Barbaridad

Barbaridad. Bárbaros escogidos de entre la chusma social, la escoria que queda después de la fricción de mentalidades obsoletas, anacrónicas, que sobreviven gracias a los intereses ocultos de algunos poderosos.
Y los inocentes, que caen en sus manos, y que son vapuleados según un plan de acción premeditada…

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Amargo sollozo

Aquella noche no había podido pegar ojo.

Con la sensación extraña de que la estaban observando. Sin ser capaz de delimitar entre el tiempo de la vigilia y del onirismo. Con los dos ojos abiertos en la oscuridad pero sin poder ver nada, atenta a cualquier punto de luz que pudiera hacer estallar su imaginación, demasiado calenturienta a veces. Atenta al menor susurro para convencerse de que la hablaban desde el más allá.

Y cuando puso los pies en el suelo, antes de acoplarlos a las chanclas, mirando a los rectangulitos de luz que se escapaban por la persiana, dejando marcar las nalgas desnudas con el borde del colchón sin sábana, la invadió la pena y el sollozo.

El más agrio sufrimiento pensando en lo que estaba a punto de suceder. El enfrentamiento más cruel con las mentiras, la envidia, el egoísmo, la maldad de los que esperaban ahí fuera: Los vivos.

 

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Desmemoriados

Volverá la amnesia colectiva que borrará, de sopetón, la memoria histórica, y los abanderados de la soberbia social volverán a repetir la historia odiada.

Esos privilegiados del mundo que juegan con la infelicidad global. Esos señores y señoras que no se conforman con tener sexo, dinero y poder, porque quieren la vida de los demás. Cuando aún no saben que los exterminables son ellos.

Pero, claro, ya no recuerdo lo que he dicho, lo que he escrito, lo que he pensado.

Y el ciclo volverá a repetirse.

 

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Tan de vez en cuando, cuando las veces eran tantas

Y el amasijo de carne putrefacta hiriendo la sensibilidad de los que se asomaban por las ventanas de sus casas. Sin nadie que hiciera nada. Dejando, simplemente, que sucediera, como tantas veces, cuando las veces eran tantas.

Acostumbrados al olor, que se extendía por kilómetros, encontrándose con otros olores que venían desde kilómetros. Y dejando que se mataran, porque nadie castigaba.

Ya nadie lloraba. Lo podían ver allí o en las pantallas. No había casi diferencia, solo en el olor. Habían perdido sus almas. Y la Madre ya no se quejaba. Ya había perdido a todos sus hijos, y la Tierra era la Madre, cuando había sido padre y madre a la vez.

Comer, beber, dormir, matar. No había nada más. Ni siquiera supervivencia, ni siquiera defensa propia. La vida no engendraba valor para dar valor a la vida.

Y un día, como en un juego de palabras, como en un juego de estrategia, como en un juego sin niños, porque la inocencia no era más que una palabra vacía, llegaron ellos. Decían que desde las montañas. Lo decían incluso donde no había montañas. Y ellos empezaron a retirar las cenizas, el polvo que nadie tapaba ni enterraba. Y limpiaron de carne las calles, las sendas, los valles, los bosques, los océanos, los ríos, las grutas, las selvas.

Y después de la limpieza, que llevó siglos de constancia, de paciencia y de mesurada reeducación, se dirigieron, los que quedaron, al hogar del último recién nacido sobre la faz de la Madre. Sin importarles la especie ni la raza del neonato. Y cuando le dieron su bendición tras estudiar su espíritu limpio y libre, se reunieron en consejo, los pocos que eran, para mirarse a los ojos.

Y el más joven, que era extremadamente anciano, dijo, sin palabras, al más anciano, que era extremadamente joven.

¿Y si les decimos que no existe Dios y que son ellos los que deciden sus destinos?

 

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Terror

Había tenido miedo durante toda su vida, pero nunca lo había demostrado ante sus seres queridos. Si lo hubiera hecho, lo habrían tachado de débil.

Se había rodeado de riquezas y de ricos vanagloriados de haberlas conseguido sin esfuerzo alguno. Se había sentido aceptado por los encumbrados y rechazado, en igual medida, por los esforzados supervivientes del sistema eternizado por gente como él. Y había tenido miedo de perderlo todo. Miedo de manejar los hilos y a que se los manejaran. Siempre dominado por la codicia, por el apetito insaciable de verse reconocido por las hordas elitistas, tan incordiantes con sus excusas para perpetuar el inmovilismo. 

Había tenido miedo, hasta poco antes de ver a aquel niño llorando sobre sus padres muertos, mientras él corría sobre los cascotes respirando polvo y cenizas y ahogándose con sus propias lágrimas, con un sonido agudo que laceraba su cerebro y su entendimiento, sin poder escuchar nada más, buscando la luz que creía acercarse según iban aumentando de tamaño los haces que bañaban las sangres, que bañaban el horror del sinsentido.

Destrozándose las rodillas al chocar con los hierros y aceros retorcidos.

Y en la vida que había inaugurado después de resucitar de entre el peso infernal de los pisos superiores, desplomados sobre su ignorancia, en el ahora de sus malditas circunstancias, era rabia, más que desdicha, lo que sentía.

Y cuando inconscientemente contó seis zanzadillas, provocadas por los cadáveres que se encontró en su carrera interminable, volvió a sentir otra clase de terror, que le sobrevenía tras el pensamiento, tras el convencimiento de que aquella rabia, de que aquella hambre de justicia, de total venganza, nunca desaparecería.

 

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Tres mil números

 

Tres mil almas errantes pidiendo un poco de justicia, pidiendo un poco de clemencia. Buscando la comprensión del mundo. Ese mundo que mira hacia otro lado. Al que le da igual la muerte de los niños que son solo figuras que se mueven en un telediario. Que son solo números en insistentes mensajes de organizaciones no gubernamentales y de bancos que se jactan de ayudar al prójimo mediante ayudas selectivas.

 

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Esperando el momento

 

Más allá de su estética patética, más allá de su reprochable falta de principios, estaba su afición a dejarse acariciar la incipiente joroba, vibrando con los rumores malignos de sus seguidores, todos traidores, que estaban esperando pasar de víctimas de su onanismo a ejecutores de la justicia poética.

 

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En tu cara

Escupió en su cara lo que había embalsado en su boca segundos antes.

-Te devuelvo lo que es tuyo. Porque yo no lo quiero. Ya está tan muerto como tú. Y es tan despreciable como tú, que me has utilizado.

El hombre levantó la mano derecha, abiertos sus dedos para desgarrar la cara de la que había usurpado su estima. Pero, sin embargo, se arrepintió de inmediato y la utilizó para limpiar su propio semen y, con la otra, extrajo un pañuelo del bolsillo de su pantalón con el que secó las lágrimas que manchaban de negro la cara de la que había sido, otra vez, su objeto sexual.

-No volveré más. Hay otras. Y mejores que tú.

Convencido de su hombría, pero no de su humanidad.

Dudando. Y viéndola llorar, sin importarle, como tantas veces.

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