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Mi hastío del estío
Cuando corres, sopla el viento.
Al correr, haces viento.
Y la gente insiste en decirme que el viento es único y que uno no puede crearlo.
Limítate a sufrir el calor y derrítete bajo el sol de justicia en el verano insoportable. Cada vez más insoportable.
Antes deseábamos que llegara para disfrutar de la vida, del descanso de las vacaciones escolares. Ahora, de mayores, deseamos que nunca llegue, y transmitimos ese miedo a nuestros hijos. La piel es la primera alarma y la muerte es la última llamada de atención.
Cualquier mínimo esfuerzo se convierte en un reguero de sudor caliente primero, que te baja por la nuca, haciéndote sentir escalofríos cuando toca la espalda ya helado.
Me transformo en un papanatas que busca la sombra más duradera y que provoca corrientes de aire casi tan mortales como el hervimiento del cerebro.
Las manchas solares se trasladan a través del espacio-tiempo y se acoplan en mi piel mostrando su reflejo cruel en estética y dolor.
Y si bebes demasiado líquido, lo pierdes en micciones, lo malgastas en cejas empantanadas que cuando rebosan te irritan los ojos, y el velo saldo te provoca la impotencia de la ceguera instantánea.
Casi mejor dejar pastosa la lengua, que para lo que hay que decir es preferible dosificar los buches de agua y observar los orines cada vez más oscuros, más densos, más preocupantes.
Y el alivio, cuando corres. Así es. Cuando provocas el viento, aunque el aire no sople.

Confabulando
Hoy. Mañana. Ayer. Todo lo mismo. No existe línea de tiempo, ni leyes que lo corrijan. No son necesarios.
La mente, punto infinito en el tejido inencontrable del mal llamado espacio-tiempo, actúa y crea pensamientos y actos que ya estaban pero que, sin embargo, no existían.
Y no existen los encadenamientos, sino los engarces de entropías.
Y el cúmulo de puntos infinitos, infinitesimales en la implosión de las ideas, forman probabilidades de vidas, y de muertes que son vida, y de estados intermedios de consciencia. Y parece ser que de ellos surge el Universo.
Pero esto será una hipótesis con la que embaucaré a algún iluso de los seres limitados con conciencia para que la haga teoría y, con dicha teoría, llene su vacío de raciocinio y deshaga algún trozo de su frustración por no ser un dios.
(Dedicado a Ricardo Fermosel, Filósofo y amigo.)

Pues
No tenía solución inmediata. El Matemático lo había intentado y había desistido. Aquella incógnita enigmática. Aquella transferencia de incomodidades fractales. En aquel Universo modélico, donde la excepción inimaginable lo corrompía.
Donde la irreversibilidad se hermanaba con la fuga del raciocinio.
Y ante tanta desdicha intelectual, el Matemático, rindiéndose, aún adivinando que recibiría el peor de los castigos, dirigió sus últimas palabras a los Creadores:
– El Humano, como criatura impredecible, acabará consigo mismo por sí mismo. Y nada puede cambiarlo. Siento mucho que vuestra criatura haya traicionado vuestras expectativas y mis tentativas de encontrar el modo de retrasar el nuevo final cíclico. Me pongo en vuestras manos pues.

Atándose
Ensimismado olvidó ser amado. Enroscado en el tiempo, atado. Pero sin poder ir, sin poder ser. Sin poder librarse. De sí mismo.

Viuda negra
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Terapia
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El pomo
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Estoy impaciente
He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.
Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.
Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.
No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.
Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

Palabreando
¡La felicidad!
No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.
