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Entendí
Era atroz que aquella marabunta de gente me rodeara y pareciera no mirarme. Era vergonzoso que la osadía de unos pocos se transformara en algún que otro insulto. Y aún no sabía por qué.
Por qué querrían hacerme la vida imposible sin conocerme, sin saber qué sentía, sin saber qué pensaba, no de ellos, sino de la vida en general.
Allí estaba yo, como siempre, transformado en lo que siempre había querido ser: Una mujer.
Maquillado, con un vestido muy llamativo y escandalosamente ceñido, pero marcando unas curvas que no eran las de una mujer, sino la de un chico que estaba empezando a descubrir su auténtica personalidad.
Y los que no me miraban me recriminaban con su indiferencia. Y los que se atrevían a escupir a mi paso se envalentonaban con el anonimato del grupo de mentecatos al que pertenecían.
Pero yo miraba hacia adelante, siempre hacia adelante, porque sabía que mi destino iba a ser maravilloso. Y entonces entendí que nunca más volvería a estar sola. Entendí que era única y que sería feliz toda la vida. Como ella, la que me saludaba todas las mañanas al otro lado del espejo.

Así es ella
Pizpireta, anacleta.
A veces profeta de una vida multidesgraciada.
Seguidora de unas normas endulzadas
que la corrompen en la tribu ensimismada,
esa horda que dice que no hay leyes,
esa que grita que no hay reyes
mientras distribuyen el derecho de pernada.
La individua revolucionada y la revolucionaria,
la apática y la estratégica,
la exigida y la restringida,
la aplaudida y la temida.
Esa señora que te mira y no te mira.
Esa ilusa que se ríe de tus gracias y con tus desgracias.
La liberadora de pasiones
y la presa de los besos presos.
La señora de la incertidumbre,
la aprovechada de la mansedumbre.
Así es ella y no se queja.
Así es ella en privado y en público.
Y así lo escribo, de ella enamorado
de su leyenda y sus miradas,
de su tacto y de su lengua intrépida,
que no se calla, que no me acalla.
Que no me quiere ni me ama,
pero que adora ser mi dueña y mi ama.
Ama, ama.

Perturbación
Inundaba la estancia con su presencia, y los que en ella estaban acababan emocionados por ser testigos del prodigio, por tener el privilegio de estar junto a él y no caer fulminados. Y si no acababan cegados por la luz que irradiaba, enmudecían para siempre para no ser tachados de locos, pues si consiguieran desprenderse de su atracción, no tendrían palabras para contar el fenómeno inexplicable.
Y extendía su efecto perturbador hasta quebrar las mentes de los que osaban rozarlo, siquiera mirarlo, siquiera intuirlo. Añadiendo un pálpito divino a sus movimientos, a sus ademanes, sin ser necesario que pronunciara palabra, pues todo se le entendía.

Admirador
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Melocotón
Por fin ha claudicado ante mis miradas más que insinuantes. A mis movimientos de manos hipnotizadores. A mis vahos perfumados dirigidos a su pituitaria perfecta. A mis roces de melocotón electrizante. A mis lubricados labios por los que resbalará su lengua exploradora. A mis microarañazos que microsurcaron su piel de porcelana. A mis susurros doblegadores de voluntades férreas.
Por fin ha accedido a mis súplicas nada humilladoras de enlazarme eternamente con ella.
Y ahora sí, por fin, tengo que aguaparme. Y aguaparla con mis ensoñaciones de enamorada. Y absorberla con mi mano para irnos juntas hacia el éxtasis. Y vivir lentamente en ella. Vaciándonos de temores. Liberándonos del peso de nuestras mentes. Abrazándonos en la poca sombra que da la luz cegadora de algo que se parece al Amor. Sin sus concesiones superfluas. Siendo así dos en una.
O una en dos.

De ida
A la vuelta, él.
Él y su yo eterno.
Él y su signo impronunciable.
Él y su rostro inacabado.
Él y sus manos gigantescas.
Él y su ritmo pausado.
Él y su sangre transparente.
Él y su cuerpo intangible.
Él y su verbo.
Él y su mirada apacible.
Él, siempre él, y yo.

La carcajada
Yo ya no mido el tiempo. El tiempo me mide a mí.
Y mientras lo hace, me burlo en la distancia inacabable, la del infinito espacial, la de las estrellas mate, la del negro sublime.

Dos vidas
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Más que una mujer
Era, posiblemente, la mujer más bella que él jamás hubiera conocido. Era, seguramente, la mujer más inteligente con la que jamás nunca hubiera hablado. Y cuando decidió que debía abandonar los prejuicios de género, se dio cuenta de que era, con certeza absoluta, el ser vivo más feliz del Universo.
