He salpicado mi memoria de instantes absurdos. Recordarlos y no poder creer que era yo el que los estaba viviendo. Pero sin arrepentirme, por tenerlos ya lejos. Y añorando a las personas con los que los compartí.

(Foto: Archimaldito)
He salpicado mi memoria de instantes absurdos. Recordarlos y no poder creer que era yo el que los estaba viviendo. Pero sin arrepentirme, por tenerlos ya lejos. Y añorando a las personas con los que los compartí.

(Foto: Archimaldito)
A veces no me fío de mis reflejos y, menos aún, de mis sombras.

Lo he conservado bien. No lo cuido mucho pero me dura. Aunque no entiendo cómo ni por qué sigue creciendo más y más. Con lo poco atento que soy. Con lo incapaz que soy de aportarle nada.
Pero ella compensa mi apatía, mi rotunda negligencia.

Me paso horas mirando la punta del lápiz. Girándolo con los dedos de mi mano derecha. Acariciándolo con su pulgar.
Lo froto de abajo arriba, de arriba abajo, como si creyera que algún genio fuera a salir de él, manifestando una creatividad oculta que yo desconozco.
Y de todas estas horas, ni un segundo es apoyada sobre el papel que tengo frente a mi barriga. Éste sigue inmaculado. Aburrido de mi desidia. Observándome como un gran ojo blanco.
Desenfocado, pues mi objetivo visual es la punta del lápiz, me lo imagino riéndose por lo bajinis. Acuciando a las demás hojas que tiene por debajo.
Incitándolas a la rebelión: O son manchadas o se van.

Estoy envejeciendo.
Lo noto en tu mirada.


Es la rabia que me puede. Es la contundencia de la sinrazón la que me enerva. Es la ausencia de lo divino lo que me inspira. Es la presencia de la tragedia lo que me mueve. Son tu desidia y conformismo los que me alcanzan. Son mis manos y mi corazón los que me sienten. Es la revolución en las palabras y en los hechos los que me dan vida. Es el germen de la revolución que os dará, por fin, un sentido al existir.

Traslado un conocimiento insano. Emito axiomas inabarcables. Con la disputa de la razón heterodoxa que elimina cualquier atisbo de genialidad, sumisa al sistema impuesto por los mediocres. Los que son tantos. Los que no varían con el paso del tiempo. Los que eternizan las generaciones de esclavos. Los que eliminan el progreso, la evolución de la especie, que aún no merece ser exterminada.

Buenamente guapamente demente. Y nada arrepentido por ser una condición irreversible de mi naturaleza. Con implosiones de conocimiento. Con explosiones de creatividad. Algunas veces con el ánimo por el suelo pero, las más, con la mente más allá de las nubes. Visualizando la magia extrema de la creación cósmica. Trazando líneas imaginarias entre mis infinitos puntos de lucidez. Y actuando. Siempre actuando con golpes continuos de misericordia hacia el mundo egoísta en que me ha tocado vivir. Lleno de habitantes cuerdos. De gentes hipnotizadas con los reflejos escasos de una libertad inexistente.
Y yo soy el loco…

(Fotografía: sofamonkez)
Escruto la apatía.
Siembro la discordia contra la ignorancia. Contra la disciplina incoherente. Contra la hipocresía asentada y asumida y seguida y aplaudida. Y hiervo.
Es entonces cuando estilizo mi derredor. Para proceder a la selección natural de la conciencia. De hecho la más buscada.
Para asumir la genialidad de algunos individuos. Para dejarme cegar por el brillo de sus mentes. Para absorber el sobrante de su desbordamiento espiritual. Para aprender y ser cada vez más libre.
Pero aclarando la idea primordial: Seguidor de nadie soy.
(Dedicado a Bunbury)
