi intuición trabajaría para lograr el objetivo.

No habría solución más extrema que la aniquilación de los que ostentaban el poder.

No cejaría en el empeño de verlos a todos muertos: La Élite terminaría fagocitándose a sí misma.

Y respiraría el mundo. El mío. El de todos. Y los Derechos serían Hechos.

Porque todos serían iguales. Menos yo.

Porque cargaría sobre mi conciencia la exterminación de la ralea inverosímil.

Y pensando, en un nanosegundo, en todo ello, me costaba respirar.

 

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