Edadismo

El edadismo.
Esa es una palabra que nunca había leído antes de verla mencionada continuamente en LinkedIn.
Las oportunidades laborales van menguando con la edad y esa es otra de las lacras de esta sociedad inmersa en un Sistema Erróneo y Errado.
La experiencia debería ser un valor añadido en todos los trabajadores.
No solo la experiencia profesional sino la vivencial. La paciencia, el control emocional, la mente resolutiva, va desarrollándose con el paso del tiempo y ayuda en bastantes momentos clave de nuestra labor, como crisis en una organización o en la ejecución de un trabajo en concreto.
Achacan que, con la edad, los reflejos disminuyen. Yo, para la mayoría de los casos, lo dudo.
El edadismo coarta, pues muchos siguen anclados de por vida a un trabajo que o no les gusta o no les deja desarrollarse ni como profesional ni como persona, ya que temen intentar embarcarse en nuevas aventuras por miedo a no poder avanzar en otras empresas o en la realización de otros proyectos o sueños.
Yo no creo en el edadismo. Sé que existe pero no quiero caer en la trampa de creérmelo y asumirlo y enquistarme en un rol que quieren imponerme otros. Seré yo el que decida cuándo ha llegado el momento de retirarme.



Nota: Archiviejuno es un personaje, creado por mí, que parodia, en la mayoría de sus interpretaciones, el edadismo.

Caracterizado como Adolfo Gila, Archiviejuno

Quietud

Otra vez, en la quietud de la noche, me dispongo a soltar las amarras de mis pensamientos, dejando que naveguen libres, y que las inquietudes del día se aparten de mi destino, en mi camino hacia la exaltación de la libertad más absoluta, cuando no existen cortapisas impuestas por el entorno que me oprime en el alboroto del día.

Fotografía de Archimaldito

Crucial

Tengo poco tiempo.

He de pertrecharme.

Ha comenzado la invasión mundial.

El Nuevo Orden en el Nuevo Orden.

Tengo que defender a la familia, a los derechos humanos, a mí mismo.

Es crucial prepararme para un futuro incierto.

¡Libertad, Acción, Justicia!

Cortocircuitos

Es un renglón torcido.
Es un repicar interminable de campanas.
Es una disputa que trae el consabido delirio.
La sensación del vacío, de la inacción.
El habla sin sonido, el gesto sin significado.
Es la rabia sin espuma en la boca ni lágrimas ardientes en las mejillas.
El golpear de la palma abierta en la mesa frágil.
Son las luces que se apagan sin que nadie accione el interruptor.
Es la osadía de tu mirada. La rotura de tus uñas cuando atacan mi rostro.
El crepital del fuego cuando es alimentado con gasolina y no con amor.
Es el esperar horas y horas en las colas interminables de la desazón y la desesperanza.
Son los exabruptos injustificados. Pero, sobre todo, sobre todo, son mis cortocircuitos neuronales, mis ataques de ira seguidos de la frialdad y desinterés casi inhumanos, mis renglones perdidos, mis palabras vacías, mi lenguaje simulado.

Imagen de NinaMarie en Pixabay

El paso del tiempo

No acepto el paso del tiempo.
Me abruma, me bloquea, me desespera, me aflige, me deprime.
No puedo detener su carrera interminable.
Me siento nada. Un sujeto olvidado. Un algo que no perdurará en la memoria de alguien, o algo.
La obsesión me acelera el corazón y detiene mi mente en seco, cuando estaba hiperacelerada nanosegundos antes. Y la inercia me lleva a estamparme contra la realidad.
Un sinfín de sufrimiento interno.
Un enclaustramiento voluntario en la cárcel de la nada absoluta.
No sé para qué existo.
Y lo peor de todo es que no quiero saberlo.

Imagen de Alexander Lesnitsky en Pixabay

Dad

0:00
0:00 es 0:00.
Y yo soy 0.
0 y 0 suman 0.
0 o 0.
00:00:01 es el abismo.
00:00:01.
Ya.
Está.
Bien.
Ya está.
Está bien.
Bien. Bondad. Bueno. Bon dad. Dad.
Lo único importante.
Aunque sea 00:00:02, bien dad.


Bueno

Cuando deslizo la punta de mi lápiz o de mi bolígrafo, temo no ser leído, y que esto sola sea un gesto de rebeldía, de escape de mi corazón, en los estertores de las compulsiones de mis ansiedades o de mis angustias o de mis alegrías.
Un acto de rebeldía, porque vivo y moriré siendo rebelde, un antitodo, un maldito olvidado, un desecho del karma global.
Anulo mis perspectivas de pasar a la posteridad y me enfrento a la realidad de mi única fuerza: ser un ser humano bueno, porque mi bondad es mi signo de rebeldía, mi liberación, mi dicha y mi crítica al mundo envuelto en desesperanza.

Fotografía de Archimaldito

Me hago el dormido

En la trastienda de mi desesperación acudo a los recuerdos de hechos fútiles, tan livianos como mi paciencia con los demás, con esos prójimos que están siempre muy lejanos.
Y la paciencia infinita corroe la pequeña parte de egoísmo que queda en mí.
Y asumo la desesperanza, el no fiarme de nadie ni de nada que provenga de humanos, porque la mente me lleva a revivir la inacción de tantos y tantos inútiles y mediocres.
Y llego a dudar que aquellos recuerdos existan, que no sean más que memorias implantadas por los miembros del poder oculto que maneja y diluye todo.
Tampoco me fío de mí mismo, pues son tantas veces las que he fallado que he traicionado a mi animalidad, ya que mi humanidad la he perdido.
Los hombres me explican cosas, pero yo no las entiendo.
Creo que, al fin, no soy nadie.
Y duermo, claro que duermo. Aunque creo que, más bien, me hago el dormido.

Fotografía de Archimaldito

Creo que fue lo primero

Primero (creo que fue lo primero), sentí.
No puedo describir si fue dolor o placer, felicidad o angustia.

Una brizna de percepción. Un pellizco de soportabilidad. Un reflujo de osadía. Un milisegundo de esperanza.

Foto macro de Archimaldito