Querer sobrevivir. Querer vivir. Aunque no haya motivo.
Querer querer. Aunque no haya objetivo.
Querer. Y de pronto…
Querer evitarlo.

Querer sobrevivir. Querer vivir. Aunque no haya motivo.
Querer querer. Aunque no haya objetivo.
Querer. Y de pronto…
Querer evitarlo.

En la oscuridad previa, los pensamientos cabalgan desbocados.
En la penumbra plena, esos pensamientos, que se han transformado en pesadilla sudorosa, le despiertan. Y se ve a sí mismo boca abajo, con la cara mojada por su propia saliva y los ojos ardiendo por las lágrimas.
Y se asusta, porque todo el cabecero de la cama está bañado en luz, porque, temiendo que aún siga soñando, se yergue y, apoyándose sobre los codos, observa sus manos que brillan en fosforescencia amarilla.
Tras un desesperado parpadeo, vuelve a enfrentarse a la realidad extraña y ve como sus uñas pintadas en rojo quieren arrancarle los ojos y las manos en garfio quieren estrangular su cuello.
Y la oscuridad desaparece, pues, por fin, todo él es luz.
Y gime de terror intentando no despertar a su acompañante, para que no le tome por loco.
Y, como un resorte, salta de la cama, descalzo, sintiendo el frío en sus talones, tropezando, ahogando el chillido del meñique golpeado con las malditas patitas del sifonier.
Y la luz envolvente va diluyéndose, convirtiéndose en un torbellino que desaparece por la puerta del dormitorio. Y se atreve a preguntar, musitando. Pero no llega la respuesta.
Mejor.


Mienten los que dicen que no escuchan crecer la hierba.
Mienten los que dicen que no se puede respirar en el vacío del espacio.
Mienten los que dicen que la mancha de mora con otra verde no se quita.
No hagas caso de los que no ven elefantes rosas surcando el cielo.
Desconfía de los que no creen que una sola palabra construye un mundo.
Márcate un rumbo sin contenido y libera tu mente.
Salta los mares. Nada los montes.
Y si algo te cierra el corazón, no desfallezcas. Y fíjate bien cuando sientas que te estás ahogando. Quizás hagas pie.
Solo estira el espíritu, coge impulso y rebélate.
Volviendo a reír, volviendo a soñar, volviendo a volver.

Sacrílega. La tachaban de sacrílega. Y cuando lo hacían, los tachaba de incautos, de profundos papanatas con efímeras creencias. Pues clamaba, sin arrepentirse, que era ella, y no otro, el único dios.


Los santos la escudriñaban desde lo alto. Desde sus aposentos divinos. Y ella, indiferente, rezaba para encontrarse a sí misma. Segura de que así encontraría a Dios.
Y los santos aplaudían su fe, aplaudían su búsqueda, aplaudían su entereza. Pero ella no los escuchaba.
Porque estaba tan concentrada en su amor por Dios que ni siquiera escuchaba su propia respiración, ni sentía sus propios latidos, ni el fluir de sus pensamientos.
Y allí estaba, rezando a un dios que quizás no existiera solo en su cabeza. Implorando el perdón por un pecado que aún no había cometido. Buscando en un rincón de aquella iglesia la divinidad. Porque aún no sabía que la divinidad estaba en ella.

En los vericuetos del subsuelo encontré muchas sorpresas. Algunas agradables, como aquel tesoro de cuencos milenarios cocidos según alguna técnica hoy desconocida, y otras bastante desagradables, como aquel nido de insectos endemoniados que intentaban meterse por todos los agujeros de mi cuerpo.
Fueran las que fueran, valía la pena enfrentarse a ellas en pos de la gloria eterna, en pos de ver reflejados mi nombre y apellidos, algún buen día, en alguno de los más prestigiosos mamotretos académicos que se acumulan en bibliotecas olvidadas.
Pasé años de penurias estomacales y deshidrataciones casi mortales. Pasé momentos de temor, por la prolongación de mi existencia, ante cañones de armas empuñadas por individuos ambiciosos y ante puntas y filos de aceros que podrían haberme dejado sin alguna parte de mi cuerpo.
Pero alguno de esos ángeles invisibles, que dicen que nos acompañan, actuaban apoyando mi ánimo y mis malabarismos vitales para llegar hasta donde estoy ahora.
Sin ayuda, por mí mismo, escarbando en las pistas de los que siguieron este camino antes que yo, delimitando lo falso de lo auténtico, robusteciendo mis músculos para abatir los obstáculos que se me presentaran, ya estoy en la cámara secreta de este recinto secreto que mantendré secreto para que no se vea contaminado por los intereses podridos del ser humano.
Sin palabras, ni mentales ni escritas ni susurradas, que puedan describir lo que tengo ante mí, sobre mí y alrededor de mí.
El más grande hallazgo arqueológico de la historia de la humanidad pasará desapercibido para el resto de los mortales. Desconocido, inexistente.
Pero mis sentidos no me engañan y mi búsqueda ha finalizado.
Dormiré pues, eternamente, en el lecho de la reina. Y me quedaré con ella por siempre, pues el destino es irreversible. Como el portón de piedra que ha caído tras mi paso para clausurar mi retorno. Como el apagado de la última antorcha eléctrica que me daba luz para ver el prodigio.
Me acurrucaré pues, en la oscuridad, junto al único humano que me acompaña.
Y ya que hay una momia en mi cama, aprovecharé mis últimos alientos para contarle que allí fuera no me espera nadie. Y que soñaré con ella como siempre lo hice. En el pasado, en el presente, en nuestros futuros.

Era atroz que aquella marabunta de gente me rodeara y pareciera no mirarme. Era vergonzoso que la osadía de unos pocos se transformara en algún que otro insulto. Y aún no sabía por qué.
Por qué querrían hacerme la vida imposible sin conocerme, sin saber qué sentía, sin saber qué pensaba, no de ellos, sino de la vida en general.
Allí estaba yo, como siempre, transformado en lo que siempre había querido ser: Una mujer.
Maquillado, con un vestido muy llamativo y escandalosamente ceñido, pero marcando unas curvas que no eran las de una mujer, sino la de un chico que estaba empezando a descubrir su auténtica personalidad.
Y los que no me miraban me recriminaban con su indiferencia. Y los que se atrevían a escupir a mi paso se envalentonaban con el anonimato del grupo de mentecatos al que pertenecían.
Pero yo miraba hacia adelante, siempre hacia adelante, porque sabía que mi destino iba a ser maravilloso. Y entonces entendí que nunca más volvería a estar sola. Entendí que era única y que sería feliz toda la vida. Como ella, la que me saludaba todas las mañanas al otro lado del espejo.

¡Mírame!
¿Por qué?
Solo quiero que me mires.
¡Sonríeme!
¿Por qué?
Solo quiero que me sonrías.
¡Bésame!
¿Por qué?
Solo quiero que me beses.
Y así, poco a poco, haciendo caso de la imagen que estaba al otro lado del espejo, empezó a quererse.
Y así, paso a paso, empezó a recuperar su estado de felicidad.
