Cíclico

Se quedaba mirando el paisaje del cuadro durante horas.

Buscando los recuerdos reconocibles. Recorriendo las pinceladas e intentando reiniciarlas con el movimiento de los ojos.

Abstrayéndose en los colores y comparándolos con los de la realidad tergiversada por el paso del tiempo.

Contando las veces que había visto el marco cambiado a la par con las modas efímeras.

Y esta vez una imperceptible sonrisa cambió su semblante, al visualizar, en segundos, los rostros de todos sus dueños, a través de las generaciones de la familia que lo había adoptado.

Y frunció el ceño para cumplir el ritual de conocer a su nuevo propietario, el que se haría cargo de él hasta su muerte.

Giró sobre sí mismo, enfrentando sus ojos, para decir, como otras tantas incontables veces.

-Me da igual que me sustituyas. Me da igual que prefieras a otro. Pero si prescindes de mí, déjame llevarme esta pintura a mi próximo destino. La podrás recuperar cuando me retiren. O quizás tus descendientes.

El niño señaló más allá de su espalda, para incitarlo a volver la vista.

-¡Qué maravilla! ¡Mira que sol tan azul!

 

sol azul

Anuncios

Los viejos tiempos

Las lavanderas felices en la orilla del río, contaminándolo solo un poquito, canturreaban sobre el amor y el desamor, y cuando hacían una pausa era para enlazar habladurías, una tras otra, sobre la vida del vecindario, sobre los amores y desamores de sus amados y de sus odiados.

Las-Lavanderas-de-La-Varenne

(Las Lavanderas de La Varenne. Oleo sobre lienzo, 1865. Martín Rico Ortega)