Ejecutor

Hería todo lo que podía. No lo que quería. Porque la circunstancia de no estar en guerra coartaba su ansia de ver sangre derramada. Era un soldado en ciernes, un guerrero en potencia, que se consolaba cometiendo fechorías de toda índole dirigidas a la estima de las personas con las que se cruzaba. Ya que no podía cortarles la cabeza, los insultaba cruelmente, anulándoles, primero, su capacidad de reacción, incidiendo, después, en cualquier defecto visible para agigantarlo y minar cualquier atisbo de autoestima que pudiera autocurar la incisión psíquica.
Se aprovechaba, en ese sentido, de los supuestos más débiles, niños, ancianos y algunas mujeres. Con los adultos machos no se atrevía porque la incapacidad de evasivas y de evasiones ante los de su género amordazaba la valentía aguerrida que se le presuponía.
La ley del más fuerte era válida cuando el único fuerte era él. Y si alguien se atrevía a proclamarlo como cobarde, se daba media vuelta y lo dejaba abandonado a su suerte, creyéndose triunfador en una batalla no finalizada.

 

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Temprano

 

Temprano. Siempre temprano. Para no perder la costumbre. Para cabrearte porque es temprano. Y lo peor de levantarte temprano, de desayunar temprano, de vestirte temprano, de salir a la calle temprano y de ver que no hay nadie temprano es pensar en todo el maldito día que tienes que vivir para que siempre se te haga tarde. Siempre tarde.

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Abuela

Perfecta.

Tan perfecta que da miedo. No por su aspecto físico, que es la envidia de los que la rodean, sino por su mente tan centrada, ecuánime y disuasoria.

Los que la conocen en la distancia envidian su seguridad. 
Los que la conocen íntimamente acaban huyendo de su avasalladora ternura porque no la creen real.

Nunca da pistas sobre sus pensamientos, y, menos aún, sobre sus pasiones, y a los que preguntan sobre sus emociones, que no suele mostrar abiertamente, les reclama que las mujeres no tienen que machacar con ajo su corazón en el mortero para que éste sea un remedio curativo contra los males de este mundo. 
Y no la comprenden. Nunca la comprenden, pues preferirían que fuera su lengua la que estuviera troceada y mezclada en cuencos de leche y miel para resarcirles de su amargura. 
Y así, ella sabe sobre la verdad de su vejez, que no es otra que el reflejo de la intrascendencia que la rodea, que intenta apagarla, sin jamás lograrlo.
Y así, ella sabe más que los otros que creen que saben más por ignorarla.
Sola, tierna, eterna, suave, libre.

Perfecta.

 

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Liberación

Me vino a la memoria. Y la rechacé de plano. No quise revivir lo sobrevivido. Era demasiado doloroso. 
Preferí que siguiera borroso, desenfocado, diluido. Que desapareciera en la penumbra de mis recuerdos más lejanos, los más profundos, los que siempre me negué a rescatar. 
Sentí que así te liberaba. Y que no existías. Ni tú ni tu ternura.

 

 

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Ambiente

El ambiente, lleno de líquido enloquecedor aunque a algunos les pareciera enriquecedor.

El calor, lleno de lujuria en cada cruce de miradas.

Y allí estaba yo, fuera de lugar, como siempre. Y mis amigos burlándose de mi desánimo y de mi apatía. Y es que estaba ya aburrido de tanto amor libre y de tanta palabrería utópica y desenfrenada. Sabía que siempre hablaban por hablar. Para llenar sus vidas vacías, para vaciar sus vidas llenas. 
Y a punto de marcharme de la fiesta apareciste tú. 
Despreciándolos a todos. Poniendo caras neutras ante sus gracias, que solo a ellos hacían gracia.
Y me quedé para observarte. En la distancia que nos separaba, una pista de baile de cuerpos caóticos.
Tú quieta. Yo quieto. Tu quietud, mi liberación. Cada uno de tus tragos, mi hipnotismo.
Nunca haría nada por conocerte. No quería romper la magia efímera de mi descubrimiento. Solo supe, con certeza, que jamás podrías amarme. Pero tampoco podrías vivir sin mí. Porque en cuanto volviera a la realidad, la que me abrasaba con su artificialidad, desaparecerías de mis deseos, de mis sueños de libertad, de mi imaginación sin contaminar, de mi vida.

Y al no soñarte, no existirías. 

Otra vez.

 

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Sala de espera

El lanzamiento había transcurrido sin demasiadas novedades, después del acostumbrado retraso en el encendido de motores. 
La liberación de la gravedad había sido tal y como habían experimentado en los interminables simulacros.
Y después, el vacío, el sonoro y el visual.

Y los corazones acompasados bombeando sangre al ritmo previsto. 
Debían prepararse para el largo viaje. Debían dormir para aguantar los antojos imprevistos de sus organismos. Debían acomodarse a las exigencias del hiperespacio y dejarse llevar hasta el infinito, en busca del nuevo mundo prometido para empezar una nueva vida anhelada.

Y cuando estaban a punto de entrar en el agujero de gusano, la implosión inesperada los borró del Universo Material Conocido.

Y noté el espasmo en mi alma.

Sin saber lo sucedido, me detuve en el intercambio de anécdotas con mis allegados, los que habían decidido acompañarme en el que podría haber sido uno de los momentos más felices de mi vida. Debió ser entonces cuando el director de la misión, cabizbajo, con labios temblorosos y con los ojos humedecidos, se decidió a entrar en la sala de espera. Y antes de que pronunciara palabra alguna, me derrumbé con el corazón exhausto, pues intuí lo que me iba a decir.

-Tus padres no lo han logrado. Pero no pierdas la esperanza. Se han marchado sin ti, pero esperan que vayas, estén donde estén ahora.

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Entendí

Era atroz que aquella marabunta de gente me rodeara y pareciera no mirarme. Era vergonzoso que la osadía de unos pocos se transformara en algún que otro insulto. Y aún no sabía por qué. 
Por qué querrían hacerme la vida imposible sin conocerme, sin saber qué sentía, sin saber qué pensaba, no de ellos, sino de la vida en general. 
Allí estaba yo, como siempre, transformado en lo que siempre había querido ser: Una mujer.  
Maquillado, con un vestido muy llamativo y escandalosamente ceñido, pero marcando unas curvas que no eran las de una mujer, sino la de un chico que estaba empezando a descubrir su auténtica personalidad.
Y los que no me miraban me recriminaban con su indiferencia. Y los que se atrevían a escupir a mi paso se envalentonaban con el anonimato del grupo de mentecatos al que pertenecían. 
Pero yo miraba hacia adelante, siempre hacia adelante, porque sabía que mi destino iba a ser maravilloso. Y entonces entendí que nunca más volvería a estar sola. Entendí que era única y que sería feliz toda la vida. Como ella, la que me saludaba todas las mañanas al otro lado del espejo.

 

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