Tentación

Abajo, en la distancia sublime, la mujer lo miraba con los brazos abiertos y extendidos hacia él, como queriendo alcanzarlo, aun estando a cientos de kilómetros, como si sus brazos pudieran ser de goma extensible y pudiera tocarlo con ambos dedos índices. Lo que no lograba atinar era si sus ojos imploraban o si reían de alegría.

No importaba. Pasaría volando por encima de ella y de los que la acompañaban, que solo miraban, sin aspavientos, su planeo cansino.

A ellos no los maldeciría con la indiferencia que le daba el sentirse superior espacial y anímicamente.

Trataría de olvidarlos, para absorber lo que estaba por venir, cuando soltara la bomba.

Millones de objetivos vivos para masacrar, para inaugurar una nueva era en la que los débiles no existirían, donde la supremacía de su estirpe lucharía por el poder absoluto sobre los pocos que quedaran.

Cayendo en la tentación de ser un dios.

 

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A rajatabla

No la destrocé. Porque, si lo hubiera hecho, podría haberse recompuesto en cualquier momento. Y yo no quería eso. Lo que hice fue aniquilarla. Porque así, sin ninguna posibilidad de regeneración, mi visión y mi misión se cumplían a rajatabla.

La libertad de expresión siempre ha estado sobrevalorada. Y nunca debí de haber permitido su existencia en los comienzos de mi gobierno.

Ahora todo fluye. El pueblo acepta lo que decimos. Y los tenemos mansos como corderos. Acatan nuestras órdenes sin vacilación, sin distracciones que retrasen la cadena de productividad. Los contentamos con entretenimientos intrascendentes y efímeros, que no hagan pensar demasiado. Porque lo único que importa es que se dejen manejar a nuestro antojo, para satisfacer nuestra soberbia, para llenar nuestros bolsillos y asegurarnos un futuro de bienestar que ellos, que no son de los nuestros, no se merecen. 
Ya no me consideran un dictador, sino un bienhechor, que cuida de sus hijos y que los cobija de las maldades de los nuevos tiempos.
Que no piensen.

Que no digan.

Que no pregunten.

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Pa Pa Na Ta

Sacrílega. La tachaban de sacrílega. Y cuando lo hacían, los tachaba de incautos, de profundos papanatas con efímeras creencias. Pues clamaba, sin arrepentirse, que era ella, y no otro, el único dios.

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Felicidad

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Ensortijados

Cada vez que la miraba a los ojos más se convencía de que les quedaba poco tiempo de estar juntos, pues ella rehuía su mirada justificándose con cualquier distracción del paisaje, y el traqueteo del tren no era suficiente para eclipsar sus síes y noes ante las preguntas intrascendentes que surgían del aburrimiento.

-Bien por ti. Bien por mí.  Bien por ambos, pues ambos nos tenemos.

Y la ausencia de reacción demostraba que el fin estaba próximo.

– Te echaré mucho de menos. No sé tú a mí.

Y la ausencia de emoción clarificaba que uno de ellos era el perdedor en la relación fallida.
Solo el pestañeo incontrolable, el obligado trago de saliva y el desgaste en las palabras, por repetitivas, liberaban la tensión del interminable silencio incómodo.

-Me enseñan sus billetes, por favor.

La diplomacia ante el extraño.
Y después, la desesperación.

-¿No me vas a decir nada? ¿Crees que te voy a dejar bajar en la próxima estación sin saber por qué ya no me hablas como antes, por qué ya no me miras como antes, por qué ya no me quieres…?

-¿… cómo antes?- completó ella, impertérrita, retirando la mano que él acariciaba con un roce de energía inservible.

Ella se levantó para dirigirse a la portezuela de salida del vagón.

Él contempló, por última vez, su espalda bañada de precioso cabello ensortijado.

Y se perdonó.

 

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Sala de espera

El lanzamiento había transcurrido sin demasiadas novedades, después del acostumbrado retraso en el encendido de motores. 
La liberación de la gravedad había sido tal y como habían experimentado en los interminables simulacros.
Y después, el vacío, el sonoro y el visual.

Y los corazones acompasados bombeando sangre al ritmo previsto. 
Debían prepararse para el largo viaje. Debían dormir para aguantar los antojos imprevistos de sus organismos. Debían acomodarse a las exigencias del hiperespacio y dejarse llevar hasta el infinito, en busca del nuevo mundo prometido para empezar una nueva vida anhelada.

Y cuando estaban a punto de entrar en el agujero de gusano, la implosión inesperada los borró del Universo Material Conocido.

Y noté el espasmo en mi alma.

Sin saber lo sucedido, me detuve en el intercambio de anécdotas con mis allegados, los que habían decidido acompañarme en el que podría haber sido uno de los momentos más felices de mi vida. Debió ser entonces cuando el director de la misión, cabizbajo, con labios temblorosos y con los ojos humedecidos, se decidió a entrar en la sala de espera. Y antes de que pronunciara palabra alguna, me derrumbé con el corazón exhausto, pues intuí lo que me iba a decir.

-Tus padres no lo han logrado. Pero no pierdas la esperanza. Se han marchado sin ti, pero esperan que vayas, estén donde estén ahora.

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La élite impúdica

Fin de las emociones y las transiciones entre pensamientos vedadas.

Sin importar a qué se parecen o qué pretenden, porque son inmaduros, porque no tienen consistencia.

Porque presumen de genialidad sin tenerla.

Asumiendo que los borregos humanos aplaudirán la desidia y el conformismo.

Teniendo bastantes razones para claudicar ante la apatía.

Porque no son valientes.

Porque no se arriesgan a nada. Van a lo fácil y no saben de lo difícil.

De lo difícil que es vivir. Y sin esfuerzos las emociones finalizan.

Y se creen elegidos por un ente inexistente.

Y presumen de una vida llena para desasosegar a los demás.

Para embaucar y engañarlos con un paraíso ficticio.

Tan irreal como su propia vida.

Tan vacío como la vida ajena.

Porque son inmaduros y los demás son frágiles. De corazón y de espíritu.

Y de eso se aprovechan.

Y de eso se jactan.

Y en eso se malgastan.

 

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Resquemor

El resquemor del amor. El pavor del desamor. La barbarie de la injusticia, la de la distancia ni buscada ni compartida. La que hiere de veras. La que se puede solucionar con una mirada cómplice nunca encontrada. Y los latidos desbocados que se van apagando con los silencios cada vez más eternos.

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Confesiones desquiciadas

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las  dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

 

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