Mario don Mario

   Quizás la ilusión de tener una vida bien construida lo animaba a mostrarse como una persona feliz. Pero si recapacitaba, la cruda verdad oprimía, aplastando el ánimo como si una apisonadora quebrara el frágil casco de su cráneo.

   No era feliz ni tenía nada de lo que sentirse satisfecho. Nadie que lo quisiera, con la crudeza colateral de que nadie reclamaría su persona si le llegara a ocurrir algo.

   -¡Vamos, Don Mario! No busque excusas tontas. Con que gaste un poquito de lo que tiene no se va a arruinar. Es más, creo que así conseguiría nuevos amigos.

   -¿Amigos que me quisieran por mi dinero?

   -Mejor que lo quieran por su dinero que no lo quieran por nada, que no lo quieran nunca, y seguir solo hasta el día de su muerte y más allá, sin ni siquiera una pobre alma caritativa que ponga flores en su tumba. Aunque por no gastar, a este paso no creo que tenga ni tumba.

   -¡Que los hijos de tus hijos salgan tontos!

   -¿Más aún? ¡Ah! ¿Me está maldiciendo?

   -……

   -¿…?

   -¡Mejor te vas y me dejas tranquilo!

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