La Segunda Venida

Samwel Aesequial le cacheteaba y el no volvía en sí. Cuando cayó desmayado, temió el peligro, y cargó el cuerpo a sus espaldas. Hasta que acudiera en su auxilio el androide demandado; entonces, lo transportarían sus incansables brazos. Y fue tendido, cuando, de pronto, empezó a recuperar las consciencia.

-Samwel, álzate y ayúdame a incorporarme.

Así se hizo, y se midieron ambos por el mismo rasero de sus ojos. Ojos límpidos, que fulguraban con un nuevo brillo.

La candidez especulaba con la humildad y Aesequial no pudo resistirla en aquella intensidad. Volvió a la genuflexión, y, mientras hablaba, no osó retornar a aquellos ojos.

– Mis androides serán tus apóstoles, con los que resurgirá un nuevo amanecer, para los que se hallan en la oscuridad.

-¡Samwel! ¿Y si no quiero ser parte de esto?

Procurando que no se notara su sarcasmo, Samwel Aesequial dejó escapar una risita de complacencia.

-Te pido que llegues, por Ti mismo, al conocimiento. Quien tuvo yerro una vez, puede tenerlo dos veces, ¡y más! si busca la perfección. ¡Maestro! ¡Sólo por ello resucitaste!

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Y dijeron que volvió El Cristo, tal como se le oyó predecir en el confín de los tiempos.

Y dijeron que tentó, que rescató, que encamino, que alumbró, que emocionó, que desligó, que alió, que axiomatizó, que cismó, que curó, que perdonó, que perdonó, que perdonó…

Mas sigue entre nosotros, sirviéndose de los inmortales para atraer a los mortales y darles el edén prometido.

La Bigalaxia es testigo de lo narrado. La Bigalaxia, corpúsculo en el Universo, simiente del poder.

LaSegundaVenida2

Democracia

Quiero creer que me quieren por lo que soy, no por lo que represento.
Deseo hacerme valer por mis valores, no por lo que los demás esperan de mí.
Y aun así, dudo de mis capacidades. Y aun así, libero sus atrocidades, les permito sus procacidades.
Y creo monstruos. Respetables monstruos que devoran a sus propios padres, que hacen rechinar sus dientes cuando se carcajean de sus prójimos, a los que desprecian hasta alcanzar el grado sumo de envilecimiento.
Y tiemblo, porque siento un leve amor por esos ruines. Y para que este sentimiento no caduque los mantengo, los encumbro, los eternizo.

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Claudia Patricia Arbeláez

Admiro a esta escritora, poetisa, filósofa, desde hace años. Y estoy convencido de que si tú la descubres, te dejarás quemar por la pasión con que ella escribe sus letras. Mientras, empieza admirando su voz, su oratoria, su sensibilidad.

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Mamá

 ¿Por qué debo empezar nombrando a la persona que me trajo al mísero establo que es este mundo?

   Por la muy sencilla y contundente razón de que ella ha sido la única mujer que me ha mostrado auténtico amor, sin interés alguno.

   Ella escuchó desde el principio mis anhelos, mis inquietudes, mis dudas, y supo manifestar, en todos los casos, la solución más efectiva para mis estados anímicos. Ella supo ser el centro de mi vida durante los primeros años de la misma hasta que, por avatares del destino, la muerte la quiso arrancar de mi lado y se la llevó para siempre.

   Ella era una mujer impresionante desde todos los puntos de vista. Altruista al cien por cien en sus relaciones sociales. Creo que no he conocido a nadie que antepusiera, como ella hizo, los intereses ajenos a los suyos propios. Y lo hizo con humildad, sin querer cobrarse jamás los intereses morales de sus acciones.

   Inteligente en todos sus pensamientos y hechos. No sé de nadie que le echara en cara un mal funcionamiento de sus neuronas. Sin estudios básicos, ella predisponíase a la convicción de que de todo se aprendía. Aportaba a ésta el factor de su amor por la lectura. Leía todo lo que caía en sus manos, fuese del género que fuera, sin prejuicios sobre sus contenidos ni sobre sus autores, y estaba siempre al tanto de los acontecimientos mundiales y locales gracias a su amor por ese invento llamado radio.

   Bella en demasía. Tanto, que éste era motivo de celos continuos por parte de mi progenitor, pues la admirable planta de mi madre, que sobresalía por encima de la media femenina del barrio en que estábamos asentados, se veía adornada por un llamativo y reluciente cabello rojo, que encendía, como fuego intenso con los rayos solares, o como brasas inextinguibles en los días apagados por las nubes, las pasiones de los hombres que se ponían en su camino. Su cintura de avispa y sus pechos prominentes le hacían feliz a mi padre en su contemplación, y le asignaban el papel de macho más envidiado.

   Y sus ojos celestes. ¡Dios mío! ¡Qué ojos! A veces he sospechado que aquellas dos gotas de cielo eran las causantes de un hipnotismo que lograba de mí todo lo que se proponían. Decían siempre que yo era un niño muy obediente. Ahora dudo que fuera por mi propia voluntad.

   Esos dos retazos de gloria me entregaron, en sus últimos momentos de vida, todo un legado de responsabilidades y de compromiso del que aún hoy, queriéndolo, no he podido desembarazarme: Con aquella última mirada me dijo que me amaría siempre, pero que yo debía hacerme merecedor de ese amor de una forma continua, pues ella, en su no presencia, me estaría verificando y apoyando.

 

(Nota: Éste es un relato de ficción. No es autobiográfico.)

Mama

Roto

Un segundo, una lágrima surcándome la cara,
incontenible en su curso me desgarra el alma.
Un segundo, pensando en cuánto falta,
es siempre lo mismo y, sin embargo, me mata.
No quiero pensar en nada, ni siquiera en ti,
porque cuando lo hago, sin tenerte aquí,
soy un esperpento, un cuerpo sin alma tremendamente infeliz.

Cúrame, cuando vuelvas, con tus besos, con tus caricias;
sabes que deseo solamente una cosa y es tenerte aquí,
pues el silencio, por falta de tu voz, de tus risas,
se hace eterno, quebranto provocado sin ti.

¡Oh, mi ser, mi esencia más pura!
¡Oh, ven pronto, y no hagas mi espera más dura!
¡Que mi alma tiene un aguante, mi corazón al final se parte,
mis oídos necesitan escucharte,
y mis labios piden a gritos besarte!

Que el Universo me mande pruebas duras,
pero ninguna como ésta, porque si se repite,
no responderé de mí, y juraré en su nombre
que tendré el espíritu siempre a oscuras.

Roto

La puta vida, sin más

   Me asomo al vacío y veo agua al fondo. Acude el vértigo y caigo. 

   No sé cuántos días pasarán hasta que me encuentren. Demasiado solitario este rincón de la finca. 

   No voy a desgañitarme. Intentaré trepar.

   El frío húmedo está invadiendo mis huesos. La piel de las manos es un amasijo de arrugas hinchadas.

   La luz del día está a punto de desaparecer. ¿Debe ser así la muerte? Lo peor va a ser el dolor.

  Y ahora, ¿para qué quiero el medallón en mi bolsillo? ¿De qué me sirve ahora haber aprovechado la ausencia del dueño de la casa para husmear?

  No tenía que haberme acercado a esta trampa. Pero nunca había visto un pozo, como los de las fotos, como los de las películas. Mi curiosidad me ha matado.

   Ausencia de testigos de mi pecado, ausencia de testigos de mi presencia. Con este calor, ¿quién estaría mirando por su ventana y me vería pasar? Nadie se ha enterado de que estoy aquí. Yo mismo me he sentenciado.

   Me toca esperar el entumecimiento. No voy a gritar. ¿Para qué? ¿Para volverme sordo con mi propio eco?

   No tenía que haber hurgado en los cajones del despacho. El medallón pesa demasiado.

   Me empiezan a doler los moratones que me hice al caer. Ahora ya no noto el tobillo torcido, porque todo yo soy dolor. El frío de este fondo me lo agudiza.

   Creo que quiero que acabe ya. Pronto. No voy a llorar. No voy a ponerme a recordar imágenes y momentos felices en mi desdichada vida. Demasiado corta.

   ¡Qué pena! No voy a pedir a un dios, en el que no creo, que me saque de ésta, y menos aún dar mi palabra de que si salgo vivo me redimiré. 

   Soy demasiado cobarde.

   Quizás en otra vida. ¡Vaya, tiene gracia! En otra vida que quizás tenga dentro de muy poco. 

   Pero, ¿y si no la hay? ¿Y si muero aquí y ahora y se acabó?

   He dicho que no voy a gritar. He dicho que no voy a llorar. Da igual: Nunca digo la verdad.

   ¡Socorroooo! ¡Socorroooo! ¡Aquí! ¡Aquí! ¡En el pozo!

DSCN9920LA PUTA VIDA, SIN MÁS, título sugerido por Juan Diego Baños de Andrés, también conocido como JuanDeeJay

Experimento fracasado

He querido experimentar y he fracasado.
He intentado alejarme de la escritura durante días para ver hasta qué punto puedo pasar sin ella. Para intentar hacer vida sin su existencia. Para asombrarme de mi desapego a un simple bolígrafo. Para llenar mis vacíos con otro tipo de creatividad.
Y he fracasado estrepitosamente pues, creyendo que la presión de la búsqueda de inspiración era un infierno que cesaba cuando plasmaba mis ideas en el lienzo de una hoja en blanco o cuando tecleaba compulsivamente el ordenador, y que tenía que alejarme del calor de sus llamas, se han desgarrado mi intelecto, mi ánimo, incluso mi cuerpo, con un sufrimiento aún peor.
Un sufrimiento inimaginable hace dos semanas, cuando escribí mi última línea.
Y las heridas de ese desgarro son profundas, y quiero curarme, sanar mi mente, ahora impaciente por la llegada de otro tipo de raciocinio, de otro tipo de éxtasis.

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Y escribiendo esta confesión me he recuperado. Porque ahora querré seguir experimentando con la creencia en la creación de mi multiuniverso personal, que compartiré con mis lectores, mis amigos, mis almas gemelas, en este renacido paraíso.