Los labios me decían te quiero. La mirada me decía te adoro. Aquella pose, aquel garbo. Las manos quietas, saludando. Era así siempre, cada vez que me esperaba al otro lado del escaparate.

Los labios me decían te quiero. La mirada me decía te adoro. Aquella pose, aquel garbo. Las manos quietas, saludando. Era así siempre, cada vez que me esperaba al otro lado del escaparate.

Nos advirtieron varias veces y no hicimos caso. ¿Para qué? Si nosotros éramos más inteligentes que ellos. Si nuestras insulsas vidas nos daban derecho a despreciarlos. Si ellos tenían el conocimiento pero nosotros el poder del capital, del consumismo, del desperdicio de los recursos, de la barbarie del acelerado ritmo de nuestras vidas.
Y se cansaron de indagar, de buscar salidas a lo que no parecía tenerlas, de enseñar y difundir la verdad, de comprobar una y otra vez sus teorías con la realidad circundante.
Se aburrieron de ser altruistas.
Y acabaron liberando sus remordimientos por dejar que sus palabras y sus obras cayeran en el olvido, antes de dejar de ser Científicos.

Se detuvo el tiempo. Y allí estabas tú, esperando a que se reiniciase.

Todo en silencio, padre,
tanto en el cielo como en la tierra.
Todo en silencio,
aunque éste no es tu cielo
ni ésa es mi tierra.

Era cuadriculado, disciplinado, recto y pausado, y el punto vigía más alto de su alma le advertía que debía vivir la vida con osadía, con pasión, día a día, antes de que el infinito de su desesperanza se mezclara con el límite de su apatía.

(Fotografía: © LuisLeo Photos)
Siempre escribiendo sobre el Amor y me olvido de que ya no amo.
Me he olvidado del desamor para escribir qué es lo que amo.
Aún con el corazón vacío del sentimiento, bombeando sangre helada, alimentando una vida rota, tan desesperadamente larga cuando es tan corta.
Necesitando volver a amar para no escribir sobre ello, para no tener tiempo de hacerlo.
Para no escribir y sí decir uno o miles te amo.
(Fotografía: Roses on my gran piano, de Am Y.)
Risueña. Feliz.
O eso creían ver los que la conocían por primera vez. O eso pretendía mostrar a los demás para que tuvieran esa imagen de ella por primera vez, o para siempre.
Pero, en el fondo, ni estaba risueña, porque era una mueca de disgusto disimulado, ni era feliz, porque su odio al prójimo impedía que lo fuera.
Deseaba la muerte o, en su falta, la desgracia, a todo ser vivo que osara cruzarse en su camino, e imaginaba, en su sadismo, las truculentas formas en que esto podía ser llevado a cabo.
Y sonreía, de nuevo, mirándote fijamente a los ojos.
Dedicado a Monami, que siempre está risueña… o no

He salpicado mi memoria de instantes absurdos. Recordarlos y no poder creer que era yo el que los estaba viviendo. Pero sin arrepentirme, por tenerlos ya lejos. Y añorando a las personas con los que los compartí.

(Foto: Archimaldito)
Nos advirtieron varias veces y no hicimos caso. ¿Para qué? Si nosotros éramos más inteligentes que ellos. Si nuestras insulsas vidas nos daban derecho a despreciarlos. Si ellos tenían el conocimiento pero nosotros el poder del capital, del consumismo, del desperdicio de los recursos, de la barbarie del acelerado ritmo de nuestras vidas.
Y se cansaron de indagar, de buscar salidas a lo que no parecía tenerlas, de enseñar y difundir la verdad, de comprobar una y otra vez sus teorías con la realidad circundante.
Se aburrieron de ser altruistas.
Y acabaron liberando sus remordimientos por dejar que sus palabras y sus obras cayeran en el olvido, antes de dejar de ser Científicos.

No encontraba su libro y se estaba desesperando.
Buscaba y buscaba, pero no aparecía. Tenía la sensación de que alguien o algo se lo había escondido. Ese libro era muy importante para él. Se lo habían regalado cuando estaba vivo. Cuando su memoria intacta lograba que los detalles permanecieran vívidos, saboreados cada segundo, con cada latido de su corazón. Cuando aún era un libro en blanco donde apuntaba, día a día, cada detalle de su vida, antes de que estos se le olvidaran.
Porque sabía que un fallo genético en su estirpe dejaría, poco a poco, su memoria en blanco. Porque sabía que la degeneración biológica iría de la mano con su disgregación mental, hasta la desaparición absoluta de su cuerpo.
Y ahora, ya sin él, se preguntaba: ¿Quién decide lo que es bello? A veces yo he cerrado también así los ojos.
