Es un renglón torcido. Es un repicar interminable de campanas. Es una disputa que trae el consabido delirio. La sensación del vacío, de la inacción. El habla sin sonido, el gesto sin significado. Es la rabia sin espuma en la boca ni lágrimas ardientes en las mejillas. El golpear de la palma abierta en la mesa frágil. Son las luces que se apagan sin que nadie accione el interruptor. Es la osadía de tu mirada. La rotura de tus uñas cuando atacan mi rostro. El crepital del fuego cuando es alimentado con gasolina y no con amor. Es el esperar horas y horas en las colas interminables de la desazón y la desesperanza. Son los exabruptos injustificados. Pero, sobre todo, sobre todo, son mis cortocircuitos neuronales, mis ataques de ira seguidos de la frialdad y desinterés casi inhumanos, mis renglones perdidos, mis palabras vacías, mi lenguaje simulado.
0:00 0:00 es 0:00. Y yo soy 0. 0 y 0 suman 0. 0 o 0. 00:00:01 es el abismo. 00:00:01. Ya. Está. Bien. Ya está. Está bien. Bien. Bondad. Bueno. Bon dad. Dad. Lo único importante. Aunque sea 00:00:02, bien dad.
Estoy de paso en la gran ciudad, donde todos miran hacia abajo, pero no hacia el suelo sino hacia la pantalla del teléfono móvil que tienen entre sus manos. En el suburbano, aquí llamado Metro, donde me tengo que desplazar hasta mi destino, donde me encontraré con un amigo de la época del instituto, todos están como hipnotizados andando por los andenes, subiendo y bajando escaleras, dentro de los vagones, sentados o de pie, sin despegar la vista de su pantallita, aislados también del entorno con los auriculares que todos llevan. Me siento como si fuera un extraterrestre recién llegado a un nuevo planeta. Una señora muy mayor casi me arrolla hace un rato cuando no se ha dado cuenta de que yo estaba dentro del vagón, agarrado a la barra de sujeción, porque pretendía llegar hasta los asientos, pero sin levantar la vista, en ningún momento, para mirar lo que la rodeaba. Pero no ha conseguido sentarse porque los jóvenes, que deberían haberla cedido el asiento, no se han percatado de su presencia al estar ensimismados en las redes sociales a cuya ventana se asoman desde su dispositivo móvil. Es como si todos fueran zombis. Menos mal que ya me faltan pocas paradas para llegar a Plaza de España. Miro mi reloj de pulsera y soy, por una vez, puntual, y ya estoy saliendo al exterior para dirigirme al Monumento a Cervantes. -¿Por qué no levantan la vista y contemplan el inconmensurable Edificio España?- le pregunto a Don Quijote, como si esperara respuesta de la estatua, imaginándome que Sancho me responde, con su desparpajo, a su vez con otra pregunta. -¿No se percata, noble señor, que estoy aquí, con mi hidalgo, para vigilar que Madrid no desaparezca y que los viandantes no sean abducidos por la desesperanza? Y cerca, por fin, escucho el ritmo de una guitarra, que pareciera acompañar a sus imaginadas palabras. Un músico ambulante está haciendo que se acerquen personas a contemplar su interpretación, y que levanten la vista y observen el maravilloso azul del cielo mientras corean, tímidamente, el archifamoso «Pongamos que hablo de Madrid».
Jerjes El Grande, fundador y líder del grupo Drunk In Palace. (Fotomontaje por Archimaldito).
Nota: Parte de este microrrelato está inspirando en el trovador funkyurbano Jerjes El Grande, genio musical y luthier inventor.
Lo único que me mueve es estar quieto. Y sin embargo, en la osadía de mi existencia clamo por desaparecer de ella. Visionando cada detalle del proceso. Sintiendo el irse de la sangre a raudales, hasta quedar vacío y liviano. No quiero disolver mi forma con la firma de lo infernal. Se acercan tiempos devastadores para mi mente.
Me vigiláis. Me escucháis. Me veis. Me observáis veinticuatro horas al día siete días a la semana durante toda mi vida o, por lo menos, desde que habéis tomado el control. Y yo he caído en la trampa de ese seguimiento continuo de mis actividades habiendo sucumbido a los instrumentosdel sistema.
Son cosas extrañas que ocurren cuando estás solo en la noche. Parpadear en la oscuridad y ver luces intermitentes a ambos lados de tu inexistente campo visual. Observar tus piernas enflaquecidas por el tiempo y desear volar para que no aguanten tu peso por mucho más tiempo. Liberar un grito y enmudecer en la primera sílaba que aún no has tragado. Ruborizarte en la distancia de la cercanía a la mujer que amas mientras observas sus párpados caídos por el cansancio de la edad desmerecida. Escuchar ruidos y luego risas de los que los han provocado por hallarle gracia a la injusticia. Alterarse por las voces sutiles y las palabras apagadas que a veces se tornan ininteligibles. Rumiar la cena cuando estás pensando en el desayuno y sonreirte, porque nadie te ve hacerlo, cuando sabes que volverás a caer en la gula del consumismo más cruel. Soportar los dolores de muelas esperando que no se hagan más crueles con los próximos latidos de tu taquicárdico corazón. Parpadear rápido para intentar que tu vida futura se transforme en una película en blanco y negro. Aguantarte las ganas de orinar porque crees que algo extraordinario está a punto de suceder y no te lo puedes perder. Escribir en el aire palabras de amor por si pueden leerlas en un espacio paralelo. Intentar recordar todas las mentiras que has dicho durante el día para intentar enmendarte a la mañana siguiente. Provocarte una tos, de vez en cuando, para asegurarte de que aún respiras y estás vivo. Y dormirte, siempre dormirte, aburrido de la vida, convencido de que cosas aún más extrañas ocurrirán cuando estés solo en el día. En el día a día.
A veces, olvido el dolor. Ese martilleo incesante en mis palpitaciones. Ese ruido de fondo que me bloquea en mi apreciación del entorno. Mas cuando está conmigo, me preparo para curar las heridas del prójimo, cuando estas no son sangrantes sino lacerantes. Pues el dolor me hace empático, y el ardor en mis ojos, y en el estómago, me hace adivinar las raíces de los sufrimientos que traen consigo las injusticias y las necedades de los que oprimen.