Deseo equivocarme mucho para corregir continuamente el camino. Y a estas alturas, o bajuras, de mi vida, deseo que me critiquen continuamente para demostrarme a mí mismo cuan desapegada tengo mi mente de mi ego, cuan despegado y despejado tengo mi cuerpo de mi libertad de ser, y así demostrar a los demás no cuánto valgo sino cuánto soy.
0:00 0:00 es 0:00. Y yo soy 0. 0 y 0 suman 0. 0 o 0. 00:00:01 es el abismo. 00:00:01. Ya. Está. Bien. Ya está. Está bien. Bien. Bondad. Bueno. Bon dad. Dad. Lo único importante. Aunque sea 00:00:02, bien dad.
En la trastienda de mi desesperación acudo a los recuerdos de hechos fútiles, tan livianos como mi paciencia con los demás, con esos prójimos que están siempre muy lejanos. Y la paciencia infinita corroe la pequeña parte de egoísmo que queda en mí. Y asumo la desesperanza, el no fiarme de nadie ni de nada que provenga de humanos, porque la mente me lleva a revivir la inacción de tantos y tantos inútiles y mediocres. Y llego a dudar que aquellos recuerdos existan, que no sean más que memorias implantadas por los miembros del poder oculto que maneja y diluye todo. Tampoco me fío de mí mismo, pues son tantas veces las que he fallado que he traicionado a mi animalidad, ya que mi humanidad la he perdido. Los hombres me explican cosas, pero yo no las entiendo. Creo que, al fin, no soy nadie. Y duermo, claro que duermo. Aunque creo que, más bien, me hago el dormido.
Traumas, bloqueos, ansiedades, depresiones. Hay que cambiar el «chip» mental para poder autoayudarnos. No es una utopía. Hay personas privilegiadas que lo logran. Que son constructivas con sus vidas y deberíamos aprender de ellas, dando el primer paso hacia la reflexión. Y después, intentar aplicar el positivismo para mejorar nuestras vidas.
La noche es un lugar donde todo se reconoce más intenso. Donde el dónde y el cuándo se viven más puros. La noche es la distancia más lúcida y los silencios más cercanos, por tan intensos. El rumor de lo inconstante se palpa en el ambiente límpido y las falacias del día quedan atrás, aunque persisten los miedos sobre los pormenores de las siguientes claridades deslumbrantes. La noche martillea las mentes con dudas sobre si lo vivido, hasta el momento, es real. La noche es la purificación de los remordimientos a través de los sueños, cuando se tienen, o no se tienen. Por eso, te deseo la noche.
Llevo dándole vueltas en la cabeza, pensando profundamente, deshaciendo malentendidos internos, clarificando ideas y hechos. La muerte de mi padre fue el comienzo de mi vida artística como alguien que se sube a un escenario a evadir sus dolores, sus penas, e intensificar sus alegrías. Desde el 2016 he agradecido, privada y públicamente, la oportunidad de hacerlo a muchas personas, que me impulsaron y apoyaron en seguir un sueño truncado en mi juventud. Muchas veces me autorizo a mí mismo a decir quemi hijo Iván, conocido como el artista multidisciplinar Rev Silver, es quien es gracias a mi apoyo y amor. Él lo ha llegado a admitir alguna que otra vez también. Pero ahora soy yo el que debe decir, y así lo haré a partir de ahora, que más allá de todos los artistas, presentadores, coordinadores artísticos, etc, la primera persona que me dio el empujón, y el apoyo, para subirme a un escenario, fue mi hijo Iván, Rev Silver, porque si él no me hubiera llevado aquella primera vez, hace nueve años, a una jam session en la sala Honky Tonk, de Madrid, para que saliera, durante unas horas, de la tristeza y la depresión por la muerte de su Abuelo Jesús, nunca hubiera salido a flote aquel artista dormido que habitaba en mí. Y, sobre todo, fue el que me permitió empezar a cantar, haciendo los coros en sus covers de Marc Bolan. Si aquello no hubiera pasado, quizás el artista Archimaldito no hubiera expandido sus alas más allá de la Literatura, su otra gran pasión. Por eso, quiero darle las gracias por darme la auténtica primera oportunidad de ser yo mismo como artista o proyecto de artista. Te amo, Rev Silver. Te adoro, Iván.
Estuvo paseándose por mi cerebro y no le hice caso. Estuvo mandándome señales de advertencia, incluso de auxilio, y rehuí la responsabilidad. Y cuando más estaba autoinculpándome como un miserable cobarde, el aviso se mostró claro y contundente. Volví a tenerla delante y esta vez, la enésima, sí la capté. Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.
Creo tener muchos amigos, aunque casi todos son conocidos, los circunstanciales que ves de ven en cuando. Me rodean, casi siempre, cientos de personas, y me veo, desde arriba, mirándolos. Las risas, los halagos, los aplausos efímeros, el bienestar pasajero, mientras lo único que escuchas, continua e incesantemente, son los murmullos de tu mente, los latigazos del corazón y el tintineo de tus ansias. Al principio y al final del camino, físico o imaginado, estoy yo conmigo, buscándome, comprendiéndome, queriéndome. Los demás, los prójimos, son circunstancias vitales, amparos para el alma, destellos para que no duermas, para que no ensueñes demasiado, en el camino hacia la desaparición.
A veces, olvido el dolor. Ese martilleo incesante en mis palpitaciones. Ese ruido de fondo que me bloquea en mi apreciación del entorno. Mas cuando está conmigo, me preparo para curar las heridas del prójimo, cuando estas no son sangrantes sino lacerantes. Pues el dolor me hace empático, y el ardor en mis ojos, y en el estómago, me hace adivinar las raíces de los sufrimientos que traen consigo las injusticias y las necedades de los que oprimen.