¿Y si no hay nada?

¿Y si más allá no hay nada? ¿Y si mis esperanzas de volver a verte están basadas en un hecho jamás probado? ¿Y si tenía que haber aprovechado la última vez que te vi? ¿Para pedirte perdón? ¿Pero no solamente con palabras? Temo que tu recuerdo me abandone. Temo tanto al paso del tiempo, implacable, porque el tiempo no será nunca más mi aliado. No volverá jamás a eternizar nuestros instantes sublimes. No volverá jamás a ser testigo activo de nuestro amor.

 

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¿Cuántas veces más?

Acabo de despertar. He dormido, otra vez, boca abajo y he vuelto a encharcar la sábana, a la altura de mi cara, en dos zonas. Uno de los rastros corresponde a mi saliva, que dejo escapar con la relajación de los músculos de la boca. El otro, por ahora, lo desconozco, aunque, si me esfuerzo, puedo recordar algún fragmento de lo que he estado soñando.

Unos zapatos brillantes de charol en unos pies de niño que avanzan, apresuradamente, por una calle gris y mojada y el sentimiento de preocupación porque se lleguen a manchar con barro. Y los dedos, también de niño, que acomodan los calcetines de punto blanco, para que no bajen a los tobillos. El ruido de los tacones sobre el suelo, allá abajo, porque el campo de visión es otro, hacia adelante, hacia un portón de madera pintada de marrón chocolate.

El rechinar de los goznes cuando se abre la puerta empujada por las manos infantiles, y la pituitaria que asume el gozo del pan recién hecho, con la masa esponjosa de su miga aún caliente.

Y desde la perspectiva visual de alguien demasiado bajito, la impresión de los traseros alineados, pertenecientes a cuerpos apoyados en el mostrador, que esperan su turno para ser atendidos.

Y, de pronto, el cambio radical de imagen.

La cara sonriente, muy cerca, tanto que se puede adivinar el sentimiento de franqueza, inherente a la confianza extrema en las palabras del señor que las emite, con su voz grave y melodiosa.

– ¡Susito! ¡Hijo! Ya creía que te habías perdido. Menos mal que llegaste a tiempo para ayudarme con el recado de tu abuela.

Ya sé. El agua se ha escapado de mis ojos. La añoranza ha provocado el estallido del dolor por la pérdida del ser amado.

Le he vuelto a echar de menos y el asalto de los recuerdos ha dejado testimonio en mis devaneos oníricos. Demasiado reales a veces.

¿Cuántas veces más mojaré la cama? Con mis lágrimas.

¿Padre?

¿Papá?

 

Con papa

Vas a ver

Vas a ver cómo sé sortear las inclemencias de la vida. Vas a ver cómo sé resistir, una vez y otra, los golpes desafortunados del destino. Vas a ver cómo siempre me levanto de mis cien y mil caídas. Vas a ver cómo sé tener paciencia y cómo convierto ésta en un recurso inagotable ante las malas caras, los malos rumores y el tenaz desasosiego. Vas a ver tanta tranquilidad que no te pareceré humano. Tanta templanza que dudarás de si corre sangre por mis venas. De si tengo demasiada fe en la Humanidad, incrementando mi ingenuidad, incólume desde la infancia. De si estoy ciego ante la realidad, la cruda realidad que nos rodea. Y dudarás de mi inconsciencia, porque creerás que se alimenta de una frialdad sospechosa, que la farsa que me he construido se deshará como un castillo de naipes. Y errarás, amigo mío, errarás en todos los casos. Porque la vida es bella allá de donde vine, en el confín de los tiempos. Y todos los que allí habitamos nos capacitamos en sembrar la discordancia en el presente, tan necesario de Amor, tan necesario de fe en el prójimo. No dudes pues y repara tu error claudicando ante tu ignorancia y enmendándote emergiendo en la nueva sabiduría, que solo tiene una enseñanza: La Felicidad eterna.

 

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Estoy impaciente

He vuelto a cruzarme con ella. La he mirado de refilón y he notado un cosquilleo en la nuca. Y después, tras tener lejos su perfume, me he preguntado por qué causa en mí ese efecto.

Aún no sé si la deseo y ni siquiera me he planteado el averiguar si algún día la querré.

Lo que sí sé es que quiero cambiar de vida. De cuerpo. De alma. Y mezclar mi plano existencial con el suyo.

No puedo esperar a que ella muera para fundirme con ella.

Si espero demasiado, quizás renazca. Ella. Yo.

 

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Palabreando

 

¡La felicidad!

No existe palabra antes de ella, pues después de ella, la palabra, cualquier palabra, se convierte en Luz y, con esa transfiguración del verbo dicho o escrito, te conviertes en un dios, y creas para creer, y crees para crear.

 

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Aquella mañana de mayo

Aquella mañana de mayo.

Le hubiera gustado recordarla siempre.

Porque ella estaba allí, junto a él, recién salido del hospital, recién recuperado. Porque se sentía dichosa. Porque quería creer que ella le importaba. Porque creía saber por qué lo amaba, a él, tan estúpido con la gente, tan intratable en lo privado, tan despreciable en lo humano. Y, aun así, tan tierno con ella, cuando no esperaba eso de él. Y ella creía que, aunque fuera durante contados instantes, esa limitada amalgama de sentimientos, la llenaba, porque, quizás, no tenía otra cosa a la que aferrarse.

Y aquella mañana de mayo estaba siendo la mejor mañana de su vida porque aquella mañana la había tenido en cuenta. Porque, ayudándose mutuamente, harían lo que siempre habían querido, desde que se dieron cuenta que, por sí solos, no lo conseguirían.

Primero ella, y luego él. Y no errarían. Y no volvería jamás uno de ellos al hospital, para tener que volver a empezar.

Aquella mañana de mayo conseguirían, por fin, no tener mañana.

 

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