La fragua

Tan remotamente cerca. Tan lúcido como escéptico. Tan irreal como consecuente. Al menos con la intención de sobrevivir y hacer el esfuerzo de no avasallar con una humildad hipócrita. Rivalizando con los que tienen deseos impuros, con los que abusan de mentes retorcidas. Con los que fanfarronean de intachables virtudes que no son más que defectos destructivos.

Tan profundamente lejos. No solo en la distancia sino en el olvido. No solo en el tiempo sino en el vacío. Ése que no es rellenable ni con la libertad ni con la verdad.

Me asomo para caer. Y caigo para no levantarme. Al menos hasta que tenga la suficiente desfachatez para fraguar una venganza. Una fría y cruel venganza. Sobre mi falta de entereza ante las discordias. Sobre mi falta de lucidez ante el engaño. Sobre mí mismo.

Científicos

Nos advirtieron varias veces y no hicimos caso. ¿Para qué? Si nosotros éramos más inteligentes que ellos. Si nuestras insulsas vidas nos daban derecho a despreciarlos. Si ellos tenían el conocimiento pero nosotros el poder del capital, del consumismo, del desperdicio de los recursos, de la barbarie del acelerado ritmo de nuestras vidas.
Y se cansaron de indagar, de buscar salidas a lo que no parecía tenerlas, de enseñar y difundir la verdad, de comprobar una y otra vez sus teorías con la realidad circundante. 
Se aburrieron de ser altruistas.  
Y acabaron liberando sus remordimientos por dejar que sus palabras y sus obras cayeran en el olvido, antes de dejar de ser Científicos.

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Regresó

 

Regresó a la cueva de la que procedía, donde se escuchaba su voz más alta, donde su espíritu inspirador eclipsaba el desánimo que le embargaba fuera de ella, donde la oscuridad no era más que luz en su memoria. Donde volvía a ser libre porque no era ya él. Donde su ego, ensalzado por los demás allá afuera, dejaba de tener sentido allí dentro, cuando no escuchaba su propio corazón porque allí , en el núcleo de la verdad, no lo necesitaba. Y durmió, para no volver a despertar, o para despertar para siempre.

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Rectitud

 

Era cuadriculado, disciplinado, recto y pausado, y el punto vigía más alto de su alma le advertía que debía vivir la vida con osadía, con pasión, día a día, antes de que el infinito de su desesperanza se mezclara con el límite de su apatía.

 

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(Fotografía: © LuisLeo Photos)

Desolada

Risueña. Feliz.

O eso creían ver los que la conocían por primera vez. O eso pretendía mostrar a los demás para que tuvieran esa imagen de ella por primera vez, o para siempre.

Pero, en el fondo, ni estaba risueña, porque era una mueca de disgusto disimulado, ni era feliz, porque su odio al prójimo impedía que lo fuera.

Deseaba la muerte o, en su falta, la desgracia, a todo ser vivo que osara cruzarse en su camino, e imaginaba, en su sadismo, las truculentas formas en que esto podía ser llevado a cabo.

Y sonreía, de nuevo, mirándote fijamente a los ojos.

 

 

Dedicado a Monami, que siempre está risueña… o no

 

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Germen

Es la rabia que me puede. Es la contundencia de la sinrazón la que me enerva. Es la ausencia de lo divino lo que me inspira. Es la presencia de la tragedia lo que me mueve. Son tu desidia y conformismo los que me alcanzan. Son mis manos y mi corazón los que me sienten. Es la revolución en las palabras y en los hechos los que me dan vida. Es el germen de la revolución que os dará, por fin, un sentido al existir.

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