Estoy impaciente

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.

Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

 

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Aquella mañana de mayo

Aquella mañana de mayo.

Le hubiera gustado recordarla siempre.

Porque ella estaba allí, junto a él, recién salido del hospital, recién recuperado. Porque se sentía dichosa. Porque quería creer que ella le importaba. Porque creía saber por qué lo amaba, a él, tan estúpido con la gente, tan intratable en lo privado, tan despreciable en lo humano. Y, aun así, tan tierno con ella, cuando no esperaba eso de él. Y ella creía que, aunque fuera durante contados instantes, esa limitada amalgama de sentimientos, la llenaba, porque, quizás, no tenía otra cosa a la que aferrarse.

Y aquella mañana de mayo estaba siendo la mejor mañana de su vida porque aquella mañana la había tenido en cuenta. Porque, ayudándose mutuamente, harían lo que siempre habían querido, desde que se dieron cuenta que, por sí solos, no lo conseguirían.

Primero ella, y luego él. Y no errarían. Y no volvería jamás uno de ellos al hospital, para tener que volver a empezar.

Aquella mañana de mayo conseguirían, por fin, no tener mañana.

 

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Indomablindómita

Era más joven que viejo. Más listo que tonto. Más superviviente que conformista. Casi un héroe. Casi un extraño espíritu libre. Enfrentado de continuo a la osadía de su desdicha incipiente. En el borde de la ilusión. En la frontera de la cobardía, cayendo mal a casi todos, por ser mendigo de sus faltas. Por ser un pecador continuo en la trastienda de lo inasumible. En el teatro de la infamia, donde se mezclan los personajes inapreciables con los imprescindibles. Así, tan hecho a vivir a saltos y a sobresaltos. Tan perdido como todos. Pero con tanto contraste vital que se atribuía una ligereza tan exclusiva como rara en los tiempos corrientes: La felicidad. La indómita felicidad.

 

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Pionero

Vuelvo a estar solo otra vez.

Casado y con hijos, pero solo otra vez. 

Con amigos, pocos y escogidos, y cientos de conocidos, pero solo otra vez.

Echando de menos el contacto humano.

Queriendo salir y abrazar. Queriendo conversar y, sobre todo, escuchar.

Solo, siempre solo. 

Y cuando me entra el bajón, me pregunto, después de secarme las lágrimas, que a veces no puedo controlar: 

¿De qué vale la fama?

¿De qué vale ser un pionero?

¿De qué vale vivir algo extraordinario?

Si, al final, estoy solo.

(Diario Personal, clave a69X8THRE3, Mars Mission Dome/ Cúpula Misión Marte)

 

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En tu cara

Escupió en su cara lo que había embalsado en su boca segundos antes.

-Te devuelvo lo que es tuyo. Porque yo no lo quiero. Ya está tan muerto como tú. Y es tan despreciable como tú, que me has utilizado.

El hombre levantó la mano derecha, abiertos sus dedos para desgarrar la cara de la que había usurpado su estima. Pero, sin embargo, se arrepintió de inmediato y la utilizó para limpiar su propio semen y, con la otra, extrajo un pañuelo del bolsillo de su pantalón con el que secó las lágrimas que manchaban de negro la cara de la que había sido, otra vez, su objeto sexual.

-No volveré más. Hay otras. Y mejores que tú.

Convencido de su hombría, pero no de su humanidad.

Dudando. Y viéndola llorar, sin importarle, como tantas veces.

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Restitución

Los paseos dejaron de ser relajantes. Miraba siempre hacia atrás, porque en la senda de grava escuchaba sus pisadas, que me herían por su inoportunidad. Pero no había nunca nadie a quien acusar. Solo mi paranoia. Y el demente jamás confiesa su locura. Ahora lo hago, porque me curaste, pero antes estaba demasiado imbuido en la idea de mi genialidad autodestructiva.

Un día, en una calurosa mañana de invierno, mi sistema asociativo se derrumbó.

Falsas recurrencias magicolúdicas de mi atormentado complejo de inferioridad para el que ser el centro del Universo se concretaba en que alguien se fijara en mí, que fuera yo el núcleo de sus obsesiones amatorias o de potestad sobre los demás.

Estar solo y creer que miles de pares de ojos te observan para juzgar lo que haces. Cualquier sonido era sospechoso. Y al fin, un charco en el que te miras y junto a tu testa, la de tu musa. Un respiro de reacción y, girando la cabeza, sin nadie al lado. Pero, en esa ocasión, la sensación de verme acompañado fue hiperreal porque sentí su aliento.

Creí que alguien se estaba burlando de mí, por lo que pudiera haber sabido a través de mi propio contar anecdotario. Anduve con zancadas más largas y a mayor velocidad, para que la fantasma se despegara y se quedara tirada en alguna cuneta de mi itinerario.

Y el calor me empezó a estrangular. El de la fricción continua de la soledad se había apagado con el batir del corazón nervioso, acelerado por los últimos acontecimientos: No creía que pudiera ser quien yo creía. Habían pasado demasiados años, y los rostros cambian.

Quizás, pero no las miradas. Pueden ser alegres, iracundas, o afectadas por algún mal de ánimo, mas las que te rasgan con su profundidad se mantienen, aun con aquellos disfraces, imperturbables.

¡Basta! Ella no existía. Aunque aquella noche soñaría con ella y con su sonrisa, inaugurando mi mortificación.

 

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En verdad has perdido tu propia memoria histórica

Erase una vez un planeta maravilloso que guardaba para sí el orgullo de que uno de sus habitantes trabajara por su bienestar, que se ocupara de él como un hijo que se desvive por su madre ya demasiado madura. Y el hijo pródigo prodigó la traición total. Siempre había escondido detrás de aquel cariño ficticio un interés egoísta. Pretendió que la Naturaleza le enseñara todos sus secretos, que el colectivo que lo mantenía en forma le entregara toda la sabiduría existente en sus mentes, para después robarles la confianza, pues como no había más que hurtar, las víctimas eran una carga pesada e inservible, demasiado para que él pudiera remontar el vuelo y alcanzar las estrellas, su ansiado firmamento que le aguardaba con nuevos enigmas que descifrar, con nueva sabiduría que absorber.

Lo malo para el ingenuo criminal era que la memoria colectiva de aquel mundo no moriría nunca y recordaría su fechoría por los milenios de los milenios hasta que tuviera el momento y la oportunidad de pedir cuentas a cualquiera de las múltiples reencarnaciones del infame…

 

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La Música del Fin del Mundo

 

Ya no me vale la pena hacer caso al rugido proveniente del cielo.

Por mucho que llore, que corra o intente protegerme, el fin es definitivo: El mío, el tuyo, el del planeta entero.

Me quedaré aquí, donde estoy ahora escribiendo estas palabras, y me echaré en la cama mirando a los ojos de mi amada, susurrando en su oído todo lo que nunca he podido decir hasta ahora, abrazándola con toda la ternura que puede contener mi limitado corazón, escuchando nuestra vida y nuestra música.

Esa música que ahora es la de todos: La Música del Fin del Mundo.

 

 

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Diseñado por Layerace – Freepik.com

Amnistía

Miraba. Más bien ojeaba. Y la manecilla del minutero no se movía. Era extraño. Porque oía el tictac. Tan claramente como su respiración entrecortada.

Y la gota de sudor que invadía su lagrimal, el del ojo abierto, el derecho, lo martirizaba con su salinidad, pues del otro, hinchado, surgía otro tipo de gota, bien distinta, roja, viscosa y caliente, que lamía cuando pasaba por la comisura de los labios, cuando la gravedad la hacía deslizarse hacia su cuello.

Y del reloj de pared hacia la boca del energúmeno que tenía enfrente, casi golpeando su nariz con la propia, mientras exhortaba, a base de salivazos, a que hiciera algo, que no comprendía, porque ni siquiera lo escuchaba. Le oía desgañitarse pero no asimilaba lo que parecía una orden.

Y como un péndulo visual, otra vez a la manecilla, que no se movía.

Y el dolor de las muñecas era tan intenso que dejó de sentirlo hacía ya tiempo, haciéndole dudar si carecía o no de manos, que debían de estar allá arriba, pues notaba cómo presionaban sus brazos las orejas que hervían.

Y aunque no podía hacerlo, tampoco hubiera querido mirar hacia abajo, hacia el suelo, porque lo hubiera echado de menos, pues no existía, o por lo menos no lo sentían los dedos de sus pies, que lo tocaban de puntillas.

Y el tictac, que no cesaba, que hacía eterno aquel instante, en el que el minutero no se movía, congelando el tiempo en una infinita secuencia de repeticiones del mismo momento.

Sin tener conciencia de lo que ocurría o por qué ocurría.

Con el escozor en el ojo, y el sabor agridulce en la boca. Y el hedor del aliento del otro.

Y la explosión junto a su oído, tan cerca, con tanto calor en la sien.

Y el tirón del cuello, que lo quebraba.

Y la manecilla que, por fin, se movía.

 

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(Dibujo a lápiz de Estela Tatiana Fernández Claudet, 12 años)

Ocasionalmente

 

En una ocasión, cuando creí dormir, estaba muriendo.

En otra ocasión, cuando creí correr, estaba huyendo.

En una tercera, cuando creí llorar, estaba sabiendo.

En todas, cuando deduje que era yo quien erraba, decidí meditar, parar mi tiempo, para preguntar a la vida si podía quedarme, si podía luchar por ser eterno.

Y obtuve, por respuesta, solo silencio, silencio solo.

Pues era yo, en esa soledad, quien estaba quieto. Sin soñar, sin correr, sin saber.

Solo yo, en el vacío de mi plenitud.

Solo yo, en el hartazgo de mi esencia.

Con una única conciencia.

Inconsciente de mi dicha. Inconsciente de mi lucha. Inconsciente de la verdad, que se asemeja al infinito. Que se acerca al pasado, presente y futuro, armonizados en el grito intenso, concentrado en una ilusión: Ser vacío, ser forma, ser todo, ser nada.

No ser, para ser. Ser, para no ser.

 

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