Antes

¿Por qué no apareciste en mi vida antes?

Hubiera sido feliz antes, mucho antes.

Ya no me interesa lo que me daba mi alma dormida,

esa vida que sin conocerte estaba aturdida.

Que el jardín que tengo ahora era un desierto.

Que el mar que tengo ahora era un cenagal.

Que las estrellas, la Luna, el Sol, la Bóveda entera,

estaban vedados a mis ojos.

Que todas las sensaciones que el Amor ahora me revela,

antes eran fantasmas, alucinaciones de otros locos.

Que hasta podría haber deseado la muerte

por no tener con quién compartir la vida.

Antes estaba a oscuras, y con tu llegar, la Luz.

No una luz cegadora, sino tenue y plácida.

¿Por qué no apareciste antes?

¿Por qué no fui yo tuyo antes?

 

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Lágrimas felices

   Cuando le escuchaba cantar, se le saltaban las lágrimas de emoción, deseando que no terminara su hermosa canción, y aunque no entendía totalmente la letra de la misma, porque no estaba trovada en su idioma natal, la música, esa música maravillosa que emanaba del interior del piano y de su garganta, le envolvía y le armonizaba… con el Todo.

   Era el momento de sus lágrimas felices.

(Dedicado a mi amado hijo, Iván, un músico maravilloso.

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Brindis

He brindado por tu felicidad hasta que te has inmiscuido en la mía. Sé que no te importa que te maldiga, por eso lo seguiré haciendo hasta que me pidas perdón, de rodillas, por ser un mequetrefe. Y cuando me harte de hacerlo, te abandonaré. Ya no me importará lo que te ocurra. Y mientras, me emborracharé para intentar olvidarte.

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Fútil

Me han ordenado que no sienta. Me han dicho que hacerlo es un esfuerzo inútil. Que es algo fútil en una existencia humana. Que reblandece las convicciones y empeora la dinámica de la supervivencia. Que atañe a los más débiles y eclipsa a los más osados.

Y están creyendo que atiendo a sus razones. Que me comporto como una marioneta. Que deduzco como un peón.

Y se equivocan. Porque quizás aparente endurecerme en esa falta insana de sentimientos. Porque quizás aparente ser un cascarón vacío sin alma, sin espíritu y sin remedio.

Y es que solo vivo para hacerte feliz.

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Bésame en la frente

Eleanor disfrutaba de su compañía. Cuando lo miraba fijamente a los ojos. Cuando lo besaba intensamente en la frente. Cuando, durante un segundo, balbuceaba su nombre. Antes de volver a sus recuerdos. Antes de repetir una y otra vez que lo devolviera a su habitación, en el hospital, porque prefería estar con su esposa, muerta años antes. En ese momento, Eleanor también recordaba a su madre y, con lágrimas, abrazaba a su padre, pensando ya en el momento del próximo encuentro. Entre ambos. Disfrutando de la felicidad eterna.

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Dos destellos

Gertrudis pensaba que estaba sola en el mundo porque nadie iba a visitarla, porque nadie la llamaba por teléfono, porque cuando hablaba nadie parecía escucharla. Hasta aquel día en que Gertrudis se encontró con un tal Pablo, un hombre poco hablador, que, sin embargo, le contó la pequeña historia de su vida. Al hacerlo de manera tan desinteresada, sin que ella le pidiera saber sobre su vida, Gertrudis empezó a confiar tanto en Pablo como en ella misma y poco a poco se dio cuenta de que no estaba sola en el mundo y de que su opinión contaba para las personas porque, como le confesó un día Pablo: “Si no tienes a nadie que te escuche ni a quien escuchar, nunca desperdicies la oportunidad de conocerte a ti misma. Y queriéndote a ti misma verás que también cuentas mucho para los demás porque la felicidad se reflejará en tu cara y en tus actos”. 

Cuando Gertrudis lo comprendió, fue inmensamente feliz. Y Pablo, el señor poco hablador, fue su mejor amigo porque reflejaba esa luz que Gertrudis siempre quiso encontrar, y ella, empezó también a ser luz, una radiante y cálida luz.

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N. R. F.

 
   Mientras me preparaba para irme a trabajar, dejé a mi hijo viendo la tele, para que se distrajera y no incordiara.
   Al cerrar el grifo, tras enjuagarme la boca, escuché unas carcajadas que provenían del salón.
   Acercándome a mi hijo, para acoplarle la minimochila y poder largarnos a la guardería, me fijé que sus risas se mezclaban con los gritos de angustia de una damisela, en la pantalla, que estaba siendo mordida por un zombi descerebrado. 
   Caí, entonces, en la cuenta de que mi hijo era un N. R. F. (Niñito Rarito “Felís”).
 
(Dedicado a Estela Tatiana, mi hija)
 

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