De tu belleza

                                             Tus ojos son jaula

                                                     de tu belleza,

                                           tus labios son jaula

        de tu belleza,free-as-a-bird-1536761

tu cuerpo es jaula

        de tu belleza,

y tu corazón, último reducto

        de tu belleza,

con cada latido

        de tu belleza,

libera pureza en tu alma,

                     y con cada beso que nos damos,

              yo la recojo en mi espíritu, con calma.

Lágrimas felices

   Cuando le escuchaba cantar, se le saltaban las lágrimas de emoción, deseando que no terminara su hermosa canción, y aunque no entendía totalmente la letra de la misma, porque no estaba trovada en su idioma natal, la música, esa música maravillosa que emanaba del interior del piano y de su garganta, le envolvía y le armonizaba… con el Todo.

   Era el momento de sus lágrimas felices.

(Dedicado a mi amado hijo, Iván, un músico maravilloso.

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Un trozo de hombre

Agita, agita tus alas y vuela alto,

más allá de las nubes, hacia el infinito.

Sube al cielo, arriba, más arriba,

y cuando veas que el azul se vuelve negro,

cuando te falte el oxígeno,

verás que aún hay más espacio que recorrer,

y más allá, los planetas, las estrellas,

que te hablarán del amor que por ti siento,

y que envidian ellas,

y seguirás, y seguirás, y seguirás, y seguirás…

Nada en el mar y sumérgete hasta los abismos más profundos,

donde la luz tampoco llegue,

y allí los peces abisales te dirán que han oído

que hasta allí llega el amor que por ti siento.

No hay lugar ni tiempo para mi sentimiento,

no hay lugar ni tiempo para lo más grande,

y en lo más pequeño, mi corazón, una partícula,

un trozo de hombre en amor en la vastedad del Universo.

Underwater

Los viejos tiempos

Las lavanderas felices en la orilla del río, contaminándolo solo un poquito, canturreaban sobre el amor y el desamor, y cuando hacían una pausa era para enlazar habladurías, una tras otra, sobre la vida del vecindario, sobre los amores y desamores de sus amados y de sus odiados.

Las-Lavanderas-de-La-Varenne

(Las Lavanderas de La Varenne. Oleo sobre lienzo, 1865. Martín Rico Ortega)

Mamá

 ¿Por qué debo empezar nombrando a la persona que me trajo al mísero establo que es este mundo?

   Por la muy sencilla y contundente razón de que ella ha sido la única mujer que me ha mostrado auténtico amor, sin interés alguno.

   Ella escuchó desde el principio mis anhelos, mis inquietudes, mis dudas, y supo manifestar, en todos los casos, la solución más efectiva para mis estados anímicos. Ella supo ser el centro de mi vida durante los primeros años de la misma hasta que, por avatares del destino, la muerte la quiso arrancar de mi lado y se la llevó para siempre.

   Ella era una mujer impresionante desde todos los puntos de vista. Altruista al cien por cien en sus relaciones sociales. Creo que no he conocido a nadie que antepusiera, como ella hizo, los intereses ajenos a los suyos propios. Y lo hizo con humildad, sin querer cobrarse jamás los intereses morales de sus acciones.

   Inteligente en todos sus pensamientos y hechos. No sé de nadie que le echara en cara un mal funcionamiento de sus neuronas. Sin estudios básicos, ella predisponíase a la convicción de que de todo se aprendía. Aportaba a ésta el factor de su amor por la lectura. Leía todo lo que caía en sus manos, fuese del género que fuera, sin prejuicios sobre sus contenidos ni sobre sus autores, y estaba siempre al tanto de los acontecimientos mundiales y locales gracias a su amor por ese invento llamado radio.

   Bella en demasía. Tanto, que éste era motivo de celos continuos por parte de mi progenitor, pues la admirable planta de mi madre, que sobresalía por encima de la media femenina del barrio en que estábamos asentados, se veía adornada por un llamativo y reluciente cabello rojo, que encendía, como fuego intenso con los rayos solares, o como brasas inextinguibles en los días apagados por las nubes, las pasiones de los hombres que se ponían en su camino. Su cintura de avispa y sus pechos prominentes le hacían feliz a mi padre en su contemplación, y le asignaban el papel de macho más envidiado.

   Y sus ojos celestes. ¡Dios mío! ¡Qué ojos! A veces he sospechado que aquellas dos gotas de cielo eran las causantes de un hipnotismo que lograba de mí todo lo que se proponían. Decían siempre que yo era un niño muy obediente. Ahora dudo que fuera por mi propia voluntad.

   Esos dos retazos de gloria me entregaron, en sus últimos momentos de vida, todo un legado de responsabilidades y de compromiso del que aún hoy, queriéndolo, no he podido desembarazarme: Con aquella última mirada me dijo que me amaría siempre, pero que yo debía hacerme merecedor de ese amor de una forma continua, pues ella, en su no presencia, me estaría verificando y apoyando.

 

(Nota: Éste es un relato de ficción. No es autobiográfico.)

Mama