Pues

No tenía solución inmediata. El Matemático lo había intentado y había desistido. Aquella incógnita enigmática. Aquella transferencia de incomodidades fractales. En aquel Universo modélico, donde la excepción inimaginable lo corrompía.
Donde la irreversibilidad se hermanaba con la fuga del raciocinio.
Y ante tanta desdicha intelectual, el Matemático, rindiéndose, aún adivinando que recibiría el peor de los castigos, dirigió sus últimas palabras a los Creadores: 
– El Humano, como criatura impredecible, acabará consigo mismo por sí mismo. Y nada puede cambiarlo. Siento mucho que vuestra criatura haya traicionado vuestras expectativas y mis tentativas de encontrar el modo de retrasar el nuevo final cíclico. Me pongo en vuestras manos pues.

 

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Estoy impaciente

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.

Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

 

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Palabreando

 

¡La felicidad!

No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

 

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Indomablindómita

Era más joven que viejo. Más listo que tonto. Más superviviente que conformista. Casi un héroe. Casi un extraño espíritu libre. Enfrentado de continuo a la osadía de su desdicha incipiente. En el borde de la ilusión. En la frontera de la cobardía, cayendo mal a casi todos, por ser mendigo de sus faltas. Por ser un pecador continuo en la trastienda de lo inasumible. En el teatro de la infamia, donde se mezclan los personajes inapreciables con los imprescindibles. Así, tan hecho a vivir a saltos y a sobresaltos. Tan perdido como todos. Pero con tanto contraste vital que se atribuía una ligereza tan exclusiva como rara en los tiempos corrientes: La felicidad. La indómita felicidad.

 

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