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Estoy impaciente
He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.
Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.
Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.
No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.
Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

Palabreando
¡La felicidad!
No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

Mi tiempo se acaba
Todo es relativo.
Mi vida debía durar un segundo, pero el destino, debe de ser, me está regalando femtosegundos de prórroga. No provocaré a la suerte y le diré ya, a mi pareja, que la amo intensamente.

Indomablindómita
Era más joven que viejo. Más listo que tonto. Más superviviente que conformista. Casi un héroe. Casi un extraño espíritu libre. Enfrentado de continuo a la osadía de su desdicha incipiente. En el borde de la ilusión. En la frontera de la cobardía, cayendo mal a casi todos, por ser mendigo de sus faltas. Por ser un pecador continuo en la trastienda de lo inasumible. En el teatro de la infamia, donde se mezclan los personajes inapreciables con los imprescindibles. Así, tan hecho a vivir a saltos y a sobresaltos. Tan perdido como todos. Pero con tanto contraste vital que se atribuía una ligereza tan exclusiva como rara en los tiempos corrientes: La felicidad. La indómita felicidad.

Reincidente
Localizaba a sus presas. Las acorralaba. Las embaucaba. Las llevaba a su territorio. Las amaba. Y, cuando las soltaba, pedía su teléfono, pues prometía volver a cazarlas.

Desapercibido
Bostezaba con ruido para demostrar que tenía más sueño que nadie.

No sigas
Mírame, ¿a quién crees que engañas?
Cogiste el bolígrafo de tinta verde y escribiste palabras sueltas en un folio color crema, como si creyeras que me importaba lo guay que podrías llegar a ser.
Pero no me importa. ¿A quién crees que engañas?
He conocido a muchos fracasados como tú, vacíos por dentro y por fuera. Tan llenos de podredumbre, inoculada desde pequeños por una familia insulsa, larga como las sagas.
No sigas escribiendo porque no te leeré. Pon el capuchón al boli y guárdalo en el cajón. En ese cajón sin fondo que, adivino, es tu alma.

(Fotografía:©Jesús Fdez. de Zayas «archimaldito», con «archimaldito»)
Esperando el momento
Más allá de su estética patética, más allá de su reprochable falta de principios, estaba su afición a dejarse acariciar la incipiente joroba, vibrando con los rumores malignos de sus seguidores, todos traidores, que estaban esperando pasar de víctimas de su onanismo a ejecutores de la justicia poética.

Indecisa
Aún no tenía claro qué carrera universitaria empezar. Su padre la amenazó con ponerla a trabajar. No importaba. Tenía tiempo para pensárselo. Su madre acababa de dejarla, por primera vez, en la guardería.
