Ejecutor

Hería todo lo que podía. No lo que quería. Porque la circunstancia de no estar en guerra coartaba su ansia de ver sangre derramada. Era un soldado en ciernes, un guerrero en potencia, que se consolaba cometiendo fechorías de toda índole dirigidas a la estima de las personas con las que se cruzaba. Ya que no podía cortarles la cabeza, los insultaba cruelmente, anulándoles, primero, su capacidad de reacción, incidiendo, después, en cualquier defecto visible para agigantarlo y minar cualquier atisbo de autoestima que pudiera autocurar la incisión psíquica.
Se aprovechaba, en ese sentido, de los supuestos más débiles, niños, ancianos y algunas mujeres. Con los adultos machos no se atrevía porque la incapacidad de evasivas y de evasiones ante los de su género amordazaba la valentía aguerrida que se le presuponía.
La ley del más fuerte era válida cuando el único fuerte era él. Y si alguien se atrevía a proclamarlo como cobarde, se daba media vuelta y lo dejaba abandonado a su suerte, creyéndose triunfador en una batalla no finalizada.

 

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Temprano

 

Temprano. Siempre temprano. Para no perder la costumbre. Para cabrearte porque es temprano. Y lo peor de levantarte temprano, de desayunar temprano, de vestirte temprano, de salir a la calle temprano y de ver que no hay nadie temprano es pensar en todo el maldito día que tienes que vivir para que siempre se te haga tarde. Siempre tarde.

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Viste tu propia piel

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(Fotógrafa: Monami Elkhia)

 

Me uno a la campaña de Anima Naturalis «Viste tu propia piel» porque pienso, y actúo en consecuencia, que en los tiempos modernos es innecesario matar animales para abrigarnos. El desarrollo de otras opciones acordes con el avance de las ciencias, las industrias y la Ética, permite que ya no sea necesario sobrevivir a costa de los animales.

Es por ello que me uno a esta campaña porque defiendo a los animales. Porque ellos necesitan su piel y ¡tú no!

Abuela

Perfecta.

Tan perfecta que da miedo. No por su aspecto físico, que es la envidia de los que la rodean, sino por su mente tan centrada, ecuánime y disuasoria.

Los que la conocen en la distancia envidian su seguridad. 
Los que la conocen íntimamente acaban huyendo de su avasalladora ternura porque no la creen real.

Nunca da pistas sobre sus pensamientos, y, menos aún, sobre sus pasiones, y a los que preguntan sobre sus emociones, que no suele mostrar abiertamente, les reclama que las mujeres no tienen que machacar con ajo su corazón en el mortero para que éste sea un remedio curativo contra los males de este mundo. 
Y no la comprenden. Nunca la comprenden, pues preferirían que fuera su lengua la que estuviera troceada y mezclada en cuencos de leche y miel para resarcirles de su amargura. 
Y así, ella sabe sobre la verdad de su vejez, que no es otra que el reflejo de la intrascendencia que la rodea, que intenta apagarla, sin jamás lograrlo.
Y así, ella sabe más que los otros que creen que saben más por ignorarla.
Sola, tierna, eterna, suave, libre.

Perfecta.

 

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El paseo

Quieta.
Esperando el momento perfecto, el espacio perfecto, la luz perfecta.
Siendo yo sola. Pero siendo yo.
Dejándome envolver por lo cotidiano, para captarlo con mi cámara, para celebrarlo, para desear más instantes sublimes.
Y compartirlos contigo, para mirarte, para abrazarte, para que me sientas otra vez libre. Libre en la prisión de tu corazón. 
Extasiada ante la belleza de lo que aún no he fotografiado. 
Pero hoy, que he venido a pasear por 1980, no hay nadie, y la sensación de sentirme observada es mucho menos fuerte que el placer de observar a través del objetivo de mi cámara, que alimenta mi búsqueda subjetiva de la belleza, tan recóndita a veces ella, tan sensible siempre yo. Y he llorado ante un hecho que siempre me fue imperceptible, y que he recordado hoy, cuando no había nadie para susurrármelo: Que los chinos también bostezan.

 

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Nivel avanzado

Escucho continuamente, de boca de los escritores, lo de estar sentados ante la pantalla en blanco del ordenador, y me pregunto si dan por hecho que los demás escritores, los otros que no son ellos, no se sirven ya ni del bolígrafo, ni de la pluma o el lápiz, ni de ese instrumento avanzado llamado máquina de escribir.

 

Typewriter

(Fotografía: Jesús Fdez. de Zayas «Archimaldito»)