Yo ya no mido el tiempo. El tiempo me mide a mí.
Y mientras lo hace, me burlo en la distancia inacabable, la del infinito espacial, la de las estrellas mate, la del negro sublime.



Barbaridad. Bárbaros escogidos de entre la chusma social, la escoria que queda después de la fricción de mentalidades obsoletas, anacrónicas, que sobreviven gracias a los intereses ocultos de algunos poderosos.
Y los inocentes, que caen en sus manos, y que son vapuleados según un plan de acción premeditada…



¿A qué genio os referís cuando habláis de él? ¿Os ha perdonado, acaso, la vida, como lo he hecho yo? No encuentro razón, entonces, para que lo adoréis, pues no es nada sin mi existencia, pues no sois nada sin mi bondad.

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.
Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.
Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.
No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.
Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

Pudo ser peor.
Y lo fue.
Pues allí se reunían las maldades de un sinfín de hipócritas que continuamente argüían argumentos ridículos para intentar engañar a los incautos. La mayoría pasiva de los incautos que formaba la minoría activa de los ilusos.
Pudo ser peor. Y lo fue. Porque los engañados otorgaron el poder de decidir sobre sus destinos a los sibaritas de la mentira. A los canallas de la sinrazón.

Amo los libros. Amo leer. Amo escribir.

(Fotografía: Iván Fdez. Claudet)
En una ocasión, cuando creí dormir, estaba muriendo.
En otra ocasión, cuando creí correr, estaba huyendo.
En una tercera, cuando creí llorar, estaba sabiendo.
En todas, cuando deduje que era yo quien erraba, decidí meditar, parar mi tiempo, para preguntar a la vida si podía quedarme, si podía luchar por ser eterno.
Y obtuve, por respuesta, solo silencio, silencio solo.
Pues era yo, en esa soledad, quien estaba quieto. Sin soñar, sin correr, sin saber.
Solo yo, en el vacío de mi plenitud.
Solo yo, en el hartazgo de mi esencia.
Con una única conciencia.
Inconsciente de mi dicha. Inconsciente de mi lucha. Inconsciente de la verdad, que se asemeja al infinito. Que se acerca al pasado, presente y futuro, armonizados en el grito intenso, concentrado en una ilusión: Ser vacío, ser forma, ser todo, ser nada.
No ser, para ser. Ser, para no ser.
