Primero (creo que fue lo primero), sentí.
No puedo describir si fue dolor o placer, felicidad o angustia.
Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.

Primero (creo que fue lo primero), sentí.
No puedo describir si fue dolor o placer, felicidad o angustia.
Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.

La noche es un lugar donde todo se reconoce más intenso.
Donde el dónde y el cuándo se viven más puros.
La noche es la distancia más lúcida y los silencios más cercanos, por tan intensos.
El rumor de lo inconstante se palpa en el ambiente límpido y las falacias del día quedan atrás, aunque persisten los miedos sobre los pormenores de las siguientes claridades deslumbrantes.
La noche martillea las mentes con dudas sobre si lo vivido, hasta el momento, es real.
La noche es la purificación de los remordimientos a través de los sueños, cuando se tienen, o no se tienen.
Por eso, te deseo la noche.

Estuvo paseándose por mi cerebro y no le hice caso.
Estuvo mandándome señales de advertencia, incluso de auxilio, y rehuí la responsabilidad.
Y cuando más estaba autoinculpándome como un miserable cobarde, el aviso se mostró claro y contundente.
Volví a tenerla delante y esta vez, la enésima, sí la capté.
Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.

Creo tener muchos amigos, aunque casi todos son conocidos, los circunstanciales que ves de ven en cuando.
Me rodean, casi siempre, cientos de personas, y me veo, desde arriba, mirándolos. Las risas, los halagos, los aplausos efímeros, el bienestar pasajero, mientras lo único que escuchas, continua e incesantemente, son los murmullos de tu mente, los latigazos del corazón y el tintineo de tus ansias.
Al principio y al final del camino, físico o imaginado, estoy yo conmigo, buscándome, comprendiéndome, queriéndome.
Los demás, los prójimos, son circunstancias vitales, amparos para el alma, destellos para que no duermas, para que no ensueñes demasiado, en el camino hacia la desaparición.

Fotografía © Archimaldito
Un nanosegundo antes, este mundo no existía.
Pensé que fuera, y fue. Se hizo y manifestó.
Con sus habitantes, con sus trillones de historias personales. Con su mezcolanza de especies, razas y géneros.
Y todo interactuó con todo.
Y se hizo historia para que alguien, como tú, como yo, la leyera, la pensara y la recreara.

Soy bastante meticuloso en el trabajo. La mayoría de las veces aplico mis conocimientos obtenidos durante muchos años, pero otras veces es la inspiración la que me mueve. Prevengo los problemas y si no existen, durante el desarrollo de un evento, mejor que mejor, pero si salen imprevistos, los años de experiencia y un sexto sentido me guían para resolverlos con eficacia.
Sin embargo, en mi vida artística soy todo lo contrario: improviso, improviso e improviso, para no verme atado por reglas o pasos autoimpuestos que quiten frescura a mis actuaciones.
Más de una vez me han dicho, tras bajarme del escenario, personas conocidas y desconocidas, que cuando actúo es como si estuviera en trance. No les quito la razón. Muchas veces no recuerdo lo que acabo de hacer, o si lo recuerdo, es como si no acabara de ocurrir.
Debo admitir que entro en una especie de éxtasis que me transporta fuera de mi cuerpo (por describirlo de alguna manera) y que me dejo llevar por la canción y su mensaje, por la música y el recuerdo de su intérprete original y que, la mayoría de las veces, pierdo la noción del tiempo, y obligo a los músicos, no sé si a su pesar, a realizar malabarismos para que todo encaje con mi interpretación.


Perfecto.
Lamento perfecto.
Sinrazón perfecta.
Denigración perfecta.
Intransigencia perfecta.
Persecución perfecta.
Exterminio perfecto.
Control perfecto.
Opresión perfecta.
Vileza perfecta.
Desesperación perfecta.
Desesperanza perfecta.

“Maravilla de vida. Lustrosa remembranza de lo fútil.”
Así comenzaba el texto de aquel ser anónimo, que descubrí entre los restos del incendio de la casa de mi novia, mientras caían goterones negros, mezcla de herrumbre y de cenizas. Afortunadamente, no hubo que lamentar pérdidas personales. Sandra había pasado la noche conmigo.
Revisando el cuadernito en el que estaban escritas aquellas enigmáticas frases, encontré otras, desdibujados sus trazos por el agua rociada por los bomberos, y decidí llevarme aquel tesoro, que seguro nadie echaría en falta.
No le conté nada a mi pareja y me guardé, para la intimidad de mi trabajo, la lectura de algunos pasajes, a cada cuál más enigmático.
“A mí morir me da la vida.”
Mi lucha interna por guardarme el secreto se anteponía a esclarecerlo.
“Me centro en lo esencial y excluyo todo lo demás.”
Cada noche me esperaba el mismo trabajo intelectual de descifrar los borrones en las páginas amarillentas de renglones desdibujados. Y sufría pensando que más de una se desmoronaría entre los dedos.
Imagen de Haris shahid en Pixabay

Me vigiláis.
Me escucháis.
Me veis.
Me observáis veinticuatro horas al día siete días a la semana durante toda mi vida o, por lo menos, desde que habéis tomado el control.
Y yo he caído en la trampa de ese seguimiento continuo de mis actividades habiendo sucumbido a los instrumentos del sistema.


Había llegado a creer que los viajeros no le engañaban, pues se habían traído consigo pruebas irrefutables de que el salto hacia atrás era posible, pero a él no le seducía recoger esas pruebas y darse a conocer en la comunidad científica. Prefería investigar, por su cuenta y riesgo, cómo podía desplazarse a un momento exacto de la Historia.
– ¡A riesgo de preservar un sistema podrido por la corrupción, doy el primer paso y me muestro ante vosotros, enemigos de la justicia visible, para desestabilizar el tejido social y hacerme con el poder sin pensar en leyes ni normas impuestas!
– ¿Sabes? Te hemos descubierto. En definitiva, y a pesar de todos tus intentos de pasar desapercibido, la verdad es que eres un bastardo de la luz, ¡un maldito Bastardo de la Luz!