Y doy el primer beso.
Tranquila. Pronto llegan el segundo y tercer mordisco.

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Y doy el primer beso.
Tranquila. Pronto llegan el segundo y tercer mordisco.

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Un gran amor privado de toda familia. Allí, en la jaula, esperando que alguien se fijara en él y lo adoptara. Para dar amor con cada lametón, con cada ladrido, con cada movimiento de su cola.
Pero siempre elegían a otro, más joven, más pequeño, más amaestrable. Mas no perdía la esperanza. En cualquier momento aparecería una familia privada de todo amor. Su familia.

Creo que eres tú quien se fuma el Sol,
quien moja los mares,
quien pinta el cielo.
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Verano. Sandalias. Sudor a chorros desde los poros recalentados. Gafas polarizadas protegiendo los ojos enrojecidos. Harto de estar solo. Deseando desear. Para sudar aún más.

Mi madre me lo advirtió. Me lo dijo tantas veces que ya no me hacía efecto su prevención.
-No la mires a los ojos, que te embrujará y no podrás zafarte de su hechizo jamás.
Mi madre, tu suegra.

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Palabrotéame hasta que diga basta.
Susúrrame palabras sucias para excitarme, palabras necias para incitarme.
Y luego chisquéame para llamarme la atención, ningunéame para liberar mi explosión.
Palabrotéame, que te quitaré la vergüenza y me quitaré la desdicha.
Palabrotéame, que tomaré nota de tus palabras, no de tus palabrotas.

Con poco
tengo mucho.
Me prevengo
de no querer más.
Te prevengo
de no pedirte más.
Más más más.
Y si tuviera demasiado
no valoraría lo poco
que te puedo dar
y lo mucho que me ofreces.

Mienten los que dicen que no escuchan crecer la hierba.
Mienten los que dicen que no se puede respirar en el vacío del espacio.
Mienten los que dicen que la mancha de mora con otra verde no se quita.
No hagas caso de los que no ven elefantes rosas surcando el cielo.
Desconfía de los que no creen que una sola palabra construye un mundo.
Márcate un rumbo sin contenido y libera tu mente.
Salta los mares. Nada los montes.
Y si algo te cierra el corazón, no desfallezcas. Y fíjate bien cuando sientas que te estás ahogando. Quizás hagas pie.
Solo estira el espíritu, coge impulso y rebélate.
Volviendo a reír, volviendo a soñar, volviendo a volver.

Los santos la escudriñaban desde lo alto. Desde sus aposentos divinos. Y ella, indiferente, rezaba para encontrarse a sí misma. Segura de que así encontraría a Dios.
Y los santos aplaudían su fe, aplaudían su búsqueda, aplaudían su entereza. Pero ella no los escuchaba.
Porque estaba tan concentrada en su amor por Dios que ni siquiera escuchaba su propia respiración, ni sentía sus propios latidos, ni el fluir de sus pensamientos.
Y allí estaba, rezando a un dios que quizás no existiera solo en su cabeza. Implorando el perdón por un pecado que aún no había cometido. Buscando en un rincón de aquella iglesia la divinidad. Porque aún no sabía que la divinidad estaba en ella.

