Me sostuvo la mirada. Con ambas manos.

Me sostuvo la mirada. Con ambas manos.

Se quedaba mirando el paisaje del cuadro durante horas.
Buscando los recuerdos reconocibles. Recorriendo las pinceladas e intentando reiniciarlas con el movimiento de los ojos.
Abstrayéndose en los colores y comparándolos con los de la realidad tergiversada por el paso del tiempo.
Contando las veces que había visto el marco cambiado a la par con las modas efímeras.
Y esta vez una imperceptible sonrisa cambió su semblante, al visualizar, en segundos, los rostros de todos sus dueños, a través de las generaciones de la familia que lo había adoptado.
Y frunció el ceño para cumplir el ritual de conocer a su nuevo propietario, el que se haría cargo de él hasta su muerte.
Giró sobre sí mismo, enfrentando sus ojos, para decir, como otras tantas incontables veces.
-Me da igual que me sustituyas. Me da igual que prefieras a otro. Pero si prescindes de mí, déjame llevarme esta pintura a mi próximo destino. La podrás recuperar cuando me retiren. O quizás tus descendientes.
El niño señaló más allá de su espalda, para incitarlo a volver la vista.
-¡Qué maravilla! ¡Mira que sol tan azul!

Temblar para dejarse acariciar.
Acariciar para hacer temblar.
Siempre con los ojos cerrados,
si hay luz.
Siempre con los ojos fijos en un punto,
si está oscuro.
Notando cómo me atropella tu calor.
Atropellando tus oídos con mis susurros.
Sudando y temblando al unísono.
Con un único sonido en tu garganta.
Incomprensible pero cierto.
Proveniente de eso que llaman Amor.

Mañana toca escribir.
Si no lo hago, no tendré más mañanas.

El laberinto de mis emociones
tiene un trazado más complicado que
el laberinto de mis pensamientos.

Paciente. Pletórico. Capaz.
Con ganas de ir a por todas. Enfundándose el mono multicolor para no dejar de estar a la moda y para que las cámaras no lo perdieran de vista.
Asomándose a la escotilla y mirando hacia abajo y a todos lados, porque el vacío lo rodeaba.
Sabía que el salto iba a salir perfecto, porque los simulacros así se lo habían anticipado.
Ya no había perturbaciones que pudieran echar al traste tantos años de entrenamiento. Ni cuánticas ni mentales.
Y en la Tierra, allá abajo, veía el punto de luz que debía alcanzar en tiempo récord. Solo faltaba que el trampolín lo situara a los cinco metros estipulados de la carcasa de la nave, que desde control terrestre detuvieran la caída en picado de ésta, y que él dispusiera ambos brazos a lo largo de su tronco, con el casco iridiscente apuntando en sentido contrario al Sol.
Y la inercia haría el resto.
Y el calor infernal de la entrada en la atmósfera.
Y su hermoso traje, y su egocéntrica banalidad, y sus tediosas riquezas, se fundirían en un abrazo irreversible entre su profunda cobardía y la muerte, alimentando la última de sus insaciables excentricidades.


Pizpireta, anacleta.
A veces profeta de una vida multidesgraciada.
Seguidora de unas normas endulzadas
que la corrompen en la tribu ensimismada,
esa horda que dice que no hay leyes,
esa que grita que no hay reyes
mientras distribuyen el derecho de pernada.
La individua revolucionada y la revolucionaria,
la apática y la estratégica,
la exigida y la restringida,
la aplaudida y la temida.
Esa señora que te mira y no te mira.
Esa ilusa que se ríe de tus gracias y con tus desgracias.
La liberadora de pasiones
y la presa de los besos presos.
La señora de la incertidumbre,
la aprovechada de la mansedumbre.
Así es ella y no se queja.
Así es ella en privado y en público.
Y así lo escribo, de ella enamorado
de su leyenda y sus miradas,
de su tacto y de su lengua intrépida,
que no se calla, que no me acalla.
Que no me quiere ni me ama,
pero que adora ser mi dueña y mi ama.
Ama, ama.

Inundaba la estancia con su presencia, y los que en ella estaban acababan emocionados por ser testigos del prodigio, por tener el privilegio de estar junto a él y no caer fulminados. Y si no acababan cegados por la luz que irradiaba, enmudecían para siempre para no ser tachados de locos, pues si consiguieran desprenderse de su atracción, no tendrían palabras para contar el fenómeno inexplicable.
Y extendía su efecto perturbador hasta quebrar las mentes de los que osaban rozarlo, siquiera mirarlo, siquiera intuirlo. Añadiendo un pálpito divino a sus movimientos, a sus ademanes, sin ser necesario que pronunciara palabra, pues todo se le entendía.

Siento tener que tenerte.
Tengo que sentir sentirte.
Y la desdicha es dicha.
Teniéndote me basta.
Bástame tenerte.
Sí, siempre, así, sí.
Y si no es así…
