Orgasmo

 

Y, sin embargo, se adueñó de mi alma, pues ahora, cuando la busco no la hallo, y deduzco que debió de ser ella la que la arrebató de mi cuerpo, cuando lo encumbró a lo más alto del placer físico.

Y es que ahora la hecho en falta, cuando quiero llegar a lo más alto del placer espiritual.

 

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Cizaña

Calla.

No hagas de esto una batalla.

No sigas metiendo cizaña.

Calma.

Pues está contigo mi alma.

Y si no hablas, escuchas.

Mis latidos, no tus quejidos.

Que sabré escuchar tus necesidades.

Y así olvidarás mis nimiedades.

Que sabrás sentirme en tus silencios.

Que los míos serán tuyos, a gritos.

Calla, no hagas que me sienta un canalla.

Calma, que está contigo mi alma.

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Amnistía

Miraba. Más bien ojeaba. Y la manecilla del minutero no se movía. Era extraño. Porque oía el tictac. Tan claramente como su respiración entrecortada.

Y la gota de sudor que invadía su lagrimal, el del ojo abierto, el derecho, lo martirizaba con su salinidad, pues del otro, hinchado, surgía otro tipo de gota, bien distinta, roja, viscosa y caliente, que lamía cuando pasaba por la comisura de los labios, cuando la gravedad la hacía deslizarse hacia su cuello.

Y del reloj de pared hacia la boca del energúmeno que tenía enfrente, casi golpeando su nariz con la propia, mientras exhortaba, a base de salivazos, a que hiciera algo, que no comprendía, porque ni siquiera lo escuchaba. Le oía desgañitarse pero no asimilaba lo que parecía una orden.

Y como un péndulo visual, otra vez a la manecilla, que no se movía.

Y el dolor de las muñecas era tan intenso que dejó de sentirlo hacía ya tiempo, haciéndole dudar si carecía o no de manos, que debían de estar allá arriba, pues notaba cómo presionaban sus brazos las orejas que hervían.

Y aunque no podía hacerlo, tampoco hubiera querido mirar hacia abajo, hacia el suelo, porque lo hubiera echado de menos, pues no existía, o por lo menos no lo sentían los dedos de sus pies, que lo tocaban de puntillas.

Y el tictac, que no cesaba, que hacía eterno aquel instante, en el que el minutero no se movía, congelando el tiempo en una infinita secuencia de repeticiones del mismo momento.

Sin tener conciencia de lo que ocurría o por qué ocurría.

Con el escozor en el ojo, y el sabor agridulce en la boca. Y el hedor del aliento del otro.

Y la explosión junto a su oído, tan cerca, con tanto calor en la sien.

Y el tirón del cuello, que lo quebraba.

Y la manecilla que, por fin, se movía.

 

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(Dibujo a lápiz de Estela Tatiana Fernández Claudet, 12 años)

Sandeces

Voy a creer, a partir de ahora, todo lo que me dices.

Como cuando me cuentas que has visto a la gente sonreír sin miedo al qué dirán.

Como cuando crees haber visto a un par de parejas besándose en plena calle, sin pudor alguno.

Como cuando te atreves a sugerirme que seríamos más felices si pasáramos más tiempo juntos.

Y al escucharte decir todas esas sandeces me preguntaré cuántas más te atreverás a contarme para llamar mi atención, y para mantenerla viva.

 

Sandeces

De primer plato

 

Pásame la receta de tu amor,

que con su sabrosura estoy entusiasmado.

Explícame tus trucos, 

que con tus salsas quiero hacer un mano a mano.

Déjame que pruebe cómo me cocinas.

Pídeme poner al fuego 

un minuto de mi tiempo.

Enciende mi horno.

Y prueba, con tu cucharita,

si estoy en mi punto…  

                                                            … para  comerte.

 

Tasting

Harto

El maldito asesino acababa de abandonar a su reciente víctima a los perros de la noche, sabiendo que el olor del desventrado los atraería. Con sangre fría limpiaba el arma homicida y, mientras lo hacía, recordaba con sorna los lamentos de súplica del aterrorizado condenado.

Visualizaba ya la cara del próximo sacrificado en su ritual y se prometía que sería una mujer, porque ya estaba harto de buscarse en otros rostros masculinos, pues era eso lo que hacía al suicidarse, poco a poco, con cada vida que arrebataba.

 

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