¿A qué estoy esperando? ¿Para liberarme? ¿Para librarme de ti? ¿Para saber lo que es otra vida? ¿Sin ataduras? ¿Sin apegos? ¿Sin preguntas?
(Fotografía de Jesús Fernández de Zayas © archimaldito) 
Me duele tragar.
Me duele tragar porque tengo un nudo en la garganta. Y tengo un nudo en la garganta porque te añoro hasta dolerme el corazón. Y ese dolor me sube por el pecho, oprimiéndome el esternón con un peso enorme.
Y la saliva se acumula en mi boca, porque la embalso para no tragar. Y cuando las sienes me palpitan, me rindo y dejo pasar la corriente por el esófago porque creo que prefiero ese dolor al del estallido de la cabeza, y no por terror al sufrimiento en sí sino porque la jaqueca me lobotomiza, me deja inerte, in albis, estúpido y vegetal. Y si estoy en ese estado no puedo pensar, y si no pienso, no me llegan los recuerdos sobre ti.
Prefiero concentrarme en la respiración, porque cuando se cumple el ciclo de diez inhalaciones, trago. Y me duele. Y me deleito en el dolor. Para volver a empezar.
Y las emociones pasadas vuelven: Las que viví contigo. Las que me dieron felicidad. Las que me causaron penas profundas. Porque ambas, desde sus extremos, me dieron vida. Esa vida que ahora no tengo. Y ambas me empapan los ojos. Y me hacen moquear. Lo que complica todo, pues boqueo hasta toser. Y al toser armo tal escándalo que todos me miran. Los que me rodean y más allá. Algo que me despreocupa. Porque me duele tragar.
Y aunque no quiera pensar en ti, para evitarme todo este engorro, caigo en la cuenta de que adoro pensar en ti, recrearme en los recuerdos, antes de que se me olviden, o de que ellos me olviden. Porque sé que nunca, que jamás volverás. Porque es imposible.
Y es entonces cuando la verdad invade mi raciocinio. Y sé que no es que me duela tragar.
Es que me duele vivir.

En mi celda, espero.
Pero cierro la puerta.
Y espero. En la celda.
A que otros abran la puerta.
Para sentirme querido.
Para tener salida.
Y vida.

La fragancia a vainilla y el pelo largo rubio invadieron sus sentidos cuando esperaba, a una hora demasiado temprana, en la parada de autobús. No quiso mirarla directamente para que no se diera cuenta de que la estaba observando, a tres personas de distancia en la cola, y le valía con la oleada de perfume que se expandía con cada movimiento de la muchacha.
Se daba cuenta de que los demás hombres estaban sintiendo las mismas irrefrenables ganas de inaugurar una conversación con la mujer, pero todos, como él, la tenían solo en su imaginación.
Cuando llegara el transporte, la magia desaparecería y llegaría la cotidianeidad que se la llevaría muy lejos de allí.
Y con la muchacha rubia, inmersa en su vida, que no sabría nunca de su existencia, se escaparían, de nuevo, los deseos de aventura, de cambio, de huida de una vida insulsa, demasiado llana, demasiado solitaria.

Existe una posibilidad, remotísima, de que me encuentre contigo en el paraíso. Y esa posibilidad es tan remota como la de que el paraíso exista.
Evitemos, pues, tomarnos cariño.
Evitemos, pues, tener conciencia de nosotros y de nuestro entorno.
Evitemos cualquier contacto físico o mental, pues así no tendremos excusa para atraernos sensual o intelectualmente.
Divaguemos todo lo que te apetezca, pero nunca, nunca, me des la razón.
Tratemos de limitar nuestra presencia en este mundo.
Tratemos de ser uno con el todo, antes de que la nada venza.
Encontremos el camino correcto al final infinito.
Tengamos paciencia.
Y todo se dará.
Pero no esperes clemencia si has desobedecido los parámetros.
Porque los rebeldes solo merecen mi desánimo. Y la extracción de la célula madre. Y el borrado de memoria.
Y el apagado inmediato.
Y el olvido.

¡Menuda singularidad más extraña! Yo, tan capacitado para asumirla y, sin embargo, tan incapaz para sortearla.
Y es que el extraño vaivén de los hechos zarandeó mis expectativas de casarme con la mujer más increíble de este lado del Universo. Tan inteligente y productiva que se la rifaban en, por lo menos, siete de las veinticinco civilizaciones tecnológicas más influyentes de las dos bigalaxias más cercanas. Y tan rara la causalidad que la hizo fijarse en mí, y enamorarse después, que estoy casi convencido que todo formaba parte de un retorcido plan de esos alguien que todos sospechamos. Pero, mientras duró, lo disfruté. Hasta que tuve que deshacerme de ella.
Y aquí estoy, frente a su cuerpo marchito, tan deseado en otro tiempo, tan armonioso como su cerebro, que tuve el placer de degustar tras un certero golpe en el cráneo.
Pero ya me estoy cansando. No ocurre nada. Yo sigo envejeciendo y no ocurre nada.
Creí que la entropía del Universo se detendría, ipso facto, tras la parálisis de una de sus vidas más atractivas. Y no fue así. Ni siquiera yo he absorbido su inteligencia, y creo que se ha malgastado en la nada.
Creí que se repondría mi ya lejana astucia. Aquella que perdí en la lucha titánica contra el amor. Pero no. Sigo envuelto en una nebulosa de estupidez estéril.
Creí que los suyos me aceptarían como un igual. Pero son demasiadas veces las que me han matado. Aunque con la primera hubiera bastado.
Y mi ser, que ya es éter, se cansa de esperar, y son tantos los eones transcurridos desde mi vileza, que he perdido la esperanza de que se me desprenda esa insana certeza que corrompe mi definitivo adiós.
¡Menuda singularidad más extraña es el Amor!

¿Y si más allá no hay nada? ¿Y si mis esperanzas de volver a verte están basadas en un hecho jamás probado? ¿Y si tenía que haber aprovechado la última vez que te vi? ¿Para pedirte perdón? ¿Pero no solamente con palabras? Temo que tu recuerdo me abandone. Temo tanto al paso del tiempo, implacable, porque el tiempo no será nunca más mi aliado. No volverá jamás a eternizar nuestros instantes sublimes. No volverá jamás a ser testigo activo de nuestro amor.

Antonio estaba de pésimo humor. De un humor cambiante y cambiador, pues imbuía su mal genio a los que osaban dirigirle la palabra. Pero aquella vez fue distinto. Cuando el hombre aparentemente hundido en la miseria, empujando el carro robado del supermercado, lleno de plásticos y papeles y cartones despedazados mil veces, arrastrando un abrigo gris y sucio en pleno agosto, y dejándose arrastrar por un perro viejo y parsimonioso que clamaba agua con su lengua colgante, le tendió una mano abierta, en gesto de súplica.
– ¿No tengo yo bastante con mis problemas, como para preocuparme de un piojoso como tú?
El mendigo cerró la mano implorante transformándola en un puño. Frenó la tirantez de la cuerda que le unía con el can y, con tranquilidad, levantó el brazo en alto.
– ¿Cree usted, mamarracho de la vida, que lo voy a golpear? ¿Cree usted que voy a robar alguna de sus pertenencias materiales que, sean cuales sean, no me son nada interesantes? ¿Cree usted, señor pomposo, que busco su ruina y la mía?
Un ladrido los despertó a ambos de la pausa interminable.
Siempre amargado, de la vida y de su vida, sonrió, como nunca antes lo había hecho.
-Convincente, realmente convincente. Toma tu euro. Te lo has ganado.
El mendigo bajó el puño, transformándolo en una araña tensa de cinco patas. Y la lanzó al cuello de Antonio.
– ¿Un euro? ¿En eso valoras tu vida? ¡Qué barato eres!
Más que presión en la garganta sentía calor, un calor abrasador que empezó a expandirse hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia las extremidades colgantes, pues estaba en vilo y las piernas eran péndulos de hueso y carne.
Antonio se sentía abandonado, por la suerte y por la vida, que se le iba en cada intento asfixiante de gritar. Abotargada la cara, aún en el aire, tocó con ambas manos los hombros del desarrapado, y éste claudicó. Soltó a su presa y la dejó hablar:
– Ruego me perdones.
– Ruego me perdones tú. Me he dejado llevar por el entusiasmo.
Un nuevo ladrido descongeló la escena. Ambos se miraron intensamente y el mendigo se dejó tirar, de nuevo, por el perro, al que agradecía su ayuda, pues le esperaba un largo día de soledad y de cansancio.
Antonio pasó su mano derecha por el cuello, dolorido. Siguió con la vista el caminar pausado del mendigo, deseando perderlo de vista, pero éste, como si le hubiera leído el pensamiento, volteó el cuerpo y sentenció, con semblante serio y amargo.
– Aprende de la vida. O volveremos a encontrarnos.
Antonio, siempre de un humor cambiante y cambiador, decidió aprender, desde cero, como si hubiera nacido un segundo antes. Ese segundo antes en el que el mendigo le había guiñado un ojo. Ese segundo antes en el que le habían dado una segunda oportunidad.

Observándola. Con otra taza de café en la mano. Sintiendo su peso y calculándolo sin líquido dentro. Dejando esperar que éste se enfriara.
-Sí, lo admito. Soy una persona aburrida. No tengo nada que ofrecerte. Tienes demasiada paciencia conmigo. Creo que es mejor que te vayas. Me he quitado el anillo y, aun así, nadie se acercará a mí. Así que no tengas miedo de que te traicione con otra mujer. Soy demasiado aburrido. Con estas pintas que llevo. Con la barba descuidada, con estos vaqueros rotos y la camiseta amarilleada en la zona de los sobacos.
Ella no decía nada. Solo miraba su pelo, aguantándose el asco por la grasa acumulada de muchos días sin lavar. Dejándole hablar.
-Me merezco tu silencio. Soy deplorable. Ni siquiera yo me aguanto.
Un sorbo y un comienzo de arcada.
-Vete. De veras. No te lo voy a echar en cara. Tienes derecho a disfrutar la vida. Ya estoy viejo para empezar a esforzarme en remontar nuestra relación. La verdad es que ya no me atraes físicamente. Prefiero aguantarme el dolor en los testículos que tocarte y rememorar cuánto me excitabas. Tú también estás vieja, pero puedes encontrar a alguien para empezar de nuevo.
Ella asentía de vez en cuando. Mirándole a los ojos, que él evitaba distrayéndolos con la taza. No haciendo caso al mal olor que provenía de la zona del ombligo.
-Tampoco creas que me voy a arrepentir dentro de un rato, cuando salgas por la puerta, de todo lo que te estoy diciendo. Creo que ya no hay vuelta atrás.
Ella, sentada frente a él, descruzó las piernas, se acomodó la falda para que él no viera más de lo necesario y, tras media hora aproximada de silencio, sentenció lo que él había evitado escuchar durante los últimos meses.
-Pero es que yo no te quiero.
Él, por fin, levantó los ojos de la taza para fijarlos intensamente en los de ella.
– ¡Es mentira! ¡Y tú lo sabes!
Ella se puso en pie, empujando su asiento hacia atrás con sus esbeltas piernas.
-Piensa lo que quieras. Estás en tu derecho de consolarte. Pero es que no te quiero. De veras.
Otro sorbo de café, amargo y frío.
-Pero me habrás querido alguna vez, ¿no?
Ella se alisó la falda, haciendo que ésta bajara a su altura conveniente, por debajo de las rodillas. Tragó saliva, intentando contener las incipientes lágrimas, intentando conservar la compostura y la fuerza en la voz, para que lo que iba a decir sonara claro y contundente y así él no tuviera dudas.
-Sí. Cuando estabas vivo.
