Su hijo la miró a los ojos. Madre, te amaré siempre. La comadrona lo depositó sobre su vientre. Hijo, te amaré siempre. El bebé sonrió.

Su hijo la miró a los ojos. Madre, te amaré siempre. La comadrona lo depositó sobre su vientre. Hijo, te amaré siempre. El bebé sonrió.

Era inapreciable la marca del odio en mí. La que transformaba la vida del que osaba estar a mi lado. Cuando divagaba con su trascendencia, hundía el ánimo del más cauto, del que se creía seguro en su guarida de felicidad. Y entonces, atacaba. Y solucionaba todos mis problemas. Me aceptaba a mí mismo y me sentía bien por ello. Hasta que volvían a encerrarme. Hasta que, en mi obligada soledad, me volvía a sentir incomprendido.


Voy a creer, a partir de ahora, todo lo que me dices.
Como cuando me cuentas que has visto a la gente sonreír sin miedo al qué dirán.
Como cuando crees haber visto a un par de parejas besándose en plena calle, sin pudor alguno.
Como cuando te atreves a sugerirme que seríamos más felices si pasáramos más tiempo juntos.
Y al escucharte decir todas esas sandeces me preguntaré cuántas más te atreverás a contarme para llamar mi atención, y para mantenerla viva.

Me regalaré a mí mismo una sonrisa, para creer que puedo ser feliz eternamente.

(Fotografía: Estela Fdez. Claudet «Estelafelís»)
¿Por qué no apareciste en mi vida antes?
Hubiera sido feliz antes, mucho antes.
Ya no me interesa lo que me daba mi alma dormida,
esa vida que sin conocerte estaba aturdida.
Que el jardín que tengo ahora era un desierto.
Que el mar que tengo ahora era un cenagal.
Que las estrellas, la Luna, el Sol, la Bóveda entera,
estaban vedados a mis ojos.
Que todas las sensaciones que el Amor ahora me revela,
antes eran fantasmas, alucinaciones de otros locos.
Que hasta podría haber deseado la muerte
por no tener con quién compartir la vida.
Antes estaba a oscuras, y con tu llegar, la Luz.
No una luz cegadora, sino tenue y plácida.
¿Por qué no apareciste antes?
¿Por qué no fui yo tuyo antes?

Cuando le escuchaba cantar, se le saltaban las lágrimas de emoción, deseando que no terminara su hermosa canción, y aunque no entendía totalmente la letra de la misma, porque no estaba trovada en su idioma natal, la música, esa música maravillosa que emanaba del interior del piano y de su garganta, le envolvía y le armonizaba… con el Todo.
Era el momento de sus lágrimas felices.
(Dedicado a mi amado hijo, Iván, un músico maravilloso.
He brindado por tu felicidad hasta que te has inmiscuido en la mía. Sé que no te importa que te maldiga, por eso lo seguiré haciendo hasta que me pidas perdón, de rodillas, por ser un mequetrefe. Y cuando me harte de hacerlo, te abandonaré. Ya no me importará lo que te ocurra. Y mientras, me emborracharé para intentar olvidarte.
Me han ordenado que no sienta. Me han dicho que hacerlo es un esfuerzo inútil. Que es algo fútil en una existencia humana. Que reblandece las convicciones y empeora la dinámica de la supervivencia. Que atañe a los más débiles y eclipsa a los más osados.
Y están creyendo que atiendo a sus razones. Que me comporto como una marioneta. Que deduzco como un peón.
Y se equivocan. Porque quizás aparente endurecerme en esa falta insana de sentimientos. Porque quizás aparente ser un cascarón vacío sin alma, sin espíritu y sin remedio.
Y es que solo vivo para hacerte feliz.