A veces no me fío de mis reflejos y, menos aún, de mis sombras.

A veces no me fío de mis reflejos y, menos aún, de mis sombras.

Aeterna Lux.
No servía de nada el fuego cruzado de sus miradas, pues la estaba sintiendo con la mano enguantada. Los sensores moleculares ubicados en las yemas de sus dedos la estaban estudiando, explorando, juzgando. Y no necesitaba más que tres nanosegundos para decidir la sentencia: Ella sería perdonada. No se abriría ni una de sus mil puertas. Para que tomara confianza.

Amigo lector:
Desde que publiqué mi novela corta Luztragaluz, en el año 2002, dentro de un volumen titulado Sempiterno (Dos historias, dos mutaciones, dos claves), donde compartía páginas con otra de mis novelas cortas de ciencia ficción, Sacro y Craso, he estado pensando en que algún día debía de escribir una segunda parte. Creo que éste podría ser el comienzo de ese proyecto: Adeldran.
No encontraba su libro y se estaba desesperando.
Buscaba y buscaba, pero no aparecía. Tenía la sensación de que alguien o algo se lo había escondido. Ese libro era muy importante para él. Se lo habían regalado cuando estaba vivo. Cuando su memoria intacta lograba que los detalles permanecieran vívidos, saboreados cada segundo, con cada latido de su corazón. Cuando aún era un libro en blanco donde apuntaba, día a día, cada detalle de su vida, antes de que estos se le olvidaran.
Porque sabía que un fallo genético en su estirpe dejaría, poco a poco, su memoria en blanco. Porque sabía que la degeneración biológica iría de la mano con su disgregación mental, hasta la desaparición absoluta de su cuerpo.
Y ahora, ya sin él, se preguntaba: ¿Quién decide lo que es bello? A veces yo he cerrado también así los ojos.

Voy a morir.
Sé que quiero morir y que voy a morir.
No voy a quitarme la vida pero sé que voy a morir.
No es que necesite morir. Es que voy a dejar de existir.
De pronto, cuando yo decida, dejaré de ser alguien para ser, simplemente, nadie.
Y no habrá nadie para ser testigo de mi voluntad.
Voy a morir. Es más, ya estoy muriendo mientras estoy escribiendo esto. No sé por qué lo estoy haciendo. Quizás para calmar mi conciencia. Pero es raro, porque estoy tranquilo. No tengo miedo. Ni atisbos de arrepentimiento.
Moriré pues. Porque está dicho, porque está predicho que así ocurra.
No siento nada parecido al rencor contra mí mismo. Ni contra los que me han imbuido esta idea, porque no es una idea, es un hecho.
Toca dejar de existir y lo acepto.
Así se decidió hace casi cuatrocientos años. Vivir más llamaría, de nuevo, la atención.
Quiero morir. Toca descansar y regenerar mi energía.
Cuando vuelva a nacer tendré otro aspecto y estaré en otro sitio a miles de kilómetros de aquí.
Los sondeadores recogerán mi cuerpo y se decidirá mi reciclaje íntegro.
Así volveré a formar parte del destino de los humanoides con los que quisieron que conviviera.
Ya siento las picovibraciones emocionales que llevarán a mi apagado interno. Y las ráfagas de lucidez darán paso a la nada estéril.
Quiero morir y voy a morir. Aunque quizás exista una palabra más adecuada para mi apagado temporal. Aunque… qué es el tiempo sino un vaivén de mi existencia.

Me libré por una buena. Casi caigo por el precipicio, pero me libré por una buena. No tenía que haber tomado la curva a esa velocidad. No en esta zona. Y menos aún con esta carraca de coche.
Aunque el impacto ha sido bestial, me libré por una buena.
No sé por qué el camión que venía de frente tuvo que tomar la iniciativa y dar el volantazo.
No sé por qué no lo esquivé pensando solo en el vacío que me comería si frenaba de golpe.
No sé por qué la dije que no hacía falta que se pusiera el cinturón, si no quería, para un trayecto tan corto. No sé por qué tuvo que hacerme caso fiándose, como siempre, de mí, me imagino que por amor.
Se la están llevando. A ella y al conductor del camión. Sin vida.
Me libré por una buena.

Me he despertado, demasiado temprano. Sigo atontada y me niego a tener que llenarme de cafeína para volver a ser persona. Porque me aburre esa rutina. Porque quiero salir, por mí misma, del bucle infinito de la desidia.
Cogeré el cassette portátil y, mientras duren las pilas, daré play a la cinta con mezclas que me regaló mi último novio. Mientras me enfundo los vaqueros negros y la camisa floreada que se deja resbalar por los hombros. Sin mucha prisa, porque hoy no voy a perder el tiempo maquillándome.
Y con dos barritas de cereales tendré bastante para aplacar los ruidos de hambre del estómago.
Ni coche ni bicicleta. Hoy andando al trabajo. Así que me acoplaré las bambas deshilachadas y mugrientas pero extremadamente cómodas. Y que me quiten lo bailao.
No sé, pero hoy me encuentro llena de buenas vibraciones, como si algo bueno fuera a pasarme.
Desde que decidí no llorar más por el último descerebrado que me dejó, las cosas parecen ir a pedir de boca. La depresión atraía lo negativo, parece ser.
Me peinaré con las manos y saldré a la calle, para comerme el mundo.
Y prometo no hundirme, con el paso de las horas, cuando caiga en la cuenta de que hoy, tampoco, volveré a cruzarme con otro ser humano, ni con otro ser vivo.
Me quedaré sentada frente al escritorio, en mi oficina, observando la pantalla apagada de mi monitor. Intentando no llorar. Ni suplicar. Ni suicidarme.
Sin perder la esperanza de que mañana, otro interminable mañana, alguien me eche la bronca por ser un desastre, o de que mi exnovio aparezca para llevarse sus cosas, todas empaquetadas, a su nuevo apartamento.
Sin perder la esperanza de escuchar otra voz que no sea la mía.

Aquella noche no había podido pegar ojo.
Con la sensación extraña de que la estaban observando. Sin ser capaz de delimitar entre el tiempo de la vigilia y del onirismo. Con los dos ojos abiertos en la oscuridad pero sin poder ver nada, atenta a cualquier punto de luz que pudiera hacer estallar su imaginación, demasiado calenturienta a veces. Atenta al menor susurro para convencerse de que la hablaban desde el más allá.
Y cuando puso los pies en el suelo, antes de acoplarlos a las chanclas, mirando a los rectangulitos de luz que se escapaban por la persiana, dejando marcar las nalgas desnudas con el borde del colchón sin sábana, la invadió la pena y el sollozo.
El más agrio sufrimiento pensando en lo que estaba a punto de suceder. El enfrentamiento más cruel con las mentiras, la envidia, el egoísmo, la maldad de los que esperaban ahí fuera: Los vivos.

Antonio estaba de pésimo humor. De un humor cambiante y cambiador, pues imbuía su mal genio a los que osaban dirigirle la palabra. Pero aquella vez fue distinto. Cuando el hombre aparentemente hundido en la miseria, empujando el carro robado del supermercado, lleno de plásticos y papeles y cartones despedazados mil veces, arrastrando un abrigo gris y sucio en pleno agosto, y dejándose arrastrar por un perro viejo y parsimonioso que clamaba agua con su lengua colgante, le tendió una mano abierta, en gesto de súplica.
– ¿No tengo yo bastante con mis problemas, como para preocuparme de un piojoso como tú?
El mendigo cerró la mano implorante transformándola en un puño. Frenó la tirantez de la cuerda que le unía con el can y, con tranquilidad, levantó el brazo en alto.
– ¿Cree usted, mamarracho de la vida, que lo voy a golpear? ¿Cree usted que voy a robar alguna de sus pertenencias materiales que, sean cuales sean, no me son nada interesantes? ¿Cree usted, señor pomposo, que busco su ruina y la mía?
Un ladrido los despertó a ambos de la pausa interminable.
Siempre amargado, de la vida y de su vida, sonrió, como nunca antes lo había hecho.
-Convincente, realmente convincente. Toma tu euro. Te lo has ganado.
El mendigo bajó el puño, transformándolo en una araña tensa de cinco patas. Y la lanzó al cuello de Antonio.
– ¿Un euro? ¿En eso valoras tu vida? ¡Qué barato eres!
Más que presión en la garganta sentía calor, un calor abrasador que empezó a expandirse hacia el pecho, hacia el abdomen, hacia las extremidades colgantes, pues estaba en vilo y las piernas eran péndulos de hueso y carne.
Antonio se sentía abandonado, por la suerte y por la vida, que se le iba en cada intento asfixiante de gritar. Abotargada la cara, aún en el aire, tocó con ambas manos los hombros del desarrapado, y éste claudicó. Soltó a su presa y la dejó hablar:
– Ruego me perdones.
– Ruego me perdones tú. Me he dejado llevar por el entusiasmo.
Un nuevo ladrido descongeló la escena. Ambos se miraron intensamente y el mendigo se dejó tirar, de nuevo, por el perro, al que agradecía su ayuda, pues le esperaba un largo día de soledad y de cansancio.
Antonio pasó su mano derecha por el cuello, dolorido. Siguió con la vista el caminar pausado del mendigo, deseando perderlo de vista, pero éste, como si le hubiera leído el pensamiento, volteó el cuerpo y sentenció, con semblante serio y amargo.
– Aprende de la vida. O volveremos a encontrarnos.
Antonio, siempre de un humor cambiante y cambiador, decidió aprender, desde cero, como si hubiera nacido un segundo antes. Ese segundo antes en el que el mendigo le había guiñado un ojo. Ese segundo antes en el que le habían dado una segunda oportunidad.

Observándola. Con otra taza de café en la mano. Sintiendo su peso y calculándolo sin líquido dentro. Dejando esperar que éste se enfriara.
-Sí, lo admito. Soy una persona aburrida. No tengo nada que ofrecerte. Tienes demasiada paciencia conmigo. Creo que es mejor que te vayas. Me he quitado el anillo y, aun así, nadie se acercará a mí. Así que no tengas miedo de que te traicione con otra mujer. Soy demasiado aburrido. Con estas pintas que llevo. Con la barba descuidada, con estos vaqueros rotos y la camiseta amarilleada en la zona de los sobacos.
Ella no decía nada. Solo miraba su pelo, aguantándose el asco por la grasa acumulada de muchos días sin lavar. Dejándole hablar.
-Me merezco tu silencio. Soy deplorable. Ni siquiera yo me aguanto.
Un sorbo y un comienzo de arcada.
-Vete. De veras. No te lo voy a echar en cara. Tienes derecho a disfrutar la vida. Ya estoy viejo para empezar a esforzarme en remontar nuestra relación. La verdad es que ya no me atraes físicamente. Prefiero aguantarme el dolor en los testículos que tocarte y rememorar cuánto me excitabas. Tú también estás vieja, pero puedes encontrar a alguien para empezar de nuevo.
Ella asentía de vez en cuando. Mirándole a los ojos, que él evitaba distrayéndolos con la taza. No haciendo caso al mal olor que provenía de la zona del ombligo.
-Tampoco creas que me voy a arrepentir dentro de un rato, cuando salgas por la puerta, de todo lo que te estoy diciendo. Creo que ya no hay vuelta atrás.
Ella, sentada frente a él, descruzó las piernas, se acomodó la falda para que él no viera más de lo necesario y, tras media hora aproximada de silencio, sentenció lo que él había evitado escuchar durante los últimos meses.
-Pero es que yo no te quiero.
Él, por fin, levantó los ojos de la taza para fijarlos intensamente en los de ella.
– ¡Es mentira! ¡Y tú lo sabes!
Ella se puso en pie, empujando su asiento hacia atrás con sus esbeltas piernas.
-Piensa lo que quieras. Estás en tu derecho de consolarte. Pero es que no te quiero. De veras.
Otro sorbo de café, amargo y frío.
-Pero me habrás querido alguna vez, ¿no?
Ella se alisó la falda, haciendo que ésta bajara a su altura conveniente, por debajo de las rodillas. Tragó saliva, intentando contener las incipientes lágrimas, intentando conservar la compostura y la fuerza en la voz, para que lo que iba a decir sonara claro y contundente y así él no tuviera dudas.
-Sí. Cuando estabas vivo.

Localizaba a sus presas. Las acorralaba. Las embaucaba. Las llevaba a su territorio. Las amaba. Y, cuando las soltaba, pedía su teléfono, pues prometía volver a cazarlas.
