Huesitos

Tro me observó un rato sin decidirse a morderme. No sabía si obtendría algún beneficio con ello. Me husmeaba sin que le llegara olor alguno. Y seguro que temía, con absoluta certeza, que quebraría sus colmillos si intentaba atenazarme con ellos.
Me puse en cuclillas y acaricié su cabeza.
Mecánicamente, pues no sentía su piel con mis yemas. Y gruñó.

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No te voltees

   Con los “no te voltees” y “dame toda la plata que llevas encima” se apresuró a dictaminar que quien la estaba asaltando a plena luz del día era un desesperado emigrante víctima de la cada vez más profunda crisis económica.                                                 Los dos perros que estaba paseando sí se voltearon y enseñaron sus dientes al agresor. Ella no podía controlarlos por mucho que les ordenara callar, sin gritar para no provocar al asaltante, y tiraba de las correas para mantenerlos a una distancia prudencial de las piernas de aquél.                                                          -¡La dije que no se volteara! ¡La plata! ¡Y calle a esas fieras o los rajo a los tres!                                                       Él se lo había buscado. Nadie haría daño a sus dos amores, los que estaban acompañando sus últimos días.                                                                                       Le miró a los ojos, tan fieramente como sus canes, y sin pronunciar palabra, el asaltador bajó su mano y soltó la navaja dejándola caer al suelo con un minúsculo estrépito metálico. Y después huyó. A gran velocidad.                                                                                  Un testigo, en la precavida distancia, se acercó al lugar de la increíble escena y se atrevió a preguntar.        -Señora, lo he visto todo. Siento no haber acudido en su auxilio porque, lo reconozco, soy un cobarde. Eso y que tengo dos gemelos recién nacidos a los que alimentar. No creo que ése se amilanara por sus ruidosos defensores. Pero, ¿qué dijo usted para que cambiara de opinión?                                                           Los perros, callados, miraban, sentados sobre sus posaderas, a su ama, esperando también la respuesta para aquel enigmático desenlace.                                         Ella los miró, con una sonrisa dibujada en sus labios, pero, pareciendo maleducada, no respondió al curioso.    Le dejó con la incertidumbre. Era mejor así. Ya había mostrado, por ese día, suficientes veces, el auténtico rostro de la muerte. Esa con la que tenía concertada una próxima cita.                                                                      Y se volteó. Para dejarle con la palabra en la boca.          Perdonándole la vida.

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La pulga (Un tuit-relato)

 


  • El amaestrador la traía por el camino de la amargura. La obligaba a dar saltos cada vez más imposibles
  • Escuchar un grito de cualquier humano la impulsaba a saltar, a saltar bien lejos 
  • ¿Habíase mostrado, alguna vez, el cuádruple salto mortal en aquel Circo de las Pulgas? 
  • Aquel día, el del desastre, la había obligado a hacer el salto del ángel, último anuncio del circo de pulgas 
  • Como se había portado bien, el amaestrador le regaló aquel bosque de pelos andante 
  • Limitándose a su vida ínfima, la pulga no mostró disconformidad ante el vasto terreno asignado 
  • La pulga adoraba ser catapultada a los manjares perrunos, aunque no hacía ascos a los humanos
  • Sabía que la glotonería la llevaría al desastre… 
  • No es que fuera poco social, es que no podía repartir el botín 
  • Sabía que era de porte más agraciado que esa maldita garrapata del tercer pelo a la izquierda 
  • Soñó, con su corto entendimiento, que se bañaba en un lago de sangre 
  • Ensimismada en sus pensamientos cayó en la cuenta de que tenía poco cerebro y, rencorosa, decidió desangrar a su huésped 
  • Trató de desasirse de aquel filamento inmenso, y cayó en un claro terso y suave, y picó 
  • La pulga tenía muy mala sangre. Ese día se le ocurrió picar a un perro con muy malas pulgas 
  • Vio que su fin se acercaba cuando la zarpa la lanzó al espacio infinito fuera del bosque de pelos 
  • Al estamparse contra el suelo frío y duro se quebró una de las potentes patas traseras 
  • Maltrecha, encima de la esperpéntica baldosa, sintió la impotencia de la invalidez
  • Había forzado la máquina, pensó. Si no hubiera hecho caso de los gritos del jefe humano, no estaría tan cansada 
  • El humano, el maestro de pulgas, gritaba y gritaba, ahora para encontrarla. La pulga gritaba y gritaba, para no ser aplastada 
  • La desesperación del humano era evidente desde la perspectiva de la pulga. ¿No entendía que no le entendía? 
  • La impotencia de sentirse incapaz de dar el gran salto, el más necesario, el que salvaría su vida, y no morir aplastada 
  • Siempre creyó que moriría en un salto rocambolesco y nunca pudo imaginar otra cosa 
  • Una infinita área negra acercándose y un infinito peso quebrando su armadura externa 
  • Un puntito rojo en el gres rojo. Ilocalizable. Una tumba. Imperdonable. Un perro. Imperturbable 
  • Su tamaño la traicionó. Perdió la vida. Su tamaño le traicionó. Perdió a su estrella.

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 El handicap que significa no poder exceder los 140 caracteres pertinentes, aumenta el reto de escribir algo que tenga algo de sentido y/o calidad literaria. Y en cada tuit un nanocapítulo, hasta completar un microcuento. Todo un reto.