En la insaciable eternidad, en su utópica búsqueda, andamos inmersos para no deshonrar nuestra propia memoria, nuestros próximos recuerdos no fraguados. Liberando energía constructiva en el intento de no ser abandonados en la nada, clausurando puertas para que la amnesia no invada nuestro santoral de vivencias. Elucubrando, durante toda una vida, sobre la perennidad de nuestras huellas, esforzándonos en la esperanza continua de un legado en proyecto. Tramando y tratando vivencias comunes con nuestros prójimos para que ellos prolonguen nuestra presencia en el mundo sin nuestra existencia. Con el temor y el terror a lo fútil de nuestras experiencias.
En esta ocasión, todos, excepto yo, tenían experiencia anterior en la Misión Rama. Hoy ha dirigido Andrés. Cúpula de protección, relajación (cuyo proceso se me ha hecho demasiado largo), respiración y meditación del quién soy yo. Todo ha sido llevado a cabo con buenos resultados por mi parte, aunque de la meditación no puedo sacar nada en claro pues no recuerdo nada de la misma. A continuación, la práctica es canalizada por Eli, que nos señala pautas para convertirse en receptores de posibles comunicaciones mediante la escritura automática. Eli ha obtenido buen resultado pues ha transcrito un mensaje telepático. Andrés y José Carlos también han sufrido movimiento del brazo. Raquel comenzó a dibujar garabatos, pero obtuvo un principio de frase tal como «experiencia óptima». Yo me relajé pero no conseguí poner la mente en blanco, justamente porque no quería verme sugestionado o influenciado por mi imaginación. Al empezar a escuchar el sonido del resbalar del bolígrafo sobre el papel, teniendo como base una mesa de cristal, este esfuerzo por no verme influido por la sugestión se incrementó hasta tal el punto de que, durante un fugaz instante, pensé en levantarme de la mesa y abandonar la reunión. Me pregunto si las psicografías obtenidas son mentalismos de los supuestos receptores. Pero debo confiar en la gente. No porque no me haya ocurrido a mí debo dudar de los demás, al contrario, debo aprender de sus reacciones y resoluciones. En todo caso, si la comunicación recibida por Eli es un mentalismo suyo, puede existir el detalle en contra de que Raquel, sin saber la identidad de los firmantes o emisores del mismo, coincidió en su impresión de que el principio de su mensaje era emitido por el mismo guía que formaba parte de los cuatro que firmaban el «manuscrito» de Eli, Xendor, y que yo visualicé, por primera vez, a la salida de una meditación, por el túnel de luz que nos vuelve a traer a la realidad, con la presencia de una mujer a la que yo seguía, y que, según me dijeron mis amigos, se correspondía en el color del cabello con otro de los firmantes del mensaje de hoy, y del que yo desconocía su característica femenina, Titinac. ¿Casualidades, figuraciones, imaginación, realidades, verdades? Aún falta camino por andar.
Cuaderno de viaje, 10 de marzo de 1994. 6:36 de la mañana. Hotel América, Lima, Perú.
Dice Yogananda en sus Máximas lo siguiente: «La muerte nos enseña a no depositar nuestra confianza en la carne, sino en Dios. Así pues, la muerte es una amiga. No deberíamos lamentarnos impropiamente ante la partida de nuestros seres queridos. Es egoísta el desear que permanezcan siempre junto a nosotros, para nuestro propio placer y solaz. Deberíamos, más bien, regocijarnos ante el hecho de que hayan sido llamados a continuar avanzando hacia la libertad del alma, en el nuevo y mejor ambiente del mundo astral». Estoy totalmente de acuerdo con él. Acabo de leer esta «máxima» hace escasamente un minuto y me ha impactado el que refleje, sin haberla conocido antes, mis pensamientos al respecto.
Últimamente mi obsesión por el apego-desapego me ha hecho esforzarme en distinguir lo que podría estar indisolublemente unido al significado del amor. Me explico: si tú amas a una persona y esta, por cualquier circunstancia, muere, sufres por su pérdida y no por su destino. Si yo sé que va a un «lugar» mejor, ¿por qué tener pesar? ¿La quiero o no la quiero? ¿Quiero su bien, su felicidad, o no los quiero? ¿Pienso en mí cuando la echo de menos y sufro por ello? Me he creado un apego, algo egoísta.
Apego, de ego: para mí, en mi interés. Amor, entrega, búsqueda de lo mejor para las otras personas (y demás seres animados e inanimados). ¿Se ve la diferencia?
Si desarrollo la capacidad o el sentimiento del desapego, no tengo por qué estar traicionando, en manera alguna, mi facultad de amar. Aunque ame a algo o a alguien, esa energía constructiva del Amor se la transmito tanto en vida como en muerte.
Otra cosa bien distinta es encariñarme a ese algo o alguien porque yo sienta felicidad haciéndolo. Mi felicidad, sin pensar en las del otro. En todo momento, debo intentar buscar, en mi relación con esa persona querida, su felicidad, sin esperar nada a cambio. Un Amor sin interés. Un amor no egoísta. Un amor auténtico. Tanto en la vida como en la antesala y paso a otra u otras vidas. El amor que hayamos sentido por la persona en vida no debe morir con su muerte. Debe prolongarse como si siguiera junto a nosotros.
Esperando que bajara la guardia la atacó con crudeza y desesperación. Insuflando desdichas, alimentando rencores. Liberando la rabia que le permitía la saliva que llenaba su boca a punto de ahogarla.
-¡Hermosa mariposa que sobrevuela las flores antes de elegir la que será succionada!
Enrojecida por la ira insalubre, atacada por la histeria acogedora.
-¡Haciendo votos de ternura espantas a los organismos parásitos de tu benevolencia, tan falta de fronteras!
Vomitando improperios como talismanes, fijando su mirada en la yugular palpitante, por si había algún cambio en el ritmo de su vibración subyugadora.
-¡Y esa lengua bífida tuya que silba inconstancias que penetran en mi infinito! ¡Y ya mis yemas no sienten más que los minúsculos enjambres de luz que pululan en tus poros!
Sin dejarse desconcentrar por el nácar de la piel incitadora de recuerdos impronunciables, de pretéritos innombrables.
-¿Y sigues neutra, como si la espuma que suelto por la boca no tuviera que ver contigo? Sigo sin entender por qué sigues muda ante la expresión de mi barbarie.
A punto de claudicar ante la fina línea que separaba la locura de lo relativo de la existencia, calló, al fin, esperando una reacción ante la vehemencia de su búsqueda. Sin dejarse engullir por la negrura de sus pupilas, esperando que esa oscuridad no la hubiera paralizado el corazón, esperó un atisbo de piedad en la respuesta, y cuando esta llegó deseo no quedarse en el clímax que la anularía como ser y como persona, cuando había logrado que ambas batallas no coincidieran.
El tiempo pasa, el vivir el presente se ha convertido en lo más importante para mí. Mientras escucho sobre guerras, cataclismos, inclemencias climáticas y la desesperación y desamparo de muchos humanos, yo sigo adelante, concentrando mi amor en el pequeño mundo que es mi familia. He aprendido a sobrellevar la supervivencia diaria añadiendo momentos de humor y de concordia para con mis prójimos. He aprendido a activar mis pensamientos constructivos en pos de un bienestar para todos los seres humanos y no humanos que conozco y conoceré. He aprendido a sobrellevar las angustias inherentes a vivir en una sociedad capitalista que influye en mi paz mental, por tener que cumplir las reglas del dinero y del poder. Ya no me considero NADIE pues sé que cada uno de mis actos influyen en otros ALGUIEN. Y creo que creerme (valga la redundancia) todo eso y reírme de mí mismo ha sido mi salvación para «no tirar la toalla». PAZ Y AMOR (no, no soy hippie).
Puede que tu vida sea un drama continuo. O puede que tu vida sea una comedia en la que todo tiene su lado divertido y, por ende, positivo. En ambas «tipologías» de vidas es necesaria la reflexión continua, para no caer en la rutina que nos lleve a vivir mecánicamente, con inercia pasiva hacia el final de nuestros días. Del drama se puede aprender: a superar los errores, a evitar caer en ellos, a desesperar de tal manera que caigas en un abismo sin fondo, pero con la esperanza de que aparezca en nuestra vida alguien que viva en la comedia y que nos rescate llevándonos a un espacio abierto en que podamos volver a respirar libres y felices. De la comedia se aprende: a observar los detalles ocultos de la vida que intentan socavar nuestra felicidad, para poder sortearlos, a relajar nuestro positivismo para tocar la realidad circundante e intentar cambiarla hacia algo mejor para los demás, o hacia algo aún mejor para nosotros mismos y salir, de nuevo, impulsados hacia un mañana de esperanza. Sea como sea, mirémonos en el espejo, cuando lo haya, o mirémonos en los ojos de los demás, para intentar comenzar cada nuevo día, con una sonrisa o, por lo menos, un esbozo de ella.
Cuando estuve estudiando Ciencias Geológicas en La Rábida (Huelva), en la Universidad de Sevilla (18 a 20 tiernos años), no estuve viviendo en la casa de mis padres, pues compartía una casa con otros estudiantes. En esa época empecé a vestirme con complementos y colores llamativos. En los intervalos vacacionales, en la que volvía a vivir bajo techo paterno, la censura era tal que tenía que volver a vestir de una forma seria y estándar. Mi padre me llegó a decir que si seguía con mis «mariconadas» me tendría que ir de su casa. Acaté los deseos de mi padre por amor y por respeto. Yo le decía que no era gay (maricón en aquella época) y él me decía que no importaba lo que fuera sino lo que aparentaba. Cuando me casé tuve un poco más de libertad en el vestir, pero no demasiada porque mi pareja es una persona muy clásica y reservada. Podía poner algún toque de color o de brillo, pero no demasiado. Yo era «don camisetas» porque siempre me han gustado por su versatilidad y comodidad. Y en el año 2016 vino la explosión. Mi padre murió en julio y la depresión y la tristeza me hundieron. Mi hijo, músico, compositor y cantante, me animó a acompañarle en sus primeras actuaciones en jam sessions y performances (en La Juan Gallery) y se me abrió un nuevo mundo para alguien tan melómano como yo. Y empecé a retomar mi libertad en el vestir. Al principio, mezclando mi vida familiar con la artística, hasta que mi esposa me hizo ver que debería dejar aparcado el personaje Archimaldito cuando estuviera con ella y sus amistades. Lo comprendí y solo me visto así o cuando estoy solo, o cuando voy a actuar (si ella me acompaña me apoyo en su buen gusto para combinación de prendas o colores). Muchos creen que visto así por destacar o llamar la atención. Pero como le expliqué a mi hijo, en un WhatsApp, recientemente, después de haber ido a una muestra de arte performativa, en la que conocí a su novio: «Espero no haber sido un pelmazo. Y siento haber ido con mi outfit. Solo me lo quito cuando voy con Mamá o trabajando. Lo digo porque hay sitios en los que parece que quisiera llamar la atención. Paso de eso. Me siento libre vistiendo a mi manera.»
Esa es la razón principal: Me siento libre. Y mientras pueda conservar ese retazo de libertad personal seré un poquito más feliz.
Es bueno inflarse para mantenerse vivo, tanto de mente como de espíritu o de alma, si es que los hay. Pero también es bueno soltar un poco de aire, de vez en cuando, para bajar al suelo y tocar tierra, la realidad, para que sepamos adaptarnos a ella, y así no solo vivir, sino sobrevivir.
Tengo siempre una sensación extraña al comenzar un nuevo año. La inercia del año anterior no me hace sentir la frontera temporal entre uno y otro. Me planteo un nuevo año no cuando lo dice el calendario sino mi propio aniversario de vida. No me planteo nuevos proyectos sino que los dejo fluir, siendo fiel a mi espíritu de improvisación. Sintiendo felicidad si salen bien pero no agobiándome ni negativizándome si salen mal o no salen como yo hubiera querido. Dejar fluir todo, sin forzar ni mi cuerpo ni mi mente para no malgastar energías que necesitaré para lo próximo que venga. Pero aún así, necesito unos días de reestructuración interna para seguir adelante. «Año nuevo vida nueva» no suele ir conmigo. Todo se dará, todo llegará, y si no, me reiré y reiré, para no perder la buena costumbre. 1 de enero de 2021. Jesús Fernández de Zayas «Archimaldito»
Mis pulmones funcionan a pleno rendimiento y mi corazón percute con latidos acompasados pero que se vuelven frenéticos cuando mis pensamientos, sentimientos y hechos claman libertad.
Tengo razones para pensar que aún no soy libre y que los embaucadores digitales están aprisionando mi intelecto mientras intentan llevarme por los derroteros del colectivo alienado.
Hay demasiadas señales de desasosiego que me alarman sobre los próximos precipicios. Pero es tan larga la lista de las cosas que tengo que cumplir para mi propia supervivencia que me desentiendo de ellos. Y cuando estoy estable, vuelo, en sueños, o en otras realidades, como la que me hace creer que puedo ser artista o que puedo aportar algo al ingenio humano.
Mientras que llegan las respuestas, grito.
Mientras que llegan las respuestas, respiro controlando el final de otro ciclo, el de la madurez.
Mientras que me hago más preguntas, suavizo los altibajos emocionales con los intentos de resolver el rompecabezas en el que me estoy convirtiendo.