Es importante ser un buen profesional. Es importante ser un buen ciudadano. Es importante ser un buen contribuyente. Es importante ser un buen amigo. Es importante ser un buen esposo, o padre o hijo.
Pero, sobre todo, es importante ser una buena persona.
No se trata de admirar a una persona por su talento, ni por su personalidad, ni por su belleza. No es admiración por parte de una persona, mi persona, que cree que ningún ser humano es más que otro, a no ser que demuestre que es necesario o imprescindible para desarrollar y conservar la armonía del mundo en el que viven las demás personas. Se trata de apoyar los sueños del prójimo, y de que, cuando estos se están haciendo realidad, mantener viva la llama de su ilusión, de su emoción, de su felicidad por lograrlos. Y una manera de conseguirlo es difundir los actos, las obras bien realizadas, de esos seres humanos (o colectivos) con un entusiasmo imperecedero. Solo eso me mueve.
Dicen que soy un artista. Algunas personas dicen, incluso, que soy un buen artista. Esta es una faceta de mi vida que siempre me ha acompañado, desde niño, y que intenté ver materializada en mi adolescencia cuando quise ser actor. Pero no pudo ser. En el 2016 empecé a cantar en jam sessions, tímidamente, para salir de la depresión en la que caí tras la muerte de mi padre, en julio de ese año. Haciendo coros para otros cantantes llegué hasta la eclosión con Purple Rain, de Prince, que dedicaba, en mis pensamientos, a mi padre, y más tarde, cuando también falleció, a Prince. Considero que nunca he cantado bien hasta hace bien poco. Tras la Pandemia, realizando covers, a mi manera excéntrica, de varias canciones conocidas por la mayoría del público de jam sessions y open mics, me fui haciendo conocido en la escena underground de Madrid. Sé que lo que hago no agrada a muchos pero me reconforta saber que puedo dibujar una sonrisa, e incluso una carcajada, de satisfacción en el ánimo de otros. Todos los elogios recibidos continuamente, los aplausos, no se han visto materializados en ningún proyecto mío o de colaboración con otro artista. Quiero que ese arte del que algunos quieren convencerme que tengo, se haga conocido, para poder hacer feliz a la mayor cantidad de gente posible. Pude haber aprovechado, en el año 2022, la oportunidad de aparecer en la TV, pero no lo hice por miedo a que repercutiera en mi vida laboral, ya que yo no padezco del mínimo sentido del ridículo. He podido ser manager o representante de varios músicos, he podido ser presentador de Open Mics en Madrid y otras localidades aledañas, y no lo he hecho. Una amiga, artista reconocida, me dijo una vez: el Arte hay que pagarlo y a ti te tienen que pagar por tu arte. Yo transformé, en mi interior, su consejo, creyéndome, de corazón, que mi arte hay que valorarlo y me tienen que valorar por mi arte. Más allá de lo económico, más allá de lo transaccional. Me tomo su consejo en serio ahora, en el comienzo del año 2026. Y sigo abierto a cantar con mis amigos o participar en proyectos colaborativos, o a actuar en salas que me inviten para hacerlo. Soy un artista, porque ya me estoy creyendo, en serio, que lo soy. Gracias por escucharme, por verme, por dejarme ser libre encima de un escenario.
Quizás las personas esperen los buenos tiempos para olvidarse de los malos tiempos. Empiezo a atisbar otro nuevo rastro de desmemoria a corto plazo. Sin haber dado oportunidad a dejar atrás los efectos mortales de una reciente pandemia, la gente, que ha creído que se trataba de un mal sueño, se ha lanzado, irresponsablemente, a vivir de nuevo la vida como si la emergencia sanitaria no hubiera sido algo real que puede volver en cualquier momento. El egoísmo humano, cómo no, impera en las relaciones globales humanas. El beneficio inmediato, el placer de vivir una vida que, algunos consideran, es demasiado corta. Han muerto muchos humanos, y han quedadas trastocadas muchísimas más vidas. Pero no pasa nada. Hemos venido a este mundo a trabajar y a disfrutar de nuestro suspiro vital. Y así van las cosas: La caída libre e incontrolada hacia el desbarajuste total del Planeta Tierra, el olvido hacia las futuras generaciones, el autoexterminio imparable. Luego diremos que no nos lo podíamos imaginar, que todo es una sorpresa continua, que el azar juega con nuestras vidas. ¡Cuán equivocados estamos!
Es algo increíble y no sé cómo explicarlo. Seguro que los que se acercan a mi situación, o están en ella, lo comprenden, pero para mí es algo que va a más. No bebo alcohol, no fumo ni he fumado nunca, y tampoco he probado ninguna droga en mi vida. Según la Wikipedia, que es mi enciclopedia Larousse del siglo 21, el síndrome de abstinencia es la unión de reacciones físicas o corporales que ocurren cuando una persona deja de consumir sustancias a las que es adicta. Como he escrito al principio, no puedo ser adicto a sustancias que nunca he consumido, pero en mí existe un síndrome de abstinencia que se manifiesta en reacciones psicológicas como la apatía, la depresión y la sensación de mecanicidad en la consecución de mis actos diarios. No es que me encuentre en esa situación todo el día ni todos los días, pero me asaltan los síntomas cuando menos me lo espero. Y es que me entra el «mono» cada vez más a menudo cuando pasan los días sin poder actuar. La cura es rápida y contundente: Me subo a un escenario y me siento feliz, animado, vibrante. Mi cerebro se activa en una nueva dimensión, mis piernas y brazos se desentumecen, mis células se regeneran, mi piel se vuelve tersa y suave y la comisura de mis labios se tensan para dibujar una sonrisa de satisfacción extrema. Soy feliz con mi pareja, con mi familia y amigos y con mi trabajo, y conmigo mismo, pero, de vez en cuando, tengo este «síndrome de abstinencia».
Detrás de mí, uno de los mejores músicos que conozco: Alberto Palacios Anaut.
En el tumulto de las sospechas ajenas, los liberados imaginan un mundo de inocencia sana, proclive a resucitar los corazones primigenios, los que habitaban la dicha planetaria de antaño, cuando la evolución había permitido que los humanoides comenzaran a pensar en algo más que en la supervivencia salvaje. Los que aún deben ser despertados deambulan entre codazos y zancadillas estériles, preponderadas en la intrusión del sensacionalismo y del egocentrismo exacerbado, con la parálisis de la intuición, con la anulación de la creatividad, a punto de caer siempre por el abismo de la apatía, resbalando aceleradamente hacia la negrura del vacío que trae la desesperanza. Y es entonces cuando triunfa la ignominia, el despotismo, la barbarie, la indignidad, la locura.
El edadismo. Esa es una palabra que nunca había leído antes de verla mencionada continuamente en LinkedIn. Las oportunidades laborales van menguando con la edad y esa es otra de las lacras de esta sociedad inmersa en un Sistema Erróneo y Errado. La experiencia debería ser un valor añadido en todos los trabajadores. No solo la experiencia profesional sino la vivencial. La paciencia, el control emocional, la mente resolutiva, va desarrollándose con el paso del tiempo y ayuda en bastantes momentos clave de nuestra labor, como crisis en una organización o en la ejecución de un trabajo en concreto. Achacan que, con la edad, los reflejos disminuyen. Yo, para la mayoría de los casos, lo dudo. El edadismo coarta, pues muchos siguen anclados de por vida a un trabajo que o no les gusta o no les deja desarrollarse ni como profesional ni como persona, ya que temen intentar embarcarse en nuevas aventuras por miedo a no poder avanzar en otras empresas o en la realización de otros proyectos o sueños. Yo no creo en el edadismo. Sé que existe pero no quiero caer en la trampa de creérmelo y asumirlo y enquistarme en un rol que quieren imponerme otros. Seré yo el que decida cuándo ha llegado el momento de retirarme.
Nota: Archiviejuno es un personaje, creado por mí, que parodia, en la mayoría de sus interpretaciones, el edadismo.
Aparte de mi parte, ¿qué otra parte quiere usted que aparte cuando, aparte de mi parte, no hay otra parte? Aparte pues, y déjeme estar en mi parte. Y si no está dispuesto a aportar nada, apóstese a un lado y déjeme impostar la voz de mi quebranto que ya dura tanto, desde que me acusan de impostor. Y si no busca apoyarme ni molestarme, vaya entonces a su parte de esta ciudad, de este mundo. Mas no soy impostor, no engaño a nadie. Soy como soy por lo que soy y lo que fui, aquí de pie o tumbado, cuando me tumba el dolor de los pensamientos insanos. Deje que los demás me traten con buen trato, que de eso se trata: que seamos concordia, donde todos aman y nadie odia. Armonía en todas partes.