Amor eterno. Harta de escuchar siempre esas palabras a todos sus hombres, decidió demostrar la mortalidad del amor, matándolos a todos.
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Complacencia
Se sabía antipático
y no hacía nada para remediarlo.
Así se gustaba, aunque disgustara.

Branquias
Karma
A su manera
Regina Reginae atacaba siempre a sus amantes con la voz.
Si en la noche el de turno no la satisfacía, acababa con la yugular cortada, y a su lado, con el borde ensangrentado, alguno de los incontables vinilos de su colección de Frank.
English Version (Present Tense)
IN HER OWN WAY
Regina Reginae always attacks his lovers with the voice.
If the lover in the night shift does not satisfy her, he just dies with the cut jugular, and next to him, with a bloody edge, any of the countless vinyls of her collection of Frank.
Fabulando
Imagen

Armas de mujer
Juana tenía un arma de doble filo con la que doblegar a sus pretendientes masculinos: Su escritura compulsiva y su lectura fagocitadora.
Con la primera seleccionaba, al instante, al candidato a formar parte de su vida, cribando, con su vehemencia, la larga lista de hombres que intentaban embaucarla con sus logros profesionales y económicos.
Nada más citarse con su macho, que elegía película y restaurante, le extendía, a modo de presentación, su cuaderno de relatos. Si aquel ponía caras extrañas o cualquier reparo para ni siquiera abrirlo, se despedía con un beso en la mejilla y lo dejaba, nunca mejor dicho, con la palabra en la boca. Si, por el contrario, se veía entusiasmado y encantado de tener el privilegio de leerla, pasaba la noche con él y prometía más citas.
Con la segunda, ponía a prueba el amor, pues en cuanto se fraguaba la convivencia, se espaciaban las salidas, se ralentizaban los divertimentos y, en las horas domiciliarias en común, se intercambiaban los supuestos roles tradicionales y machistas, haciéndose él cargo de la casa, y ella, odiadora sempiterna del televisor, se atragantaba con las miles de palabras que poblaban su amada biblioteca, humilde paraíso donde, sentada, pasaba hora tras hora hasta el encuentro físico necesario para mantener la relación.
Por eso, Juana seguía con la cabeza bien compuesta pero sin un novio que la aguantara como para llevarla al altar.
Pero Juana se contentaba ella misma, autoconvenciéndose cuando le preguntaban por su soltería, con que tenía cientos de amores, tantos como ejemplares de papel, que la esperaban, extasiados, en sus estanterías, rebosantes de historias con las que le harían eternamente el amor.
(Relato presentado al I Concurso de Micro Relatos del Ayuntamiento de Arroyo de la Encomienda «Las mujeres leen mucho»)
Excepto yo
¡Atención! ¡Atención! Ha llegado el momento. Nuestro superior dirá la última palabra, la que debe escucharse.
Y él se negó. Y él luchó. Y él murió. Y nadie le recuerda, excepto yo, la Libertad.
No hay más remedio. Él es el único. Es la verdad.
Y él se negó. Y él luchó. Y él murió. Y ya nadie le recuerda, excepto yo, la Libertad.
Obedeced. Es nuestro bien. Es la solución a todos los problemas.
¡Mentira! Porque él se negó, y luchó y con él murió la humanidad. Ya no queda nadie para recordarlo, excepto yo, la Razón.
Oteando
Quiso llegar con la vista más allá del horizonte y adivinar la silueta de la costa que sabía lejana. Se decía a sí mismo que si pudiera volar, subiría tan alto en el cielo que las tierras legendarias, dibujadas en mapas atribuidos a locos visionarios, estarían al alcance de su mano.
El sonido de las olas batientes a sus pies le devolvió a la realidad y si existían otros hombres allende el Océano tendría que sufrir innumerables jornadas de desasosiego a bordo de una de las grandes naves que acababa de proyectar con los mejores constructores del reino.
Rédito
El director del banco me quiso acompañar personalmente a la salida, después de que uno de sus subalternos se negara a atenderme cuando solicité cerrar mi cuenta y que me devolvieran todos mis ahorros.
Siempre acababa igual. Me iba cabizbaja después de que me aconsejara que lo pensara bien, que lo consultara con la almohada.
Y siempre acababa aguantando su mirada de superioridad, cuando era él el que, supuestamente, estaba trabajando para mí y para mi dinero.
Y otra vez volvió a hacerlo. Se rió en mi cara sin cortarse un pelo, esperando que algo dentro de mí despertara, que la sangre me hirviera y explotara en una reacción en cadena.
Y acercando su rostro a mi cabello susurró, para que nadie más escuchara:
-Hazme una transferencia de tu corazón y te beneficiarás con los intereses de mi cuenta amorosa.







